Hogar y Familia
Durante una gran parte del siglo pasado, todo estaba claro para hombres y mujeres: ellos trabajaban en la calle y mantenían económicamente a la familia. Las mujeres convertidas en “madresposas” amantes y serviciales, tenían su reinado en el hogar. Para la familia, la vida transcurría de manera ordenada: ellos, dueños del espacio público y ellas, dueñas del otro, de ese espacio privado donde él llegaba a descansar con su famoso periódico debajo de brazo.
Como esta sociedad patriarcal resultaba demasiado injusta, conocemos lo que pasó: las mujeres comenzaron a abrirse espacio con gran dificultad pero con irrefrenable impulso. Hoy en día, en muchas partes del mundo no hay una profesión donde ella no incursione, amén de aquellas en las que son mayoría como el magisterio, la medicina, la abogacía y otras.
Desentenderse en más fácil
Aunque una buena cantidad de hombres comprende que es un problema de justicia colaborar con su compañera cuando ambos trabajan fuera, se hacen los desentendidos porque realmente —y no cabe dudas— los quehaceres domésticos son tediosos, no hay mucha creatividad cuando se friegan platos o se limpia el piso; físicamente agotan además. Pero el trabajo hogareño es necesario para la vida de todo ser humano que necesita estar alimentado, vestido con cuidado y vivir en un ambiente limpio y dispuesto, de acuerdo a su gusto y satisfacción de necesidades vitales.
Tanto los hombres, como las mujeres necesitan de ello. Sin embargo, la organización patriarcal ha establecido una división sexual de las tareas al dividir la economía en: actividades reproductivas que no son remuneradas y con una menor valoración social y las actividades productivas asalariadas, generalmente realizadas por el varón. Un “generalmente” que también es preciso descodificar pues cada vez más mujeres trabajan, a veces en pésimas condiciones, pero ese trabajo no les garantiza un reconocimiento social. A veces, esta valoración social o la misma división sexual de las tareas, no es discutida, porque es vista como algo normal. Pareciera decirse, así ha ocurrido siempre, es “natural”, ¿por qué se va a cambiar? —reflexiona la peruana Luisa Cruz Hefti, máster en Desarrollo y con amplia experiencia en la educación popular en su país.
Diversos estudios han demostrado fehacientemente que el tiempo consumido para la realización de las tareas domésticas es un tiempo mucho más amplio que las ocho horas laborales legales. Comienza desde el despertar y acaba hasta el momento de ir a dormir. Como resultado de esta realidad, algunos países están reformando la legislación con el objetivo de contemplar la seguridad social para las personas que ejercen este trabajo, sea como amas de casa o como empleadas domésticas. Lo están tomando en cuenta también para legislar la distribución de los bienes acumulados durante el matrimonio, en caso de divorcio.
Un mundo de paradojas
Pero francamente este es un fenómeno complicado que proyecta sus raíces en un tejido sociocultural muy añejado. Luisa Cruz se refiere a la incongruencia que se aprecia en diversos países del área, entre las mujeres campesinas dirigentas, que ven solamente el avance en la participación de las mujeres en el trabajo productivo, pero que en la educación doméstica, inconscientemente no cuestionan la división sexual del trabajo. Relata esta anécdota confesada por una trabajadora rural: “Mis hijos tienen cada uno su tarea. Mi niña mujer ella se encarga de lavar los platos, barrer la casa. Esa es su tarea diaria. Los niños varones también me ayudan. A los varoncitos y a las mujercitas los estamos educando igual. Los niños varones a veces también lavan sus uniformes cuando están sucios. Ellos lo lavan, lo tienden y lo planchan. Mis niños me ayudan a hacer la limonada o a lavar los platos, cuando la niña está ocupada o está enferma. La niña es la que está encargada de hacer eso. Otro de mis niños es el encargado de soltar las cabritas. El las amarra, o las suelta, luego en la tarde las recoge. El otro varoncito, va a su parcela a ayudarle a su papá. Igual, los niños y las niñas están haciendo los trabajos iguales ”.
Manifiesta la experta en educación popular que cuando habla de mecanismos inconscientes, se está refiriendo al hecho de que las mujeres dirigentas propagan el mismo esquema de como ellas fueron educadas. El trato “igualitario” se visualiza en el trabajo ligado a la producción, pero en el trabajo doméstico, los varones participan cuando las niñas están impedidas de hacerlo. De lo contrario, automáticamente, son las niñas quienes lo realizan.
Largo camino
En Cuba, a pesar de que nuestro proyecto social estimula la equidad de género y el 66% de la fuerza técnica y profesional del país está constituida por mujeres, las cosas en el interior de los hogares no marchan a tono con esas realidades. Las mujeres cubanas reparten tareas a los hijos y al marido pero sobre sus hombros recae el mayor peso de estas labores. Si bien existen, no son mayoría las familias que cada quien, de manera equitativa y justa, asume sus deberes. En las familias extendidas, muchas veces los miembros de la tercera edad son los que se encargan de casi todo.
Según el resultado de algunos estudios locales, parece ser que donde se ha avanzado es en la atención directa de los padres a sus hijos. Es común verlos llevar a los niños a los círculos infantiles o a la escuela. Bañarnos o darles la comida a los más pequeños. Ayudarlos con las tareas escolares o jugar con ellos.
