|
Uno de los primeros establecimientos de belleza que surtió a las parisinas lo abrió, en 1828, Pierre Guerlain, fundador de la famosa casa de cosmética. Entre las numerosas mezclas que creó para la corte francesa se incluyen perfumes con nombres tan patrióticos como Bouquet Napoleon, Parfum de France y Eau Imperial (que se sigue fabricando hoy).
A lo largo de los siglos, la herbolaria y el estudio de las plantas se fue desarrollando hasta convertirse en importantes ciencias médicas. Uno de los primeros en documentar las propiedades medicinales y embellecedoras de las plantas fue el médico inglés John Gerard, pionero en el estudio de la coclearia, rica en vitamina C y remedio efectivo contra el escorbuto. Creó una guía de herbolaria, al igual que un libro de cocina, y fueron muy seguidos a partir del siglo XVI.
Tal vez el herbolario inglés más conocido haya sido Nicholas Culpeper. Nació en 1616 y estudió latín y medicina en Cambridge, de la cual no se graduó por reveses personales. En 1649 Culpeper tradujo al inglés la London Pharmacopoeia, iniciativa que indignó a muchos médicos contemporáneos, quienes pretendían mantener su arte en secreto. Él siguió adelante y redactó una obra muy popular que tituló The Complete Herbal, y se publicó por primera vez en el siglo XVII y la última reedición es de 1979. En ella, Culpeper incluye muchos remedios para el cuidado de la piel como el de una infusión de verbena y tallos de retama para la limpieza, harina de avena hervida con vinagre para tratar manchas y granos, y pan moreno embebido en agua de rosas para aliviar el cansancio de los ojos.
Inspirados en los herbolarios, salieron a la luz en ese tiempo varios libros de belleza que proporcionaban recetas útiles y consejos caseros prácticos. Se hicieron muy populares pues sin muchos gastos se adquirían recetas de productos baratos para el cuidado de la piel o el maquillaje. En realidad, los que vivían en las grandes ciudades -con medios económicos- tenían acceso a las perfumerías selectas, pero el resto de los habitantes y hacia el interior del país debía conformarse con los vendedores ambulantes y las pociones hechas en casa. Uno de los libros más populares fue The Art of Beauty, obra anónima de 1825, cuyo autor fue probablemente un médico.
El libro detalla múltiples recetas, entre ellas un fortalecedor capilar elaborado con dos puñados de raíz de cáñamo, dos de raíz de vid y dos tronchos de col. El jugo de ortiga se recomendaba para el pelo fino, y se conseguían resultados más drásticos al afeitar la cabeza y aplicar al cuero cabelludo un ungüento de aceite de romero y eneldo. Para la higiene dental —¡por fin!— describía cómo fabricar un cepillo con raíces frescas de malvavisco. La pasta dentífrica era una mezcla de jugo de limón, oporto y agua de colonia.
Entre los consejos menos prácticos para las señoras, descritos en The Art of Beauty, está la recomendación de engordar para hacer desaparecer las arrugas, la aplicación de menta en polvo para reducir senos prominentes y utilizar extracto de belladona para aumentar el tamaño de las pupilas. El autor desaconseja los corsés para los niños y las fajas para las embarazadas.
Un defensor del baño diario en esa época fue el príncipe regente, más tarde el rey Jorge IV, quien instaló un cuarto de baño en sus estancias de Brighton. La bañera, exclusiva para los hombres, se llenaba con una mezcla de agua caliente y leche con semillas de lino (linaza) para suavizar la piel. Con la llegada al trono de la reina Victoria, se extendió por todo el país el fervor por el baño. Sin embargo no había cremas para la piel o cosmética en la buena sociedad, donde tan sólo se calificaba de respetable un toque de agua de colonia. Al aire libre se protegía siempre el cutis con velos verdes (decían que el color blanco atraía los rayos del sol) y sombreros de alas anchas.
Los victorianos desaprobaban la vanidad pero consideraban el aseo como algo cercano a la santidad. El jabón estaba más al alcance de aquellos que se lo podían permitir, aún cuando no fue hasta mediados de siglo que se construyeron baños en el interior de las viviendas. Hasta entonces los baños se realizaban en una bañera de hojalata delante de la chimenea del salón. En este momento, ya el jabón se vendía en largas barras sin marcas que se cortaban en el mostrador de la tienda.
