| Moncada 50 Santiago en la historia del 26 (12) La salita donde se rompieron los muros del silencio Por Dania Sánchez Parra Ninguna de las patrañas del tirano Fulgencio Batista y su camarilla, tras los sucesos del 26 de julio de 1953, impidieron el juicio al dirigente revolucionario y joven abogado Fidel Castro, devenido hecho trascendental en la historia de Cuba. Una salita de estudios de enfermeras del antiguo Hospital Civil Saturnino Lora, escenario asimismo del ataque al Moncada, parecía discreta para celebrar la demorada sesión, testigo de cómo los muros del silencio fueron quebrados cuando el líder pronunció su alegato de autodefensa La Historia me Absolverá. Como si fuera a repetirse aquel suceso, hoy día está ambientado el pequeño local, la mayor atracción para los cubanos y extranjeros que visitan el actual Complejo Histórico Abel Santamaría, en Santiago de Cuba. No convenía al Gobierno juzgar a Fidel, jefe de la acción, a quien habían demorado el proceso por un falso certificado médico. Sin embargo, el propio dirigente desmintió eso en una carta, y el 16 de octubre de 1953 tuvo lugar la sesión del Tribunal de Urgencia. Estuvieron presentes tan solo tres magistrados, un fiscal, dos secretarias de acta y sala, dos abogados defensores, dos abogados recién graduados, tres acusados y seis periodistas. Fidel de acusado se transformó en acusador. Contó la historia de una república, de un pueblo "que había sufrido mucho y si no era feliz deseaba serlo y tenía derecho a serlo. Lo habían engañado mucho...toda su esperanza estaba en el futuro". Expuso la significación de los acontecimientos del Moncada y del programa político que planteaba los principales problemas de la nación : el de la tierra, la industrialización, la vivienda, del desempleo, la educación y la salud. Aquel alegato trascendió por siempre, demostró las hondas raíces y tradiciones de lucha de los cubanos y la necesidad de un Moncada, que justo en el año del Centenario del Apóstol, encendió la antorcha de libertad lograda el Primero de Enero de 1959. El máximo líder del Movimiento 26 de Julio fue condenado a 15 años de prisión, otros fueron torturados y asesinados, y pocos sobrevivieron para ver la obra que fructificó después. Por eso la emoción se acrecienta al entrar a la pequeña sala, en el museo santiaguero Abel Santamaría, donde se exponen en vitrinas libros, documentos, el buró de los magistrados y una de las togas usadas por Fidel. (AIN) Santiago en la historia del 26 (11) EL PRISIONERO 4914 La noche del primero de agosto de 1953, cinco días después del asalto al cuartel Moncada, el líder de la acción, Fidel Castro, es llevado a la Prisión Provincial de Oriente, conocida como cárcel de Boniato por su cercanía al poblado del mismo nombre. En la sala C del pabellón uno es habilitada una celda en el local destinado a farmacia. Es el prisionero 4914, allí recluido, lejos de sus compañeros, incomunicado, en duras condiciones, peligrando en todo momento su vida, pero con la voluntad inquebrantable de continuar la lucha. "Para mi el momento más feliz de 1953, de toda mi vida, fue aquel en que volaba hacia el combate, como fue el más duro cuando tuve que afrontar la tremenda adversidad de la derrota con su secuela de infamia, calumnia, ingratitud, incomprensión y envidia", escribirá en carta posterior. En esta prisión permanecerá durante 78 días, hasta el sábado 17 de octubre de ese año, cuando ya sancionado a 15 años de privación de libertad, es trasladado al Presidio Modelo, de la entonces Isla de Pinos. Este período significará la oportunidad de luchar por su vida y la de sus compañeros, pero más que ello, defender la causa de la libertad de Cuba por la que habían combatido en el Moncada. Con Fidel estaban en la misma cárcel, pero en otras celdas, Haydée Santamaría y Melba Hernández, las dos mujeres que lo