En cuanto al disfrute y la responsabilidad de ser papá, el Estado cubano recientemente ha legislado a favor de una licencia de maternidad o paternidad por espacio de un año, optativa para ella o para él, de acuerdo a la conveniencia de la pareja, después de concluida la licencia post natal y la etapa de la lactancia materna.
Si bien se avanza en este sentido, los hombres cubanos se niegan a ser cazueleros. He entrevistado a algunas mujeres que cuando enumeran las virtudes de su pareja, hablan de que comparte con ella los quehaceres domésticos. Es decir, aún se ve como un mérito algo que debe ser un principio en la cotidianidad.
En otros países hay la misma percepción. Dice Luisa Cruz que las mujeres están ocupando roles importantes, pero al interior del hogar, lamentablemente el hombre no lo asume. La mayor parte, considera que aunque la mujer trabaje fuera del hogar, dentro de él tiene todavía ella que asumir la carga que eso implica. Pueden encararse otras soluciones como el reconocimiento económico del Estado al trabajo doméstico o la creación de guarderías, pero el problema de fondo es la implicación de los hombres en lo doméstico.
Tal y como se han pronunciado diversas dirigentas femeninas de la región, como la cubana Vilma Espín, parece ser que el camino es más tortuoso y largo que lo imaginado. Pero se van recogiendo frutos. Y así lo expresa la experta consultada al reconocer que algunos hombres empiezan a tomar conciencia que a medida que aprenden a hacer el trabajo casero, están mejor preparados para los avatares de la vida. Todavía está por trabajar en el subconsciente colectivo, que incorporar el trabajo doméstico en sus vidas es una necesidad humana indispensable, como cepillarse los dientes, que sólo requiere de práctica y de organización del tiempo y de las actividades que cada cual necesite hacer y que no es una actividad femenina, ligada a la esencia femenina o a sus genes.
Concluye diciendo que los hombres en la medida que desarrollen sus facultades adormecidas por el sistema patriarcal, serán menos dependientes de una mujer (esposa, hermana, madre, hija, empleada doméstica, prima, en fin alguna mujer del entorno). Así buscarán una pareja para desarrollar un proyecto de vida y no para satisfacer sus necesidades más elementales.
Otras fuentes
[Respuesta a la pregunta.]
Si se quiere hacer un buen chiste, que casi seguramente será bien acogido; hablar de alguien con cierta connotación maléfica; o incluso, ejemplificar el paradigma de relaciones complejas, esencialmente invasivas (popularmente meterse en lo que no le importa o donde no le han llamado);... pues ahí está el personaje ideal: ¡la suegra!
Pocos roles sociales son menos favorecidos y más censurados que el de suegra,... y observe que genéricamente me referí solamente al sexo femenino. Porque, paradojalmente, visto desde otra perspectiva, esta misma persona, este mismo ser humano, representa el posiblemente más altamente valorado rol social: el de madre. Tal vez injusticias de la opinión pública y la sabiduría popular con el género masculino, pero ser suegro no es tan malo y ser padre no es tan bueno.
De nuevo y sin prejuicios de género, ¿quiere complicar un poco más las cosas, y favorecer menos aún a las suegras? hablemos de la madre del miembro masculino de la pareja, es decir la mamá del varón,... y más aún si es hijo único o preferido o sobreprotegido, aquel que voluntaria o involuntariamente aún está unido a su progenitora por un “invisible cordón umbilical de acero”, y que es expresión de aquellas relaciones que, según la literatura psicoanalítica, tienen un cierto sabor edípico.
Llegado a este punto, entonces no queda más remedio que introducir un nuevo personaje, la aparente víctima de la maledicencia de la suegra, la aparentemente frágil y angelical pareja del hijo de la señora de referencia: la nuera.
Permítanme ahora, antes de seguir adelante, una pequeña digresión conceptual. Desde la Psicología Social nos referimos a dos importantes conceptos: estereotipos y prejuicios que nos hablan de los papeles que desempeñan las personas ante la vida. Para conocer la esencia del estereotipo, sin apelar a tecnicismos conceptuales, recordemos el sermón de una buena educadora a niños que se ponen motes entre sí: “los nombretes son feos, son feos y se quedan”,... es decir, algo circunstancial puede servir para etiquetar un determinado fenómeno o suceso para siempre y esto ocurre no sólo en el plano de los individuos, sino en el plano de toda la sociedad en su conjunto.
Un estereotipo presupone la tendencia a la categorización (Allport), a la clasificación de algo en una categoría, por lo general absoluta, que nos resulta familiar, a la que se atribuye una cierta connotación estática en cuanto a sus características, que permita su generalización a cuanto suceso o fenómeno se le parezca,... se trata de características “monopolizadoras” y eternas, con muy poca variación en el tiempo y que ignoran o descuidan todas las variaciones individuales, de donde se pone en esencia su excesiva simplificación. ¿No es el concepto de suegra una clara expresión de un típico estereotipo?
Añadamos algo entonces, y es que, por lo general, el estereotipo no es un concepto o categoría fría, sino que acarrea determinados matices o juicios de valor, que lo magnifican o estigmatizan: usted dice madre y se está refiriendo a un concepto venerable,... nadie piensa que a muchas mujeres se les debió privar del derecho de la maternidad dados los devastadores efectos que sus acciones han tenido para el desarrollo y la dignidad personal de sus hijos. Incluso si se reconociera, se vería como las excepciones que en última instancia conforman las reglas.