El primer jabón comercializado lo fabricó en 1884 un tendero de Lancashire llamado William Hesketh Lever. Tuvo la brillante idea de fabricar pastillas de jabón ya cortadas y las estampó con la marca Sunlight. La demanda superó la producción y, en 1888, William Lever compró una parcela en Mersey para ampliar su floreciente industria. Aunque hoy parezca obvio, la idea de Lever de dar un nombre a una pastilla de jabón para uso doméstico, envolverla de forma adecuada y venderla con entusiasmo, suponía un concepto de publicidad totalmente nuevo. A partir de esos humildes comienzos surgieron marcas famosas de jabones como Lux, Lifebuoy y Shield, y nació la poderosa multinacional de detergentes Lever Brothers que sigue siendo hoy una de las mayores proveedoras de jabón del mundo.
Tal vez la reina Victoria no hubiera estado de acuerdo, pero se establecieron otras muchas empresas de productos de tocador durante esa época, entre ellas Coty y Cyclax. Yardley continuó con más fuerza y extendió sus actividades desde las pastillas de jabón de lavanda hacia una gama de productos para el cuidado de la piel, donde destacaban los Milady Powders, la Lavender Vanishing Cream y la Lavender Cold Cream. Surgieron nuevas ideas para la publicidad y Yardley adoptó como marca registrada una ilustración de muchachas que sostenían prímulas y no ramilletes de lavanda.
A finales de la época victoriana se adoptó una actitud más relajada en relación con el maquillaje y publicaciones como Vogue y The Queen comenzaron a dar apoyo a la naciente industria cosmética. Apareció un reportaje que relataba que la actriz Sarah Bernhardt añadía 200 g de flores de malvavisco y 1,5 Kg de salvado a su baño diario. También se apoyó el Eliminador de arrugas Bernhardt: una crema de pasta de aluminio, leche de almendras y agua de rosas.
Al otro lado del Canal de la Mancha, Helena Rubinstein había abandonado su Polonia natal y abrió un salón en París donde se vendía una crema hidratante llamada Creme Valaze. Helena era la mayor de ocho hermanas famosas por la belleza de su cutis, y su crema para la piel —elaborada por dos químicos polacos— se convirtió en la piedra angular de lo que sería su imperio de la cosmética. Otro contemporáneo parisino de la Rubinstein fue M. Coty, un perfumista que tuvo que luchar para que sus perfumes fueran aceptados en París. Su suerte comenzó prácticamente en 1903 cuando intentó sin éxito de hacerse de una gran tienda para comercializar su perfume. El director del establecimiento no quiso ni abrir la botella, pero al salir M. Coty, seguramente contrariado, rompió el recipiente contra el suelo, a los clientes les gustó lo que olieron y ahí mismo empezó su negocio.
En América también surgieron empresas dedicadas a la cosmética y uno de los primeros en establecerse fue Charles Meyer, en 1860. Meyer, un fabricante de pelucas alemán, puso una pequeña tienda en Broadway, donde vendía el maquillaje teatral Leichner: el primero elaborado en los Estados Unidos. Debido a la composición de este maquillaje se necesitaba algo para quitarlo y para ello se utilizaba el Extracto Pond’s, distribuido en primer lugar por Theron T. Pond en 1846 y que más tarde se convertiría en la célebre crema para el cutis Pond’s o crema de día. Con el cambio de siglo se descubrió que el óxido de cinc servía para elaborar polvos faciales, que no dañaban la piel, y en Hollywood, otro fabricante de pelucas inmigrante, Max Factor, se iba haciendo un nombre en el diseño de maquillajes para las estrellas del cine mudo.
Las primeras películas eran muy rudimentarias y en blanco y negro. Las estrellas del cine mudo tenían que pintarse la cara de azul y marrón, para que sus rasgos durante la actuación se distinguieran claramente. El maquillaje pancromático de Max Factor llegó a ser tan importante para los artistas de la época que ganó un Premio de la Academia en 1928. Con el avance de la industria del cine, Max Factor se benefició con la demanda de pinturas de colores y maquillajes de fondo para las películas en color, ya con sonido, y siguió adelante con la invención de una barra de maquillaje de color carne llamada Erase, de la cual vendió 10 millones de unidades en el primer año.