habían seguido al combate, y unos 30 de sus compañeros. Además, un numeroso grupo de personas acusadas falsamente por la tiranía de estar implicadas en la acción, en total más de 50. Su traslado a este penal fue una violación de la ley, el Tribunal Provincial de Justicia dictaminó que los acusados debían de estar en el vivac o cárcel municipal, pero por indicación expresa del dictador Batista, se procede a su reclusión primero, y luego permanencia obligada en Boniato. De inmediato se establece el enfrentamiento con quienes intentaban acallar su voz y sus denuncias. El objetivo era aniquilarlo en la primera oportunidad posible. Bajo las órdenes directas y secretas del coronel Alberto del Río Chaviano se hicieron varios intentos de asesinato. En total, alrededor de siete planes de atentado fueron abortados, concebidos tanto con participación de militares como de presos comunes. Las irregularidades, violaciones y maltratos también fueron parte del arsenal del régimen para tratar de silenciar a Fidel. Totalmente incomunicado de sus compañeros, sin siquiera tener acceso a libros, a asistencia jurídica, permanentemente vigilado, el joven abogado tuvo que preparar su autodefensa. Del juicio que se le siguió a él y sus compañeros en la Causa 37 por los hechos del Moncada, y que comenzó el 21 de septiembre, es sustraído después de las dos primeras vistas, por el cúmulo de denuncias que hace. El 26 de ese mes, al prohibírsele que asistiera a la tercera vista, alegándose como pretexto una inexistente enfermedad, logra entregarle a Melba una carta para el Tribunal donde refiere las violaciones que se cometen en su persona y los intentos por eliminarlo físicamente. Entonces lo ubican en "el más apartado lugar de la cárcel", en la planta baja del Pabellón 1, destinada a los presos comunes, donde lo confinan en la celda uno de la sala A. A pesar de la implacable vigilancia que sobre él pesa, Fidel logra mantener comunicación con sus compañeros. Con la ayuda de algunos presos y custodios reúne los datos necesarios para reconstruir los acontecimientos posteriores al asalto, la información suficiente para dar "el combate terrible de la verdad". Así, concibe la pieza oratoria que serviría de denuncia en el juicio, y que era al mismo tiempo programa y declaración de principios, la cual se conoció como La Historia me Absolverá, última oración con que concluye el histórico alegato. El seis de octubre los acusados de la Causa 37 son sancionados, y siete días después fueron enviados al Presidio Modelo. Fidel queda en "Boniato", y el 16 en una modesta salita de enfermeras del hospital civil Saturnino Lora, hace su histórica autodefensa. Premonitoriamente dice: "Sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo..." Este presidio, con su carga de dolor y solidaridad, será el precedente de la posterior etapa de luchas, aquella que será llamada como la Prisión Fecunda.(AIN) Santiago en la historia del 26 (10) Por Dania Sánchez Parra Servicio Especial de la AIN Días después del ataque al cuartel Moncada comenzaron a llegar prisioneros a la Cárcel Municipal de Santiago de Cuba, entre ellos el máximo dirigente del movimiento, Fidel Castro, su hermano Raúl, Juan Almeida Bosque, Melba Hernández y Haydée Santamaría, únicas mujeres participantes en la acción. Desde aquellas celdas, sin las elementales condiciones, Raúl hizo varios intentos para reorganizar al grupo, se analizaron colectivamente las causas que condujeron al fracaso militar del ataque, se estudió a Martí y elaboró un reglamento disciplinario interno. La llegada de Fidel a ese penal tuvo lugar el primero de agosto, horas después de haber sido detenido, en la zona de la Gran Piedra, por el teniente Pedro Sarría. Frente a un numeroso público bajaron de un camión el máximo dirigente revolucionario y otros dos compañeros, a las 11 y 45 de la mañana