Por el contrario, usted dice suegra y se está refiriendo a un concepto desdeñable,... pocos piensan en muchas mujeres que han sido mucho mejores seres humanos para con sus nueras que lo que fueron sus verdaderas madres.
Y esto nos conduce hacia otro interesante concepto, el prejuicio, que como su connotación semántica indica, es una pre-valoración, una conclusión anticipada de lo que se nos está diciendo.
Llevado a la vida cotidiana, pensemos en lo que quiere decir una persona cuando refiere que compró un producto de “afuera”; nos anticipa que adquirió un producto “bueno, buenísimo” y con ello nos expresa un prejuicio, en positivo, para con el producto foráneo, a la vez que un franco prejuicio en negativo, hacia las producciones nacionales, con o sin razón...
¡Lo mismo ocurre con la suegra!, no es sólo un inamovible estereotipo, sino que presupone un juicio de valor ¡en negativo!:
-¿Vas a vivir con tu suegra...?, ¡te embarcaste!
-¿Vas a vivir con la vieja tuya,...?, ¡te salvaste!
Aunque podemos seguir en un regodeo conceptual —al polemizar que la aborrecible suegra es la progenitora de nuestra encantadora pareja y que la adorable autora de nuestros días es, a su vez, la suegra (tal vez percibida como terrible) de aquella,...— preferimos volver al más cotidiano dilema de suegra vs. nuera.
Para poder continuar y comprender con más claridad el tema que nos ocupa, hablemos brevemente de un personaje clave en esta historia, de quien apenas hemos hablado y quien ocupa una posición que la literatura especializada ha dado en denominar la posición “sándwich” por estar en el centro de dos fuerzas: Se trata del “hijo de su mamá” y, al mismo tiempo, “la pareja de su pareja”,... es tal vez la “manzana de la discordia” quien en muchas ocasiones, en muchos sentidos, directa o indirectamente, deviene en catalizador de los conflictos suegra-nuera.
El hijo de su mamá, por lo general conoce bien los aspectos críticos, conflictivos de ella, sabe que es muy invasiva en su vida personal, que con frecuencia es una censora implacable de todo lo que no encaja en sus esquemas —¡y por lo general hay muchas cosas que no encajan!—, que a veces es tan matraquillosa que llega a marear a quienes le rodean, que no para de pelear,... pero que al mismo tiempo es una “gallina defendiendo a sus polluelos”, que se desvive por complacer a los suyos —en especial a su hijito del alma— aunque no pierda ocasión de recordar cuanto se desvive y ¡lo mal que le pagan,... cuando ella merecería algo mejor! Por lo general a él mismo se le hace difícil la convivencia con su mamá, con quien polemiza bastante y se suceden a menudo episodios desagradables entre ambos...
Pero, aunque este es uno de las casos más frecuentes, no siempre ocurre así -incurriríamos en la creación de estereotipos que acabamos de cuestionar-, en ocasiones se trata de madres muy “sufridas”, que afrontan la vida de forma casi martirológica, en unos casos con un constante lamentarse y en otros con un estoico pero no menos reprobador silencio.
En cualquiera de estos y muchos otros probables casos en que pueden combinarse características descritas, estaríamos en presencia de complejas relaciones madre-hijo, que devienen fértil terreno para los más severos aún conflictos suegra-nuera,... ¡aunque a su vez ello no quiere decir que esté exenta de complejos lazos afectivos!
Veamos ahora a la otra protagonista del conflicto y hagámoslo desde una óptica limpia y transparente —¡que no siempre es así!— se trata de una mujer honestamente enamorada del hijo de mamá, una muchacha con “impulso”, que con frecuencia anhela su independencia, la “suya”, a veces hastiada y saturada de lo mucho que la controlan y limitan en su propio hogar de origen, con el afán también posesivo sobre su pareja que casi siempre tienen los jóvenes y sobre todo con nuevas ideas, nuevos puntos de vista revolucionarios de cómo “deben ser” las cosas y el consecuente impulso para imponer sus criterios.
¿Cuál es entonces el asunto? que cuando estas dos fuerzas colisionan, el impacto resulta ser violento, que puede ser atenuado, amortiguado o ¡incrementado! por el elemento común, que está en el medio, que tiene un complejo doble estatus de hijo de su mamá y pareja de su pareja.
Por supuesto, el impacto no es el mismo cuando la relación es desde afuera a cuando implica la convivencia cotidiana, en un mismo espacio físico, bajo un mismo techo, ¡con una sola cocina o un solo baño!, porque como reza un viejo aforismo que conocí en Nicaragua: “hay flores que de lejos huelen y de cerca hieden”.
Y es precisamente en el contexto de la convivencia donde más compleja se hace la relación suegra-nuera: Desde el punto de vista de la suegra, pocas mujeres —tal vez, si acaso, un clon de ella misma 20 años más joven— están hechas a la medida de su hijo, unas porque son unas “cochinas” que todo lo dejan sucio o regado o porque apenas se ocupan —¡como solamente lo sabe hacer ella!— de que su hijo tenga la ropa limpia, al día; porque son unas “vagas”; porque son mal educadas, porque no son cariñosas,... o por cualquier otra razón emergente que siempre aparecerá.
