Médicas cubanas en Guatemala

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Por Marietta Manso

Elia Rosa y la felicidad

Verdaderas heroínas, las mujeres son el 23 % de los integrantes de la Cooperación Médica en Guatemala, donde van a los lugares más difíciles, trabajan a la par de sus compañeros y constituyen un estímulo para los hombres

 

Esta historia empezó en realidad hace tiempo, en su natal Pinar del Río, con la niña de primaria elegida jefa de destacamento pioneril por sus compañeritos, la adolescente integrante del secretariado provincial de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media y la muchacha miembro del secretariado de la Federación Estudiantil Universitaria de Medicina.

Luego vino el servicio social en Guantánamo, también con responsabilidades en la Unión de Jóvenes Comunistas, hasta que pasó a trabajar en el Ministerio de Salud Pública, atendiendo a los cuadros jóvenes.

Inmersa en esa tarea, la doctora Elia Rosa Lemus, especialista en Medicina General Integral y profesora de la facultad Fajardo, fué designada para coordinar la brigada médica que prestaría servicios en Guatemala, que acababa de pasar la tragedia del huracán Mitch.

Al país de la eterna primavera llegó el 18 de diciembre de 1998, y desde entonces su quehacer al frente de la ahora Cooperación Médica ha supuesto una batalla cotidiana y pequeñas victorias diarias en bien de la calidad de vida de una población tradicionalmente preterida.

Convencida martiana, amante de la historia de Cuba, deseosa de acumular más y más cultura a su haber, ha logrado ese difícil equilibrio que supone dirigir a cientos de personas, algunos mucho mayores, uniendo la disciplina casi militar a la ternura.

Ella conoce por su nombre a cada uno de los médicos, paramédicos, enfermeras, técnicos y trabajadores cubanos que allí brindan su mano solidaria. Sabe de sus problemas y está atenta a sus dificultades, pero igualmente sabe llamar la atención cuando es necesario, haciendo gala de una sinceridad a toda prueba.

Es por eso que reconoce que los primeros seis meses no fueron fáciles, pero le dieron mucha fuerza las palabras de aliento que le dijo el presidente Fidel Castro: ¨No te dejes vencer¨, y esa premisa le ha servido para toda la misión.

En cuanto a la responsabilidad, confiesa que la asumió con su formación anterior, ¨Me entusiasmó el reconocimiento y la confianza, y pensé que era también un reto como producto de la generación de la Revolución y como mujer. ¨Lo sentí, además, como un gran compromiso con el pueblo, con la gente que conozco¨.

Justamente entre esas personas con las que se siente comprometida está sus padres, Elia y Armando, quienes se han hecho cargo de su Amalia, una niña inteligente y despierta, que a sus ocho años no puede ocultar el orgullo por su mamá.

Claro que a veces quisiera estar cerca de su hija, junto a los suyos, pero en esos momentos se acuerda del bien que hace, de la importancia de su quehacer, de los resultados ya palpables en la disminución de la mortalidad infantil y materna de las personas atendidas por los cubanos, y aunque se mantiene el deseo de verlas, la tristeza disminuye.

Momentos complicados, decisiones difíciles, como aquella vez en enero del 99,  cuando murió un niño en la zona Reina, una de las más apartadas y pobres del país, y fueron enviados hacia allá 11 médicos, y desde entonces no se registra en el lugar mortalidad infantil, quedarán por siempre en su memoria.

¨Nos han pasado muchas cosas, pero lo principal ha sido sabernos útiles, que con nuestro trabajo estamos salvando vidas en un país que no creía en la salud para todos, ayudando a personas que no conocían el significado de la palabra médico¨.

Entre las cosas que más atesora Elia Rosa se encuentra la amistad que se ha desarrollado entre todos los internacionalistas, ese preocuparse constante de unos por otros, el aliento mutuo que se brindan, el amor, en la más amplia acepción de la palabra, que abarca a todos y cada uno de los cubanos de la Cooperación.

Es por ello que volvería a iniciar esta misión una y mil veces, porque así ¨tienes la oportunidad de ser internacionalista, de estar allí donde hay grandes problemas y saber entonces, de verdad, que la patria no se reduce al hijo, al padre o a la madre, y puedes hacer el bien¨.

Soy inmensamente feliz, dice rotunda Elia Rosa Lemus, y uno sabe que está diciendo la verdad.

 
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