aproximadamente. En la oficina del vivac ya se encontraba el Coronel Alberto del Río Chaviano, quien se alarma y comenta: "Sarría, me has desgraciado..., este hombre no debía haber llegado vivo hasta aquí". El interrogatorio a Fidel duró algo más de dos horas y fue de gran trascendencia, un avance de lo que expondría después en su alegato de autodefensa La Historia me Absolverá. Además de reconocer que era el principal responsable de la acción, relató cuáles eran las causas del movimiento revolucionario, cómo realizaron los preparativos del asalto y qué intenciones tendrían en las montañas y esbozó aspectos del programa socio-político a aplicar en caso de que triunfaran. Precisamente en este lugar se tomó la histórica foto de Fidel con un retrato del Héroe Nacional José Martí en el fondo. Al ser entrevistado en el vivac por periodistas, el líder revolucionario explicó que los objetivos de la causa eran devolver al pueblo la soberanía, librar del desalojo al hombre del campo, brindar atención médica a los enfermos y educación a los niños, adecentar la vida... "en fin venimos a regenerar a Cuba". "Este hombre está haciendo política", afirmó molesto una y otra vez, en voz baja, el coronel Chaviano, quien pidió a los reporteros desalojar la sala y arregló lo que luego saldría por radio, pero las palabras de Fidel, aun mutiladas, se escucharon firmes y contundentes. El mismo día primero, a las siete de la tarde, Fidel, junto a Raúl, Juan Almeida, Ramiro Valdés, Armando Mestre, Ciro Redondo y otros jóvenes, son trasladados a la Cárcel Provincial de Boniato, sin conocimiento alguno del Tribunal que tramitaba la llamada Causa 37. El vivac es ahora sede del Archivo Histórico Municipal y de la Oficina del historiador de la Ciudad de Santiago de Cuba. Fue construido en 1845 para cárcel municipal.(AIN) Santiago en
la historia del 26 (9) Por Dania
Sánchez Parra Tras el fracaso
militar del ataque al cuartel Moncada, Fidel ordena retirada, y en intento por continuar
la lucha, se interna con otros combatientes en la cordillera de la Gran Piedra. En este nuevo
escenario, peligroso por el desconocimiento del terreno, la incesante búsqueda emprendida
por la tiranía batistiana y la dispersión de los revolucionarios, tampoco se logró el
objetivo esperado. El primero de
agosto, temprano en la mañana, cuando dormían, fueron sorprendidos Fidel, y Oscar
Alcalde y José Suárez en la finca Las Delicias, propiedad de Manuel Leizán, en un lugar
conocido como Mamprivá, en las afueras de la ciudad santiaguera. Una
patrulla de la Guardia Rural dirigida por el segundo teniente Pedro Sarría, tenía la
orden de registrar y dar un castigo ejemplar a los posibles alzados en la zona, pero la
dignidad de un hombre se impuso a la deshonra. Entre
los soldados hubo momentos tensos por las diversas opiniones, sin embargo, cuando uno de
ellos disparó al aire en señal de aviso, Sarría se apresura y advierte: "los
quiero vivos a todos,... a nadie muerto,... las ideas se combaten, las ideas no se
matan". Durante
la marcha se sintieron muy cerca disparos y el teniente, exponiendo su propia vida, se
tiró encima de los prisioneros para protegerlos, ante cuyo gesto el máximo líder de los
asaltantes le revela su verdadera identidad y recibe como respuesta: "yo respondo de
su vida con la mía". Ya en
la carretera, se decidió el traslado para la ciudad en el camión de Juan, hijo de
Leizán, quien también fue el conductor. El
digno militar tuvo siempre el compromiso moral de llevarlos vivos hasta la cárcel
municipal, comprometió a sus subordinados y concibió una ruta que esquivara las
inmediaciones del Moncada, donde la cruel represalia caería con fuerza sobre los
capturados. En el
camino se cruzaron con el comandante Andrés Pérez Chaumont, quien iba al frente de un
convoy en la persecución de los asaltantes. En un