En consecuencia se arrogan los derechos —“¡al fin y al cabo esta es mi casa!”— de invadir constantemente la vida de la joven pareja para indicarle —¡claro que por su bien!— a la nuera cómo debe hacer las cosas pues así es que le gustan a SU hijo; de censurar velada o abiertamente todo, o casi todo, lo que ella hace; de hablar con otros sobre la mala suerte que ha tenido su hijo y hacer un ostentoso silencio cuando aquella se acerca —claro “doble mensaje” que era de ella de quien se hablaba, una especie de “era de ti pero no contigo—; pero sobre el envenenar al hijo, “dejándole caer” la mala selección que hizo, ostentando su pesar y aflicción por lo mucho que han cambiado las cosas desde que esa mujer —¡una de las más lapidarias expresiones!— entró en la casa,... y en ocasiones hasta resaltando a una nuera anterior supuestamente ideal, aunque con aquella se hubieran tenido también severos conflictos.
Podríamos continuar ejemplificando, pero preferimos quedarnos aquí por tratarse de algunas de las más frecuentes críticas a la suegra, que con mucha frecuencia —con razón o sin ella— estigmatizan y consolidan los estereotipos y prejuicios alrededor de esta figura.
Pero, y ahora le toca al abogado del diablo, ¿es tan indefensa la nuera? es posible, es cierto, que esta esté en posición desventajosa, pues como quiera que sea ella es una extraña que entra a un sistema que con sus virtudes y defectos lleva largos períodos de tiempo funcionando así, y sus miembros, cada cual a su manera, están acostumbrados a ello —¡aún reconociendo y hasta desaprobando sus imperfecciones!—. Por eso, la llegada de la nuera al hogar produce eso que en la literatura especializada ha dado en llamarse “ruido en el sistema”,... afortunadamente todos los sistemas —sobre todo mientras más abiertos, y con aperturas a nuevas experiencias— tienden al restablecimiento del equilibrio, a la asimilación de nuevas influencias, y entonces, progresivamente, los ruidos se atenúan hasta casi desaparecer,... aunque en algunos casos —y el que nos ocupa puede ser uno de ellos— el nuevo elemento deviene, por una razón u otra, muy incompatible con el funcionamiento del sistema en su conjunto o con algún elemento en particular, y entonces los ruidos se agudizan y llegan a comprometer el funcionamiento del sistema a mediano o largo plazo.
Es en este sentido que las nueras pueden contribuir a agudizar los conflictos, sobre todo cuando llegan ellas mismas con una actitud colonizadora del nuevo hogar, con la clara intención de cambiarlo todo acorde a sus propios criterios y puntos de vista, olvidando la vigencia del conocido refrán de la sabiduría popular de que allí donde fueres, haz lo que vieres,... después veremos lo que se puede cambiar” (añadido del autor). De esta manera, cuando intenta violentar las normas y tradiciones de la familia de su pareja, con quien convive, produce importantes fricciones en dicha convivencia pues se acentúa la visión de ella como intrusa invasora, más aún ante los ojos de la suegra. Sobre todo porque si hasta ahora ésta era la “dueña y señora del hogar”, ahora ve amenazado un estatus que —para ser justos, incluso habiendo vivido ella misma historias similares cuando le tocaba el rol de nuera— mucho trabajo le ha costado alcanzar y mantener, sintiendo que tiene la razón de su parte; ello la impulsará a “repeler al extraño”, con lo que el clima familiar se enrarecerá mucho más.
Es frecuente, entonces, como contra-respuesta que la nuera asuma comportamientos y actitudes que lo que hacen es añadir más leña al fuego entre las que podemos señalar algunas expresiones típicas: el levantarse de la mesa, no recoger los platos y ni siquiera intentar fregar; el apenas tratar a la suegra y cuando lo hace es de forma distante y despectiva, en tanto hace ostentación de afecto y alegría —risas evidentemente forzadas— cuando se comunica —personalmente o ¡por teléfono!— con otras personas, en especial su propia progenitora; el poner constantes quejas a su pareja por la actitud de la señora para con ella, ¡sobre todo cuando él no está presente!,... en lo que puede haber mucho de verdad y mucho de manipulación.
Como resulta lógico suponer, esto pone al hombre, a la manzana de la discordia, en el centro de una seria situación conflictiva en que recibe, por ambas partes, un cúmulo de quejas, de recriminaciones y reproches —no siempre justificados— por tomar partido con la otra parte y —sobre todo— por ser tan ¡débil!
Tan incómoda, y por lo general ambigua, situación irrita al hombre, quien al no saber con certeza —¿¡es acaso posible!?— dónde está la razón y debatirse entre dos muy importantes —aunque también conflictivas— fuentes de afecto para él, llega a asumir actitudes injustas o punitivas con una o ambas de las mujeres implicadas —tal vez las más importantes mujeres en su vida, si no tiene hijas hembras— a quienes puede llegar a lastimar o —¡peor aún!— decepcionar. Cuando esto ocurre, sus relaciones humanas y afectivas con ellas se ven muy laceradas al producirse predisposiciones en que él mismo se convierte en un importante facilitador y potenciador del conflicto.
Pero, ¡vamos a bajarle el fuego a la caldera! hemos tratado las situaciones más dramáticas,... podríamos hablar también de aquellos contextos deseables en que se “eliminó el ruido del sistema” y suegra y nuera llegaron a constituir un buen equipo, en que todas las partes en juego obraron inteligentemente y lograron no sólo una “suficientemente buena” convivencia, sino que conformaron importantes lazos sentimentales en torno a una persona muy querida por ambas,... ¿no sería esto lo deseable?
