Por: Ileana Borges Díaz |
Ana Betancourt, una mujer de su siglo
Cuando en el mundo los movimientos y luchas por la liberación comenzó a cobrar fuerza en el siglo XIX, la emancipación de la mujer también empezó a despuntar. En Cuba una criolla alza su voz ilustrada para plantear sus derechos. Próximo a cumplirse los 100 años del alzamiento de los cubanos en su lucha por la independencia del colonialismo español, un vuelo de la aerolínea Iberia es esperado con solemnidad en el aeropuerto internacional José Martí, de La Habana. Transcurría septiembre de 1968 y altas personalidades del Gobierno cubano junto a un batallón de ceremonia recibía, entre las notas del Himno Nacional y una impresionante ceremonia militar los restos de una ilustre cubana: Ana Betancourt. Se cumplía con un sagrado deber: retornar a la Patria a la camagüeyana que 97 años atrás había sido expulsada por sus ideas independentistas. Nacida en la ciudad de Camagüey el dos de febrero de 1832 en el seno de una acaudalada familia, Ana Betancourt se convirtió en una bella joven de ojos negros y expresivos, fuerte espíritu, voz inalterable de timbre dulce y severo a la vez, pero de una majestuosidad apreciable. Recibió una educación pragmática como correspondía a las mujeres de la época, sobre bordados, tejidos, cocina, y atenciones hogareñas. Conoce al joven Ignacio Mora, proveniente también de una ilustre familia de abolengo con quien contrae nupcias el 17 de agosto de 1854 en la iglesia de la Soledad, aun en servicio y una reliquia patrimonial de la capital camagüeyana. Quiso Ignacio Mora que su esposa no solo quedara para al amor apasionado y las atenciones matrimoniales y del hogar y promovió el ávido interés de Ana de ampliar sus conocimientos. De forma autodidacta estudia inglés y francés y se alimenta de rica literatura y otros materiales que poseía Ignacio, haciéndola una mujer inteligente y cultivada. Las inquietudes independentistas contra el colonialismo de España van abrazando el corazón de la joven pareja que cada vez desarrolla más sus sentimientos patrióticos por ver su tierra libre. Mora, de ideas avanzadas, parte junto a Ignacio Agramonte a luchar por la libertad de Cuba en noviembre de 1868, días después de la clarinada de Carlos Manuel de Céspedes, en la Demajagua. Ana le despide y le alienta: "Por ti y por mí, lucha por la libertad". Comenzaba el martirio y el sacrificio redentor, y jóvenes aun asumieron los riesgos que tal actitud rebelde representaba para los cubanos. La persecución y el hostigamiento de las tropas coloniales no se hicieron esperar y en diciembre, casi un mes después, se va Ana también a los campos junto a Ignacio y comparte los rigores de la vida insurrecta. Le ayuda en la escritura y corrección de las proclamas revolucionarias que publicaba en el periódico El Mambí. En abril de 1869 se celebra en Guaimaro, poblado camagüeyano, la primera Asamblea Constituyente de la República de Cuba, a la que asiste con otros jóvenes de Las Villas, Camaguey y Oriente. Presencia allí los debates públicos y al terminar las sesiones habla en un mitin. Sus palabras pasarían a la posteridad. "Ciudadanos: La mujer cubana en el rincón oscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada esta hora sublime, en que una Revolución justa rompe el yugo y le desata las alas. ''Todo era esclavo en Cuba, la cuna , el color, el sexo. Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna peleando hasta morir si es necesario. La esclavitud del color no existe ya. ''Cuando llegue el momento de libertar a la mujer, el cubano, que ha echado abajo la esclavitud del color, consagrara también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad, abnegada, que mañana será, como fue ayer, su compañera ejemplar." En la multitud que la escuchaba estaba Carlos Manuel de Céspedes, elegido Presidente de la República de Cuba y signado por la historia como El Padre de la Patria, quien se le acercó para felicitarla: " El historiador cubano al escribir sobre este día dirá cómo usted, adelantándose a su tiempo, pidió la emancipación de la mujer". Su nada común ilustración y sus avanzadas ideas sobre los derechos de la mujer sorprenden a cronistas e historiadores, por lo que algunos la consideran la primer líder femenina de Cuba. Tras el incendio de Guaimaro que acoge a numerosos revolucionarios y sus familias, quienes deciden quemarlo antes que entregarlo al enemigo, vuelve a los campos insurrectos colaborando con su esposo y los mambises. En julio de 1871 en La Rosalía, en el Chorrillo, Najasa, el enemigo los sorprende. Una rápida estratagema de Ana permite escapar a Ignacio Mora, pero las tropas españolas la detienen y la llevan presa hasta un campamento en las cercanías de Santa Cruz del Sur, donde, enferma de reuma a causa de la dura vida en el campo y la influencia de la intemperie, sufre el horrible espectáculo de los abusos con los prisioneros. A partir de entonces quedó separada para siempre de su adorado esposo. Allí es amenazada de ser fusilada si no le escribe a Mora para que se entregue pero enfrenta con estoicidad los abusos. La soldadesca le insulta llamándola "La Madam Roland Mambisa" o ''La Madam Marat". Meses después es deportada, en octubre de 1871, y sale a bordo del vapor City of Merida hacia New York. Comienza un forzado y errante exilio por países extraños, pero lo asume arraigada a sus principios y con la esperanza de encontrarse con Ignacio Mora. Llega a Jamaica en1872 un año más tarde, donde trabaja enseñando a niñas cubanas. De allí embarca hacia El Salvador a dirigir una escuela. Recibe una hermosa misiva de Mora en la cual le alienta: "Bien, mi Anita, principias a recoger el fruto de tu bella inteligencia". Sale nuevamente para Jamaica traumatizada por los temblores de tierra y terremotos en el país centroamericano. En noviembre de 1875 recibe la trágica noticia del fusilamiento de su adorado compañero por fuerzas militares españolas. Regresa a Cuba, pero la pérdida de todo cuanto amaba la hacer sufrir de forma espantosa. Una hermana le pide viajar a Madrid para residir con ella y desde allí prosigue su conspiración por la libertad de la patria. Apoyan la recogida fondos para ayudar la lucha insurrecta y se mantiene atenta a salida de tropas españolas. Establece contactos con su sobrino Gonzalo de Quesada, ilustre patriota. En su último y penoso sacrificio, cae en sus manos - trofeo de un General Español- el Diario de Campaña de su esposo. Viuda de un cubano valiente y digno, dueña única de aquel tesoro, lo copió íntegro. Debió sufrir letra a letra cada palabra del cuaderno y hacerlo con estoicismo para Cuba. Muere en Madrid el siete de febrero de 1901,cuando se había dispuesto a regresar a la patria. Heroína al fin, su pueblo no la olvidó. El 11 de abril de 1982, en Guaimaro - la ciudad que sirvió de escenario a su trascendental sitio en la historia de Cuba-, un mausoleo a su memoria, aledaño al lugar donde se proclamó la Asamblea Constituyente de la República de Cuba, recibe definitivamente sus restos. Una firme y elevada columna con su efigie a lo alto rinde perenne tributo a quien, además de ser ejemplo de patriotismo y tenacidad se ubicó entre las primeras mujeres del continente Americano en proclamar los derechos de la mujer. |