Entre la competencia se encontraba Elizabeth Arden, quien había desarrollado una gama de maquillaje y otros productos cosméticos basados en ingredientes naturales. Elizabeth Arden nació en Canadá con otro nombre y su vida se había desarrollado como enfermera, pero impresionada por el arreglo personal de las mujeres americanas que conoció, se inclinó posteriormente por el mundo de la belleza. Cuando abrió su propio salón en la Quinta Avenida de Nueva York, buscó un nombre más apropiado y se inspiró en un poema de Tennyson: Enoch Arden.
Dorothy Gray fue otra americana que abrió un salón en la Quinta Avenida, donde se especializó en el tratamiento de pieles sensibles. Sus tratamientos de masaje —que ella misma realizaba— se hicieron tan populares que se aseguró las manos por la increíble suma de 100,000 dólares. Actualmente ha desaparecido la línea original de cosméticos de Doroty Gray, pero su nombre sigue presente en una gama de productos de tocador que se fabrican en Inglaterra.
Un éxito que ha durado mucho más es el de Esteé Lauder, una de las pocas mujeres que en vida se ha convertido en leyenda. Comenzó su negocio en 1946 vendiendo sólo cuatro productos para el cuidado de la piel en los grandes almacenes Saks de la Quinta Avenida de Nueva York. A partir de este modesto inicio estableció la empresa cosmética hoy célebre en todo el mundo.
En Gran Bretaña, el racionamiento riguroso de los tiempos de guerra impedía dejar espacio para los maquillajes o los preparados cosméticos. Las mujeres volvieron a los remedios caseros: utilizaban colorantes de cocina o té concentrado para aplicarse en las piernas y simular medias de seda. Las restricciones del alcohol propiciaron el aumento de los perfumes concentrados y la disminución de las aguas de colonia; la falta de grasas, aceites y glicerina trajo como consecuencia la reducción de la fabricación de cremas para la piel.
El empaquetado también se convirtió en un problema para muchos fabricantes, porque todo el metal disponible era utilizado en fabricar municiones y artículos de guerra. Sin embargo, en la revista The Queen recomendaron el maquillaje Pan Cake de Max Factor, sobre todo para las mujeres del ejército o con trabajos afines “porque es rápido y fácil de usar y tiene una gran duración... en seis preciosos tonos desde la carne color pálido al bronceado intenso, a juego con el color del uniforme del Servicio Femenino”.
En esos tiempos un comprador muy importante del Pan Cake fue el Ministerio de Defensa, que ordenó se hiciera una fórmula especial para oscurecer los rostros de los comandos en las incursiones nocturnas.
Después de la guerra, los avances en nuevos cosméticos siguieron un buen ritmo, y a lo largo de los años cincuenta y sesenta, el maquillaje y la cosmética en general se fueron alejando de la madre naturaleza para adentrarse cada vez más en el campo de la tecnología. Se introdujo la idea de las cremas antienvejecimiento que podían casi detener el tiempo, junto con a menudo ridículas y extravagantes propagandas. A pesar de eslóganes pegadizos y las jóvenes modelos con artísticos retoques en la piel, todavía está por encontrarse una crema que quite las “patas de gallina”.
En los últimos años, la industria de la cosmética y los productos de tocador ha invertido miles de millones de dólares en la búsqueda del elixir de la juventud que elimine todas las arrugas. Y así han aparecido nuevos ingredientes en escena como, por ejemplo, el colágeno bovino (hecho con grasa de vaca), con la promesa de ser capaz de alisar la piel y conseguir un aspecto juvenil. El detalle es que las moléculas de colágeno son demasiado voluminosas para penetrar siquiera las capas más superficiales de la piel.
Posteriormente se inventaron nuevos sistemas transmisores para llevar ingredientes complejos a la piel con el objetivo de que llegaran a las células cutáneas envejecidas. Se desarrollaron los microscópicos liposomas para que se filtraran a través de la piel donde, en teoría, descargarían sus ingredientes activos en cada célula. Entre esos ingredientes activos se encuentran vitaminas, ácidos grasos esenciales, ácidos de frutas y azúcares. Irónicamente, ha sido la investigación de los ingredientes más modernos y efectivos lo que ha llevado a muchos científicos dedicados a la cosmética a volver a la naturaleza.