No somos concluyentes y mucho nos gustaría polemizar; por tanto nos complacería recepcionar opiniones de profesionales autorizados y de todos aquellos que desde sus experiencias personales puedan contribuir a ampliar la comprensión de tan complejo y sensible asunto.
Otras fuentes
[Respuesta a la pregunta.]
Recientemente me llamó angustiada una amiga para solicitar ayuda porque su hijo le confesó que era homosexual, de ese intercambio surgieron varias preguntas cuyas respuestas son de interés para muchos y fueron respondidas por nuestra consejera, la directora del Centro Nacional de Prevención de Infecciones de Transmisión Sexual y SIDA.
¿Por qué tenía que decírmelo? ¿Por qué no lo ocultó, si yo no se lo pregunté?
Muchos padres piensan que serían mucho más felices si no lo supieran. Recuerdan la época en que no lo sabían como un pasado libre de problemas, al margen de la distancia que existía entre ellos y sus hijos durante todo ese tiempo. A veces queremos ignorar lo que ocurre o pensar esto se le puede pasar.
Es importante aceptar y comprender la sexualidad de su hijo o hija, porque ni la homosexualidad ni la heterosexualidad son fases temporales. Aunque hay personas que pasan por un período de experimentación, cuando alguien se decide a decir que es homosexual, no está pasando por una fase de prueba, ya lleva tiempo pensando y tratando de definir y aceptar su orientación sexual.
Nos refiere nuestra consejera que cuando un hijo o hija, revela voluntariamente su orientación sexual homosexual a sus padres, es que tiene mucha confianza en ellos. No debe defraudarse, ha sido muy valiente al comunicar algo que nuestra cultura machista a veces no lo entiende bien, ha demostrado que les tiene mucho cariño y les está pidiendo su apoyo.
Tengo otros dos varones heterosexuales. ¿Por qué este es homosexual?
Con frecuencia se piensa que una persona es homosexual porque hay una causa biológica, porque alguien lo convirtió en homosexual, porque está enfermo o por la crianza. Se han hecho varios estudios para tratar de encontrar las causas de la homosexualidad, algunos de ellos vinculados con la genética, pero, hasta el momento, no hay ninguna investigación que determine claramente la causa.
Las personas homosexuales provienen de todo tipo de familias, hijos únicos o no, con padres autoritarios o no, hijos menores, del medio, mayores; algunos tienen otros familiares homosexuales y otros son los únicos en la familia.
La homosexualidad es considerada a la luz de los conocimientos actuales como una orientación sexual. ¿Por qué tanta importancia por conocer la causa de la homosexualidad? ¿Cuántas veces se piensa en la causa de la heterosexualidad de los otros hijos? El amor que se siente por un hijo ¿depende de saber la causa de esta orientación sexual? Concentre su atención en qué necesita su hijo ahora, recomienda la profesora.
¿Debería ir a ver un psiquiatra o psicólogo?
Acudir a un psiquiatra o al psicólogo, por esta causa, es inútil. La homosexualidad no es una enfermedad que puede ser curada, es una forma de ser natural. Lo que sí puede ser beneficioso es el intercambio con expertos en temas familiares y orientación sexual, tal vez convenga hablar con alguien sobre sus sentimientos y conflictos internos. Puede que necesiten ayuda para mejorar la comunicación.
En cuanto a la preocupación de cómo será la reacción de los demás cuando se enteren o el temor al rechazo, la especialista nos plantea que es posible que esto ocurra, pero las actitudes hacia la homosexualidad van cambiando, las personas comienzan a valorar a los demás por sus cualidades, actitudes y comportamientos. Es cierto que cambiar cultura es un proceso lento, pero es por eso que este hijo o hija necesita de un ambiente en el hogar que respete la diversidad. Esto lo hará tener mayores fuerzas para enfrentar adversidades en otros medios.
¿Qué ocurre con el SIDA?
Dado que los jóvenes constituyen el grupo más afectado requiere igual preocupación por el VIH en los hijos heterosexuales que en homosexuales, ningún padre debe darse el lujo de pensar que su hijo no está en peligro y suponer que esté libre de riesgos.
Es cierto que en Cuba entre las personas infectadas hay un elevado número de homosexuales, por ello se les debe proporcionar información y asesoría por parte del personal de salud, servicios de consejería, y al igual que a los hijos heterosexuales hablarles de lo conveniente de parejas estables y sexo seguro y protegido y facilitarles el acceso a los condones.
[Respuesta a la pregunta.]
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[Respuesta a la pregunta.]
La violencia sexual es la acción que obliga a una persona a mantener contacto sexualizado, físico o verbal, o a participar en otras interacciones sexuales con una persona o que obligue a mantener relaciones con terceros, mediante el uso de la fuerza, la intimidación, la coerción, el chantaje, el soborno, la amenaza, la manipulación o cualquier otro mecanismo que anule o limite la voluntad personal.
La niña, la adolescente, la joven, la adulta, en fin, la mujer es, por lo común, la principal víctima de la violencia sexual.
María Inés es una mujer de 34 años con dos hijos varones pequeños. Siente que odia el sexo por las múltiples veces que su marido la obliga a tenerlo sin que ella lo desee. Es más, ya nunca lo desea. Le tiene una particular aversión a esa actividad que hace mucho tiempo rechaza. Pero nunca dice que no. Piensa María Inés que es una de sus obligaciones como esposa, impuesta por los márgenes matrimoniales.
