La tercera edad![]()
Aunque la expresión “mantenerse en forma” proviene del deporte, su uso se ha extendido hasta calificar al estilo de vida en el que se adopta una actitud y se realizan actividades que garantizan una mejor calidad de vida. Para mantenerse en forma, en general, pero particularmente en la tercera edad, la persona debe adoptar un régimen de vida que tenga las siguientes características:
Una es el obstáculo principal que impide alcanzar y realizar una vida plena y feliz, o si se quiere, la condición necesaria para lograr un vida deteriorada, enferma o pésima y consiste en adoptar la actitud negativa de decirle que NO a la vida, de odiarla, temerla o destruirla, lo que hacemos a veces sin darnos cuenta, inconscientemente, cuando no cumplimos o realizamos los principios y orientaciones expuestos, para mantenernos en óptima forma y funcionamiento.
La otra, es la condición básica, indispensable, para funcionar y mantenernos en forma óptima en cualquier edad, y consiste en asumir la actitud afirmativa de decirle que SÍ a la vida, de amar, unirse, vincularse a la vida, también en la tercera edad.
Algunos todavía teorizan a partir de criterios en los que se resaltan únicamente los aspectos de deterioro y pérdida de las capacidades físicas, mentales y sociales del individuo en el proceso de envejecimiento. Pero la imagen no es sólo lo que ofrece el espejo del estado físico personal, donde pueden verse arrugas y canas, mire fijo a los ojos de una persona saludable y observará el brillo de la vida.
Tenemos una categoría socio-psicológica que promueve variantes, basada en la experiencia cultural transmitida de generación en generación y las características de la época a la que el individuo pertenece, en las que intervienen creencias, prejuicios y actitudes compartidas por el grupo social; además existen las expectativas, lo que espera uno de los demás y de sí mismo.
En la medida que las personas actúen acorde a esos principios, será la imagen que conformarán sobre ellas los demás individuos que las rodean, los miembros de su grupo: familia, barrio, trabajo, escuela.
La concepción de la imagen de la vejez, varía también en dependencia de quien la observe, según sea un niño, un adolescente, un adulto o un anciano. En un estudio realizado por gerontólogos cubanos, se manifestó que entre las generaciones encuestadas hay grandes similitudes y divergencias sobre su visión de la vejez.
Los adolescentes, más radicales en sus conceptos; y los adultos, más comprensivos en la problemática que afrontan los ancianos. Todos encuentran provechoso el acercamiento generacional sobre la base de los consejos y experiencias que pueden recibir de quienes poseen mayor edad, pero se evidencian contradicciones, fundamentalmente entre ancianos y jóvenes.
Las características positivas, reconocidas por la juventud a la vejez, son "la sabiduría" y la "posibilidad de consultarlos como consejeros expertos", mientras que en las negativas resaltan la "incomprensión de los jóvenes por los ancianos", quienes se "inmiscuyen demasiado en sus vidas".
En el estudio trascendió que se acepta poco la convivencia intergeneracional, al parecer no la prefieren ni los jóvenes, ni los propios ancianos. Aunque los adultos no renuncian a sus padres, porque viven con ellos, o los visitan con frecuencia existen barreras en la convivencia interpersonal. En las casas que trabajan y estudian los mayores, los ancianos pasan muchas horas solos y al regresar sus hijos al hogar, tienen poco tiempo para dedicarlo a sus viejos.
Las organizaciones sociales, como los círculos de abuelos, hogares de ancianos... aunque no cubren aún todas las necesidades, suplen en parte esta carencia de la comunicación familiar, al brindar al sujeto envejecido una participación social acorde a sus posibilidades reales.
La imagen negativa hacia la vejez, que muchas veces tiene la población más joven, acentúa la incapacidad del anciano al limitar sus actividades, por adjudicarle disminución de las capacidades físicas e intelectuales, cuando lo cierto es que "la vejez no es una enfermedad, es una etapa vital" con condiciones reales de subsistencia.
En la relación diaria con el anciano, no podemos ni sobreprotegerlo, ni marginarlo, ni enfatizar en las pérdidas ocasionadas por la vejez, lo que repercute en la imagen que tienen del anciano, la sociedad y el individuo envejecido de sí mismo.
Una persona al envejecer suele basar su propia imagen en éxitos anteriores, como la belleza, el poder, el vigor físico o sexual, y los contrarresta con el presente de pérdidas, según que no son a veces reales, pues siempre existe un caudal de posibilidades interiores no reconocidas totalmente, ni por el anciano, ni por las demás generaciones.
La visión del niño, en sentido general, se ajusta a las condiciones actuales de la actividad del abuelo, al que asocia según a los mandados, y a las actividades de poco interés e importancia.