caso insólito, dadas las diferencias jerárquicas, ambos militares se enfrentaron en un
fuerte careo, pero el teniente, aun cuando Chaumont identificó al líder, quien estaba
sentado en la cabina del camión, aseguró que cumpliría con su responsabilidad y se
negó a entregarlo, continuando viaje hacia el vivac municipal. Un capítulo importante de la historia posterior al asalto quedó escrita en esa cárcel, donde la llegada de los prisioneros fue todo un acontecimiento ante el público numeroso congregado frente a la añeja instalación, en pleno centro de la urbe santiaguera. (AIN) Santiago en la historia del 26 (8) Cuando la solidaridad venció al
crimen Entre la población, los vapores de la fiesta se esfumaron para dar paso a la especulación, la desconfianza, el recogimiento ante la inmisericorde represión, el temor. Luego de los comentarios iniciales, "unos guardias están fajados con otros en el Cuartel Moncada", la verdad se abrió paso, aun cuando un manto de mentiras se sumó a la masacre que cometían los sicarios sedientos de sangre. La voz corrió por la ciudad: son jóvenes revolucionarios que combaten a la tiranía de Fulgencio Batista, y hay que ayudarlos. De inmediato la urbe, de historia plena de rebeldía, patriotismo y solidaridad, hizo gala de sus valores y se lanzó a rescatar de la muerte a cuantos combatientes pudiera. La masacre había comenzado apenas terminó
el combate. El doctor Mario Muñoz Monroy es el primer asesinado, al dispararle por la
espalda cuando lo llevaban preso hacia el Moncada. Pero, según denunció Fidel Castro en
su autodefensa, la matanza se inicio después de las tres de la tarde de ese día, al
llegar desde La Habana el general Martín Díaz Tamayo, con "...había que matar 10 prisioneros por cada soldado muerto. Esa fue la orden", denunció el joven abogado. El 27 de julio Batista pronuncia un discurso en el campamento militar de Columbia, en la capital, y la borrachera de sangre y terror se intensifica en las tres jornadas siguientes. Así, si en el intento de toma del cuartel caen seis asaltantes, después del enfrentamiento son asesinados 45, algunos torturados terriblemente como Abel Santamaría. La represión se extendió hasta la población civil, entre la cual hubo 10 muertos. De las garras de los esbirros fueron arrebatados algunos compatriotas con vida, como Gustavo Arcos y José Ponce, quienes heridos en la Colonia Española son salvados por el doctor Alejandro Posada, director de ese centro médico, al impedir que los soldados se los llevaran. Igualmente sucedió en el Hospital Militar, cuando el doctor capitán Edmundo Tamayo, a punta de pistola, obligó a que los verdugos entregaran a Pedro Miret, Abelardo Crespo y Fidel Labrador, heridos y a quienes les habían inyectado aire y alcanfor en las venas para ultimarlos. Apenas sin conocer los hechos, espontáneamente, se formó una red de ayuda. A las siete de la mañana del 26, Micaela Méndez Cominches tenía en su casa de San Félix esquina a San Francisco a tres fugitivos: José Ramón Martínez, Abelardo García y Ángel Sánchez. Al mediodía Ciro Redondo y Marcos Martí recibían ayuda de Arturo Campanal, en la playa Siboney. El propio Fidel, quien con un grupo de 18 compañeros se dirigía a la Cordillera de la Gran Piedra para reanudar la lucha, fue auxiliado por guajiros de los Altos de Ocaña, y en Sevilla el campesino Juan Leizán le ofreció información, ropa y comida. Gelasio Martínez se refugia en casa de José Pérez Castro, y la doctora Zenaida Zambrano acoge a Gerardo Granados. Mario Lazo y Severino Rosell se ocultan en una casa del reparto Terrazas, y los hermanos Armelio, Alejandro y Antonio Ferrás Pellicer lo hacen en una construcción en la calle Corona. En una vivienda de la calle Bayamo Lester Rodríguez permanece oculto durante 15-20 días, mientras los hermanos Roberto y Orlando Galán y Ricardo Santana se vinculan con Ifraín Zamora