Su marido es un hombre violento y ella teme, con su negativa, arreciar su furia. Se presta, tranquila y sedosamente, a una manipulación sexual que, sin chistar, asume. Si se le explicara a esta mujer ama de casa, que está siendo víctima de violencia sexual se quedaría con la mirada un tanto perdida y dijera: ¿quién, yo?
No es conocida, exactamente, la incidencia de este tipo de violencia dentro o fuera del matrimonio, debido a que muchas mujeres no saben que están actuando con ellas de manera violenta al obligarlas al acto sexual contra su voluntad. Es, además, un abuso que queda silenciado ya que las mujeres, por lo común, no hablan del asunto.
Maltrato sexual
En entrevista exclusiva, el Dr. Alejandro Caral, especialista de Primer Grado de Medicina Legal, aporta importantes comentarios sobre el maltrato sexual hacia el sexo femenino.
Muchas personas creen que la violencia sexual no es la más frecuente con relación a los demás tipos de violencia, como es la física o la psicológica, por ejemplo; sin embargo, los estudios que se realizan en Cuba y en el resto del mundo demuestran que puede ser tan común como las otras. Opina el experto que esta realidad obedece a que “las mujeres ocultan celosamente estos sucesos de sus vidas por tratarse, en primer lugar, de la intimidad de cada una de ellas y, en segundo, porque generalmente tienen temor a la censura social debido al ”sentimiento de culpa” que experimentan cuando son agredidas. También, tiene mucho que ver que las víctimas no han aprendido a reconocer la situación como violenta y el desconocimiento que existe de su derecho a la denuncia”.
Según estadísticas de la UNICEF, en América Latina, sólo uno de cada tres casos de abusos sexuales son denunciados, y el 80% de estas denuncias corresponden a niñas y adolescentes.
El especialista del Instituto de Medicina Legal, quien también es vicedirector de los Servicios Médicos Legales, señala que entre los diversos tipos de maltrato sexual se encuentra la violación o su intento y que esta forma de violencia repercute más allá del propio hecho violento, ya que atenta contra la libertad y la dignidad de las personas y genera una compleja gama de trastornos de la integridad de la víctima y en su entorno familiar, laboral, educacional y social.
Leyes que protegen
En Cuba la Ley Penal preserva a la población de estos tipos de manifestaciones de violencia y son varios los delitos que se caracterizan a partir de la actividad sexual. El Código Penal en el Título XI: “Delitos contra el normal desarrollo de las relaciones sexuales y contra la familia, la infancia y la juventud”, aparecen recogidos todos los delitos que pueden cometerse en esta esfera, donde se incluyen:
En el Código Penal aparece, en detalle, cada uno de los conceptos de estos delitos. También en la Resolución del Consejo de Estado que aprueba y pone en vigor el “Plan de Acción Nacional de Seguimiento de la Conferencia de Beijing”, se pone de manifiesto la voluntad política para eliminar toda forma de opresión por razones de clase, género y raza.
Frecuencia y características
En su Tesis de Maestría “Caracterización de la violencia sexual desde una perspectiva de género... ” realizada recientemente, el Dr. Alejandro Caral identifica las características sociodemográficas de la víctima y el victimario, según el sexo y las manifestaciones de violencia sexual más frecuentes.
El especialista examinó todos los expedientes judiciales radicados por causa de violencia sexual en el Tribunal Provincial Popular de Ciudad de la Habana. Estudió, en detalle, 206 víctimas, la mayoría mujeres y 196 victimarios hombres.
Las niñas fueron víctimas de abuso lascivo y corrupción de menores, mientras que las adultas jóvenes, víctimas de violación o su tentativa, y de proxenetismo. Las menores eran estudiantes y las adultas, solteras, de nivel primario y desocupadas, mientras que los victimarios fueron hombres jóvenes, solteros, desocupados, sin antecedentes penales ni trastornos mentales.
El especialista en el tema pudo constatar, según las pruebas, que la violación o su intento ocurren, por lo común, en la vía pública, de noche o madrugada, por un desconocido, empleando violencia física, mientras que el abuso lascivo y la corrupción de menores suceden generalmente de día, en domicilio ajeno al de la víctima, por alguien relacionado con el entorno interpersonal quien no utiliza la violencia física.
“Es importante señalar lo encontrado con relación al estado mental de los victimarios. Existe la creencia popular que el individuo que comete este tipo de delito es un enfermo mental o un loco, o una persona con trastornos en la esfera sexual”, señala el Dr. Canal y puntualiza: “En este estudio sólo el 0.86% del total de victimarios (un caso) se trataba de un enajenado mental”.
Otras investigaciones realizadas en diversos países coinciden que la mayor proporción de victimarios no tiene alteraciones en la esfera psíquica.
Otros datos de interés
La Dra. Gliceria Lleó y el Dr. Ernesto Pérez también especialistas del Instituto de Medicina Legal, realizaron igualmente una investigación sobre maltrato sexual y entre sus conclusiones señalan que las víctimas adultas de delito sexual suelen ser, en su mayoría, solteras, trabajadoras o estudiantes, menores de 30 años.
El estudio arroja, además, que los victimarios son hombres jóvenes, con edades similares a las de ellas, en su mayoría solteros, con un nivel de instrucción de enseñanza media, trabajadores, y los delitos se cometieron el lugares apartados en horario nocturno o de madrugada, utilizando métodos cruentos.