No se puede permitir el deterioro de la imagen del anciano ante los demás, ni dejarlo solo con sus pensamientos y angustias, pues llegaría a deprimirse, a enfermarse de verdad. El estado depresivo en el anciano se manifiesta a través de la tristeza, el abatimiento, la desilusión y hasta el sentimiento de soledad.
La depresión puede llegar a provocar retraimiento del contacto con otras personas, alejamiento de las actividades habituales que se tornarán difíciles de realizar, sensación de la pérdida de capacidad para sentir placer, disfrutar la vida y hasta quizás del funcionamiento del organismo, entonces comienzan en el anciano los dolores, la fatiga, los trastornos del sueño.
Por eso, los especialistas del envejecimiento, consideran que la imagen y actitudes negativas hacia el anciano constituyen factores de alto riesgo psicológico-social, semejante a los efectos biológicos del bajo peso al nacer de un niño, o la hipertensión en la embarazada.
Sabemos que es posible cambiar la imagen negativa que tienen algunos, y hasta un número de ancianos, sobre la vejez. Claro que es un proceso largo, pero no imposible. Los esfuerzos de la medicina para incrementar la esperanza de vida no tendrían sentido por sí solos, si no tratamos de mejorar las actitudes hacia esa vida que se prolonga cada vez más en el tiempo.
Cada generación de ancianos, como cada generación de jóvenes, de adultos, de niños, tiene sus propias especificidades, ninguna es igual a la otra. No podemos valorarlas con estereotipos: "Los jóvenes son inmaduros", o "los viejos son achacosos", porque no siempre estas son características reales del grupo o de los individuos.
La madurez sana de un individuo depende mucho de su personalidad anterior, desde su juventud; así un joven alegre será un viejo contento, aunque tenga más allá de 80 años de edad y hasta quien sobrepase los 100.
En el proceso de envejecimiento es básico superar lo físico, adaptarse al deterioro biológico, a las canas, a las arrugas, a los cambios y entonces, a partir de allí, fomentar el desarrollo social y espiritual con la experiencia acumulada. En este concepto vital se valoran mejor las satisfacciones de un trabajo determinado, de la formación de una familia y de la actividad social. La vejez tiene entonces su verdadero sentido como etapa de la vida donde se encaran pérdidas importantes, pero en la que se puede disfrutar y continuar creciendo como seres humanos.
Es cierto, que durante el proceso de envejecimiento ocurren con más frecuencia algunas afecciones, que contribuyen a la aparición del sentimiento de soledad. Pero el envejecer no es sinónimo de enfermedad, sino una etapa de la vida, a la cual se puede llegar saludable, física y mentalmente. Además ¿Cuándo se llega a viejo?
Antes se consideraba a una persona de 50 años como vieja, en cambio ahora es otra la realidad, porque la esperanza de vida es mucho mayor, y las condiciones han mejorado para mantener la salud humana. El envejecer es obligatorio, comienza desde el mismo momento en que nace el individuo y sólo se detiene con la muerte, pero no acontece en cada uno de la misma manera, ni en la misma edad cronológica.
Honorato de Balzac (1799-1850), escritor francés, autor de la Comedia Humana, en sus novelas, describe a la mujer de treinta años como una persona madura, hoy esa señora es, sin dudas, una joven dama, porque actualmente la edad media femenina es de 40 años. Así que la edad es una cuestión muy relativa.
Como relativa es la soledad en las personas. Hay quienes, la llevan dentro desde niños, aunque estén rodeados por la multitud. Problemas de carácter, desorientación familiar u otras causas alienantes, los conducen a separarse del mundo que los circunda. Así que un individuo sano, sólo por ser viejo, no es un ser solitario.
Por supuesto, existen condiciones adversas cuando los años pasan. En general, las personas de mayor edad se desenvuelven en un medio social diferente a los más jóvenes. Algunos estudiosos, hablan de que un 24 o 28% de quienes sobrepasan los 65 años de edad viven solos y que hasta un 9% están en aislamiento social. ¿Acaso el aislamiento es sinónimo de soledad?.
Hay personas que gustan de la soledad, para disfrutar de sus preferencias, sean musicales, literarias o de otra índole, y hay quienes necesitan estar siempre rodeadas de otros seres humanos para ser feliz. Sabemos que no es necesario estar sin compañía para sentirse inmensamente solo. Pongamos por ejemplo, el Día de las madres, buena parte de las mujeres se sienten felices rodeadas de sus hijos. Pero y ¿aquellas que sus hijos están lejos? ¿No se sentirán solas a pesar de que la rodease una multitud?. A medida que pasan los años, las personas van sufriendo pérdidas que laceran su espíritu.