y su familia, y están con ellos hasta la amnistía política de 1955. A las 24 horas del combate ya había grupos para atender a prisioneros heridos y a los ocultos, y con los días, santiagueros dignos como Frank País planean el rescate de los moncadistas. Antes de las 72 horas instituciones cívicas, profesionales y religiosas se constituían en sólidos bloques de movilización popular para detener la masacre y protestar contra el crimen. Tuvieron que detenerse los asesinatos, y muchos pudieron salvar la vida, como el propio Fidel, a quien un militar de honor Pedro Sarría, evitó par de veces que le dispararan a mansalva y al conducirlo prisionero lo llevó al vivac municipal y no al Moncada, verdadero taller para la barbarie y la tortura. "¿Quien duda del valor, el civismo y el coraje sin límites del rebelde y patriótico pueblo de Santiago de Cuba?", se preguntó luego el joven líder en su alegato de autodefensa. Cinco años, cinco meses y cinco días después de aquel luminoso 26, el Primero de Enero de 1959, el guía de la acción entraba en la ciudad al frente del Ejército Rebelde, entre ellos dignos hijos de la urbe que no dejó que el crimen derrotara a la solidaridad. (AIN)
Santiago en la Historia del 26 (7) Por Bárbara Deás Trobajo Así escribía Fidel en sus años de presidio en la entonces Isla de Pinos. Su pensamiento, basado en aquel verso martiano de "Hasta después de muertos somos útiles", se haría realidad con el triunfo revolucionario. En 1962 se construyó un panteón en el Cementerio Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba, donde se depositaron los restos de jóvenes santiagueros caídos en la lucha clandestina, y los de los inmolados en la epopeya del Moncada. Sobre quienes participaron en la gesta del 26 de Julio de 1953 se desató la vesania de los sicarios batistianos. Fracasada militarmente la acción, las fuerzas de la tiranía salen a cazar a los revolucionarios por toda la provincia, a quienes torturan y asesinan apenas capturan. Después del combate caen ultimados 45 de los detenidos en el cuartel. Algunos como Abel Santamaría, Boris Luis Santa Coloma, José Luis Tasende y Mario Muñoz Monroy son torturados salvajemente. Solo la presión popular, la protesta de sectores sociales locales y el escándalo detienen la carnicería. La sed de sangre y venganza se extiende hasta el momento de darle humana sepultura a los ultimados. Los soldados los enterraban en fosas comunes con el propósito de que sus restos quedaran en el olvido, y para ocultar la forma en que habían sido masacrados. Sin embargo, gracias a cientos de santiagueros se logra frustrar esa intención. Algunos de modo espontáneo, otros organizados en un movimiento que lideraba Frank País, en coordinación con la luchadora Gloria Cuadra, señalan los lugares en que se escondían los cadáveres. Los sitios se marcaban y eran vigilados en las noches por los trabajadores del cementerio, tarea que también apoyaban los hombres de Frank. René Guitart, el padre de Renato, muerto en la gesta, construyó una bóveda fúnebre supuestamente destinada a su familia, pero en realidad era para trasladar clandestinamente los restos. Allí, entre dos emblemáticos pinos nuevos, tras el Mausoleo de José Martí, reposaron hasta que fueron depositados en el denominado Retablo de los Mártires. En total, 37 de los caídos en la acción reposan en el lugar, a los que se sumaron recientemente los restos de Haydée Santamaría. Hecho con mármol rosado, el Retablo está a un costado de la tumba del Apóstol. Un mural hecho en cemento refleja a un mártir que descansa en brazos de la madre Patria y a un barbudo con una estrella en la mano, que simboliza la victoria. Un cintillo fundido en bronce identifica al panteón y a quienes allí reposan. Ellos hacen realidad el apotegma martiano: "Los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra". (AIN) |