Esta historia
empezó en realidad hace tiempo, en su natal Pinar del Río, con la niña de primaria
elegida jefa de destacamento pioneril por sus compañeritos, la adolescente integrante del
secretariado provincial de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media y la
muchacha miembro del secretariado de la Federación Estudiantil Universitaria de Medicina.
Luego vino el servicio social en Guantánamo, también
con responsabilidades en la Unión de Jóvenes Comunistas, hasta que pasó a trabajar en
el Ministerio de Salud Pública, atendiendo a los cuadros jóvenes.
Inmersa en esa tarea, la doctora Elia Rosa Lemus,
especialista en Medicina General Integral y profesora de la facultad Fajardo, fué
designada para coordinar la brigada médica que prestaría servicios en Guatemala, que
acababa de pasar la tragedia del huracán Mitch.
Al país de la eterna primavera llegó el 18 de
diciembre de 1998, y desde entonces su quehacer al frente de la ahora Cooperación Médica
ha supuesto una batalla cotidiana y pequeñas victorias diarias en bien de la calidad de
vida de una población tradicionalmente preterida.
Convencida martiana, amante de la historia de Cuba,
deseosa de acumular más y más cultura a su haber, ha logrado ese difícil equilibrio que
supone dirigir a cientos de personas, algunos mucho mayores, uniendo la disciplina casi
militar a la ternura.
Ella conoce por su nombre a cada uno de los médicos,
paramédicos, enfermeras, técnicos y trabajadores cubanos que allí brindan su mano
solidaria. Sabe de sus problemas y está atenta a sus dificultades, pero igualmente sabe
llamar la atención cuando es necesario, haciendo gala de una sinceridad a toda prueba.
Es por eso que reconoce que los primeros seis meses no
fueron fáciles, pero le dieron mucha fuerza las palabras de aliento que le dijo el
presidente Fidel Castro: ¨No te dejes vencer¨, y esa premisa le ha servido para toda la
misión.
En cuanto a la responsabilidad, confiesa que la asumió
con su formación anterior, ¨Me entusiasmó el reconocimiento y la confianza, y pensé
que era también un reto como producto de la generación de la Revolución y como mujer.
¨Lo sentí, además, como un gran compromiso con el pueblo, con la gente que conozco¨.
Justamente entre esas personas con las que se siente
comprometida está sus padres, Elia y Armando, quienes se han hecho cargo de su Amalia,
una niña inteligente y despierta, que a sus ocho años no puede ocultar el orgullo por su
mamá.
Claro que a veces quisiera estar cerca de su hija, junto
a los suyos, pero en esos momentos se acuerda del bien que hace, de la importancia de su
quehacer, de los resultados ya palpables en la disminución de la mortalidad infantil y
materna de las personas atendidas por los cubanos, y aunque se mantiene el deseo de
verlas, la tristeza disminuye.
Momentos complicados, decisiones difíciles, como
aquella vez en enero del 99, cuando murió un niño en la zona Reina, una de las
más apartadas y pobres del país, y fueron enviados hacia allá 11 médicos, y desde
entonces no se registra en el lugar mortalidad infantil, quedarán por siempre en su
memoria.
¨Nos han pasado muchas cosas, pero lo principal ha sido
sabernos útiles, que con nuestro trabajo estamos salvando vidas en un país que no creía
en la salud para todos, ayudando a personas que no conocían el significado de la palabra
médico¨.
Entre las cosas que más atesora Elia Rosa se encuentra
la amistad que se ha desarrollado entre todos los internacionalistas, ese preocuparse
constante de unos por otros, el aliento mutuo que se brindan, el amor, en la más amplia
acepción de la palabra, que abarca a todos y cada uno de los cubanos de la Cooperación.
Es por ello que volvería a iniciar esta misión una y
mil veces, porque así ¨tienes la oportunidad de ser internacionalista, de estar allí
donde hay grandes problemas y saber entonces, de verdad, que la patria no se reduce al
hijo, al padre o a la madre, y puedes hacer el bien¨.
Soy inmensamente feliz, dice rotunda Elia Rosa Lemus, y
uno sabe que está diciendo la verdad.