Si bien, en nuestro país, la violación o su intento no es frecuente como en otros países del área, y nuestras leyes resultan muy severas para quienes cometen este tipo de delito, pretendemos que este artículo sirva como llamada de alerta, sobre todo a las mujeres jóvenes, para que cuiden de colocarse en situaciones de riesgo.
[Respuesta a la pregunta.]
La amistad es una de las relaciones que los seres humanos estimamos más. Con cuanto orgullo se le oye decir a una persona: “Yo tengo millones de amistades.” Sin dudas, las alegrías y las tristezas de nuestras amigas y amigos las compartimos muchas veces como algo propio. No dejan de preocuparnos; no dejan de entusiasmarnos. A este vínculo tan especial se han referido, en todas las épocas, poetas músicos y filósofos. Sobre tal asunto, una de las teorías más viejas y conocidas es la del célebre Aristóteles.
Decía el genial pensador de la antigüedad que existen tres tipos de amistades: de utilidad, de placer y de virtud. Las primeras --refiere-- están basadas en nuestra propia necesidad e interés. Son relaciones útiles de las cuales se obtiene algún beneficio. Y, por tanto, funcionan mientras el vínculo que las sostiene se mantenga intacto. Si recordamos la vieja canción de Julio Iglesias, “La vida sigue igual”, veremos que recoge este rasgo en unas de sus estrofas cuando sostiene que, ante el fracaso, solo quedan a nuestro lado los buenos amigos. Y afirma: “Los demás, se van.”
El segundo tipo, la amistad por placer, según el filosofo, está basada en la cantidad de goce y alegría que se recibe de ella, es decir, los amigos y amigas que únicamente se reúnen para pasarla bien, compartir fiestas y actividades recreativas. Por último, el tercer tipo, es aquella que Aristóteles le daba verdadera connotación: Personas que comparten en las buenas y en las malas, que se quieren y están unidas por un vínculo fuerte de lealtad, honestidad y desinterés. Esta amistad de virtud, al decir del eminente pensador, es realmente difícil de hallar en la vida y por ello también sentenciaba: ¡Oh, amigos míos, no hay ningún amigo!
Al margen de tan manifiesto pesimismo, el filósofo planteaba que la amistad de virtud ennoblece a la gente: las personas aprenden a ser buenas. Decía: “Cuando los amigos comparten tiempo juntos, no tardarán en comprender que ven con los mismos ojos, sienten con un mismo corazón y piensan con una misma mente.”
No obstante la vertiginosa revolución tecnológica que ha cambiado al planeta, de Aristóteles para acá, el humano y la humana siguen necesitando de “ese otro corazón” para hacer de su existencia un lugar más grato en este mundo. Sigue siendo esencialmente cierto el proverbio chino antiquísimo que sentencia: “Si al morir, cuentas con cinco buenos y verdaderos amigos, significa que tuviste una vida hermosa.”
Para el antropólogo argentino Ricardo Yepes, la verdadera amistad surge del compañerismo que es compartir una tarea o un trabajo y se convierte en ocasión de conocerse y comentar las incidencias del caso. Este argumento, que me parece muy válido, puede hacer recordar, a quienes están leyendo este artículo, parte de sus buenos amigos y amigas que se han creado al calor de años de trabajar juntos y casi sin darse cuenta, ha nacido una verdadera amistad basada no solo en lo agradable de la compañía sino en el respeto, incluso la admiración y en la extraordinaria confianza. Como dice el antropólogo: ¿Qué cosa más dulce que el tener con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?
Añade el experto que el trabajar juntos sobre los mismos proyectos o metas, suele darse como un caminar hacia un objetivo común, que es el fin de la tarea que se comparte. Es lógico que en ese marchar juntos surjan discrepancias. Pero la amistad tiene como características especiales que, durante una discusión dialogada, se puede obtener un enriquecimiento de los propios puntos de vista, a base de integrar los de los demás. Las divergencias de los amigos y amigas son amistosas y enriquecedoras para la tarea común; unen y no separan, sirven para transmitir y ganar en experiencias personales.
Otro rasgo importante de la amistad es que tarda en crecer, expresa el antropólogo Yepes. La amistad necesita tiempo. Esgrime que una de las razones por lo que esto es así, es que no empieza a crecer hasta que abrimos el mundo interior al que comienza a ser nuestro amigo o amiga. Si esta apertura no se llega a dar --porque no se quiere o no se sabe-- la amistad nunca deja de ser superficial y a veces se deja de creer en ella.
El vínculo de la amistad
Al margen de las argumentaciones teóricas al respecto, en Cuba, amigos, compañeros, camaradas, colegas constituyen parte de una constelación de términos que poseen determinados rasgos en común, pero donde las diferencias pueden ser muy significativas. En nuestro medio, la gente suele tener muchísimos amigos y amigas de estos tipos. Nos viene por herencia e idiosincrasia. La motivación por las relaciones interpersonales es un eslabón fuerte dentro de nuestra cadena de identidad cultural.
Históricamente, hay muchas pruebas de grandes y hermosas amistades. Dar la vida por un amigo o por una amiga no es en nuestro país una simple frase hecha. En otras sociedades, donde la ley del dinero es lo que vale, cuesta cada vez más hallar amigos desprendidos. Acá, por la manera en que hemos sido educados, la cubana y el cubano tienen en sitio de honor la amistad generosa. Decir en Cuba amigo o amiga es decir lealtad, reciprocidad, apoyo de cualquier tipo sin interés.