Se ha comprobado que el extracto de plantas como la manzanilla cura la piel lesionada, se ha observado en experimentos con ratones que el aceite de aguacate regenera las células envejecidas, y se sabe que las vitaminas C y E son unos de los mejores ingredientes de todos los tiempos para combatir el envejecimiento.
La publicidad se ha encargado de ensalzar las virtudes de los cosméticos actuales. Con fotografías de rostros bellísimos de un puñado de supermodelos o grandes estrellas de cine, perfeccionados por luces y maquillajes, se han establecido patrones que se supone debe seguir la inmensa mayoría de la humanidad.
Es cierto que donde hay dinero siempre aparece alguien sin escrúpulos para ganarlo fácil. Así ha ocurrido en este giro y de la noche a la mañana surgieron marcas que prometían el rejuvenecimiento total con sus productos en unos cuantos días. Por suerte algunas desaparecieron tan pronto como nacieron. Sin embargo, a la par que los cosméticos, crecieron las investigaciones científicas de muchas casas ya de antiguo establecidas y avaladas por la calidad de sus producciones.
Y junto a productos químicos novedosos enriquecidos con vitaminas y minerales aparecen preparados basados en frutas, vegetales y hierbas medicinales con ensayos en animales de laboratorio y comprobaciones estrictas de sus grados de efectividad o toxicidad. Sin embargo, las prácticas con animales han recibido el rechazo entre sus defensores, y en la actualidad varias de las grandes casas productoras de cosméticos señalan en sus etiquetas que no hacen pruebas de laboratorio con ellos.
También a finales de siglo XX surgen nuevas modas y modos. El colágeno ya no se unta sino se inyecta. La silicona rellena los lugares del cuerpo menos agraciados por la naturaleza o para hacerlos más llamativos, e incluso productos venenosos son utilizados para “borrar” las marcas y pliegues que la vida va dejando en el rostro. Se anuncian cremas que eliminan la celulitis y fajas que remodelan la figura.
Se utilizan los llamados maquillajes permanentes (tatuajes alrededor de ojos y bocas para resaltarlos o delinearlos) que tienen como inconveniente, además de las molestias dolorosas de aplicárselos, lo irreversible del método.
La celulitis antes ni se mencionaba en los tratados de belleza. Tal vez debido a que no se consideraba un problema, o porque los vestidos de otras épocas no dejaban a la vista evidencia de su existencia. Ahora, sin embargo, hay una declaración de guerra contra la celulitis y hay cremas, fajas, ejercicios, liposucción, dietas y cuanto consejo se les ocurran a especialistas y profanos sobre el tema.
La cirugía reconstructiva y la liposucción forman parte hoy de los nuevos métodos de embellecimiento que van más allá del maquillaje. Existen clínicas especializadas en estos menesteres, pero se han dado casos de fraude con falsos cirujanos o métodos incorrectos que provocaron daños irreversibles en muchos rostros o cuerpos. Estos procederes quirúrgicos son extremadamente costosos y en ocasiones innecesarios, accesibles sólo a bolsillos bien provistos. En todos los casos son dolorosos y molestos.
La ciencia moderna ofrece muchas variantes a diversas necesidades y la investigación personalizada, ligada a problemas de salud del individuo, puede mejorar la calidad de vida de muchos seres aquejados de cualquier dolencia. Pero en cuestiones de embellecimiento del común de los mortales las prácticas más sanas y baratas se hallan en el entorno natural.
Es el mejor momento para combinar los conocimientos que han acumulado médicos, herbolarios y especialistas en belleza durante los últimos siglos con las técnicas más modernas para conseguir los más efectivos preparados de belleza naturales.
El verse mejor, ante los demás y frente al espejo, no puede constituir una competencia a ver quien gasta más o consume el último producto que salió al mercado. Con prácticas saludables de vida, productos naturales y escuchando sabios consejos para sentirnos mejor con nosotros mismos, se obtienen magníficos resultados de embellecimiento. Mirar hacia la naturaleza es lo que está haciendo la ciencia, para encontrar y descifrar lo que siempre estuvo allí. Ese es el camino del siglo XXI.