Al penetrar en la Tercera Edad, son reales la muerte de amigos, de los parientes más próximos, hasta del cónyuge, muchas de las personas que estaban en el círculo de interacción social, o familiar se han alejado por las causas más diversas, y puede sentirse un incremento en la sensación de soledad. A veces los achaques o la manera de afrontar el proceso de envejecimiento tornan más difícil las visitas al hogar y las comunicaciones con los demás.
También pueden afectar las relaciones, los problemas económicos que surgen a partir de la jubilación, con el decrecimiento de las finanzas personales. En otras ocasiones las dificultades con la trasportación impiden la frecuencia de los contactos con los seres más apreciados por el individuo, porque a veces, es indispensable realizar un vuelo internacional para lograr tal objetivo.
Algunos sienten que han dejado de ser dueños de su suerte, porque dependen de sus parientes para subsistir. Han tenido que cambiar su lugar de residencia, por seguir los intereses de las más jóvenes generaciones, o para acoplar su vivienda a su menguada economía personal. Otros son marginados, como objetos en desuso en su propio hogar. El resultado de todas estas situaciones adversas es un incremento en el sentimiento de soledad.
Los especialistas definen la soledad como el estado o el sentimiento personal que experimenta el ser humano cuando “estima” que el nivel de las relaciones sociales es insuficiente o que no son satisfactorias. La pérdida de la autoestima provoca, en efecto, la impresión de no tener relaciones como persona, como ser social.
El sentimiento de soledad puede asociarse a una cierta timidez que impide asumir la iniciativa de los contactos sociales tras un cambio de ambiente o de condiciones. Hay quien se considera despreciado tras la jubilación, por la disminución de sus ingresos, de sus privilegios como trabajador o profesional y se aísla, sin presentar batalla a sus nuevas condiciones.
Cuando las personas envejecen, deben tomar conciencia de que entran a una nueva etapa en su existencia, y que lo importante es mantener la calidad de esa vida. Hay que devolverse el sentimiento de ser útil y necesario, participar en la vida social, de manera plena, para que si por un instante existió la impresión de soledad, se elimine de su pensamiento.
Pienso, que es importante afrontar la vejez con sus ventajas y desventajas. No evadirla, ni lamentarla. Soy viejo, bien, lo asumo. Ahora ¿debo comportarme como un desecho?. En lo absoluto, hay que descubrir los nuevos papeles que podemos desarrollar en esta edad o la manera de conservar los antiguos. Con la edad hay más experiencia, ¿por qué no ofrecer ese conocimiento adquirido a través de los años, a los otros más jóvenes que lo necesitan?
Es cierto, que los humanos disfrutan más abandonar la infancia para llegar a la vida adulta, por los privilegios que en ella se adquieren, y desean menos la etapa de los TA (trein-ta, cuaren-ta..), en que se suponen corren los años más rápidamente hacia el final, o la vejez. Pero vivimos en un punto culminante de la evolución demográfica, donde no sólo aumenta el número de personas de edad, sino que ellas constituyen una proporción cada vez mayor en la población mundial.
Los viejos no tienen por que estar aislados, son muchos en el mundo actual. Los estudios indican que las familias no se deshacen fácilmente de los mayores, confiándolos a las instituciones, sino que es común ver hogares con dos y tres generaciones conviviendo. Los abuelos y hasta los bisabuelos, no tan ancianos como antaño, son activos miembros de los núcleos familiares, porque pueden colaborar con los más jóvenes hasta enseñarlos a envejecer.
Pero el vivir en hogares institucionales, tampoco es sinónimo de aislamiento familiar. Algunos prefieren mantenerse en contacto, pero no habitar necesariamente en la misma casa. Porque la vida en familia depende mucho de las relaciones de sus miembros, su personalidad y sus gustos. En las casas de abuelos, y otras instituciones similares, pueden ofrecerse actividades que mantienen a sus integrantes ocupados, o divertidos.
Una amiga, comentaba recientemente, “mis hijas no comprenden el por qué de brindar mi colaboración en varios trabajos, a los cuales me llaman para apoyar. Si me quedo en casa de brazos cruzados esperando sus visitas, o las de los nietos, me siento inútil, y hasta con tendencia a perder de la memoria todo lo que aprendí en mi vida. Me gusta trabajar y lo haré hasta que pueda.”
El llegar a viejos tampoco limita el cursar estudios, integrar equipos deportivos, de turismo, de música, danza o de cualquier grupo afin a sus intereses. La vida no acaba si las personas al envejecer, emplean cada día en algo que las haga felices.