Cualquier persona en este país puede contar sus experiencias de haber conocido a alguien de manera accidental o fortuita, y media hora después, ya le ha contado “vida y milagros.” Realmente, esto no ocurre en otras culturas donde cuesta establecer una conversación con un o una desconocida, y mucho menos, confiarle venturas y desventuras.
Para nosotros es muy fácil hacer amistades. Ayudan sobremanera nuestras históricas cualidades que sobresalen en la investigación realizada por la Dra. Carolina de la Torre y colaboradores acerca de la Identidad del Cubano. Tales son: la hospitalidad, liberalidad, prodigalidad, humor, ingenio, carácter extrovertido, alegre y una innata facilidad para hacer relaciones interpersonales.
Como suele decir la Dra. Patricia Ares, el problema del cubano y la cubana no es la soledad, sino, por el contrario, es, a veces, el exceso de compañía. Por nuestra sangre –afortunadamente-- no corre la tendencia de devaluación del concepto de amistad; más bien creo que se ha fortalecido al calor de la crisis económica y las escaseces compartidas.
Amistad sin precio
¿Qué condiciones tendríamos que exigir como mínimas para que realmente se pudiera hablar de amistad? ¿ Cuales elementos deberíamos considerar como indispensables para que una relación de amistad se mantenga como tal? ¿ El afecto mutuo? ¿ El amor desinteresado? ¿ Qué es realmente lo que caracteriza de manera especial y lo que define mejor la esencia de este tipo privilegiado de relación?
Según los expertos, esa condición --que la diferencia de otros tipos de relaciones humanas-- es precisamente la libertad. No existe amistad sin libertad. Somos libres de escoger nuestras amistades, cosa que no ocurre, por ejemplo, con la familia consanguínea.
Tener amigos y amigas no solo anima el alma y estimula el corazón. Cada vez más, las investigaciones y estudios confirman sus efectos benévolos sobre la salud. Activa nuevas áreas del cerebro, y libera sustancias hormonales que favorecen la relajación y el bienestar. Nos hace crecer y madurar mientrasayuda a forjar nuestra personalidad y las relaciones sociales con quienes nos rodean.
Un profundo sentimiento de amistad, moviliza zonas muy particulares, generalmente infrautilizadas en el cerebro, que secretan una mezcla especial de sustancias bioquímicas, benefactoras para la salud. La colaboración el intercambio, el reconocimiento del otro o la otra, cierran el paso a la agresividad, la desconfianza o el recelo. El apoyo emocional que conlleva toda amistad y la alegría compartida, activan el sistema inmunológico.
La química de la amistad
Un interesante estudio de la Universidad de California, en Los Angeles, (UCLA) sugiere que la amistad entre mujeres son muy positivas. El estudio confirma que este tipo de amistades dan forma a lo que somos y a la persona en que nos convertiremos. Una buena y gran amiga ayuda a levantar el ánimo y a llenar vacíos emocionales. Comprueba que el tiempo que pasamos con amigas queridas contrarresta el estrés y eleva la autoestima mediante un intercambio de reflexiones alentadoras.
El estudio de la UCLA sugiere que las mujeres reaccionamos a las tensiones con una cascada de químicos cerebrales que nos permiten entablar y mantener relaciones sólidas con otras mujeres. Es un hallazgo sin dudas valioso que ha arrojado nuevas luces sobre el estrés, investigaciones que, hasta ahora, venían siendo realizadas en su mayoría con hombres.
Otros estudios revelan que los vínculos sociales disminuyen el riesgo de enfermedades al reducir la tensión arterial, las afecciones cardiacas y los niveles de colesterol.
Un reciente Estudio de Salud de Enfermeras, de la Escuela de Medicina de Harvard, comprueba que mientras más amistades tienen las mujeres, menores son sus posibilidades de desarrollar enfermedades psicofisiológicas a medida que envejecen y mayores probabilidades poseen de disfrutar una vida sana y alegre. Los resultados fueron tan abrumadores que las investigadoras concluyeron que el hecho de no tener verdaderas amistades era tan dañino como el consumo de cigarro o el sobrepeso.
No obstante tales descubrimientos científicos, por intuición, las mujeres sabemos cuanto favorece y aporta a nuestras vidas, un buen rato de charla con una amiga a quien nos unen una comunión de intereses y lazos firmes de cariño. Sin embargo, la pregunta sería: ¿Por qué es tan difícil encontrar el tiempo para ellas? El mundo actual se acelera sin parar y nosotras no estamos ajenas a esa tendencia. Una de las más importantes reglas que hoy conducen nuestra conducta parece ser: “El que no corre no llega a tiempo.” Una parte de la gran cantidad de accidentes de tránsito que tenemos en Cuba, se deben a la prisa. Siempre estamos con apuro. Pasan las semanas y los días y, de pronto, recordamos que hace mucho no le damos ni un timbrazo a nuestra querida amiga de la infancia. Nuestra vida se ha convertido en una carrera contra el reloj, y algunas todavía quisiéramos que el día tuviera 56 horas.
La reflexión final es obvia: Sacar un ratico para dedicar a las amistades. Ellas merecen nuestra atención, no solo durante las crisis –que ya es algo ineludible-- sino en los buenos momentos también. Estar cerca de ellas, como norma, es grato y también saludable según los últimos reportes de la ciencia médica. Entonces ¿Qué esperas?
[Respuesta a la pregunta.]