| Moncada 50 EL VIAJE DE FIDEL A SANTIAGO AQUEL HISTORICO JULIO DE 1953 Teodulio se incorpora al Movimiento Por Susana Lee UNA INTRODUCCIÓN NECESARIA Hace 26 años, justo por estos días, reconstruí el viaje de Fidel a Santiago de Cuba, cuando se dirigía a comandar al grupo de jóvenes revolucionarios que asaltaría el cuartel Moncada al amanecer del 26 de julio de 1953. Aquel empeño no hubiera sido posible sin el concurso de quien fuera su chofer en aquel trayecto y uno de los 160 participantes en la histórica gesta, Teodulio Mitchell Barbán. El reportaje con sus vivencias y recuerdos se publicó en el diario Juventud Rebelde el 24 de julio de 1977. Entonces, luego de su lectura, el Comandante en Jefe me comentó de la memoria prodigiosa de Mitchell pues se ajustaba a lo que había acontecido en aquellas horas del recorrido Habana-Santiago en todos sus detalles. Teodulio falleció en la ciudad de La Habana el 10 de noviembre de 1992. A 50 años de esos hechos, recordamos en este material los pasajes más significativos del viaje de Fidel aquel histórico julio de 1953.
Teodulio se incorpora al Movimiento De procedencia humilde, Teodulio Mitchell, nacido el 17 de abril de 1924 en Palma Soriano, había pasado la mayor parte de su servicio militar, entre 1943 y 1945, en el cuartel Moncada. Desde muy joven se mostró contrario a las injusticias y las arbitrariedades propias de todos los gobiernos que desgobernaban el país y esto le hizo incorporarse a la Juventud Auténtica, que en aquel entonces -fines de la década de los 40 y principios de la de los 50- ofrecía alguna perspectiva a la rebeldía juvenil. Pero todo fue en vano. Meses después del golpe de estado del 10 de marzo, unos amigos (Pedro Celestino Aguilera y Oscar Alberto Ortega) lo invitaron a incorporarse a un movimiento que dirigía un joven abogado en La Habana y que pretendía derrocar a Batista. Aquella carta de presentación fue suficiente para Mitchell. Su tarea, le comunicaron poco tiempo después, se desarrollaría en La Habana junto al propio Fidel Castro. El 13 de junio de 1953, con algunas instrucciones escuetas y precisas, tomó el ómnibus rumbo a La Habana e inició las actividades que le asignaron en el movimiento, entre ellas auxiliar en los entrenamientos a los futuros asaltantes en Los Palos y en una finca de Caimito. El 24 de julio como a las siete y pico de la noche, Ernesto Tizol (combatiente del Moncada, fallecido hace algunos años) lo fue a buscar para "dar una vuelta" que, a la postre, resultó alquilar un carro -un Buick 52 "que estaba entero", pintado de azul oscuro y con el techo color hueso-, y esperar en Jovellar 107, la casa de Melba Hernández. Teodulio estaba entrenado a no hacer preguntas y allí esperó pensando en mil cosas porque aquella calle solía estar vacía y aquella noche "había un lingote de carros parqueados". Como a las 10 comenzaron a salir compañeros, subir a las máquinas e irse. A las 11, cuando solo quedaban la de Tizol y la de él, este bajó y le dijo: "Guajiro, Fidel se va contigo". Poco después, el "doctor", como él le llamaba "porque era abogado" abordó el vehículo junto con otro muchacho que no conocía. "Cuando montó en la máquina, me dice: "Dale por aquí". Yo le planteo que no conocía nada en La Habana y me responde que no importaba, que él me guiaría. Y así salimos de Jovellar. Vuelta por aquí y por allá salimos a Boyeros. Por el camino dijo que íbamos a buscar a un muchacho que aunque no estaba firme, le hacía falta porque era radiotelegrafista."(Se trataba de Manuel Lorenzo, quien en la granjita Siboney a la partida hacia el Moncada optó por quedarse; capturado con posterioridad y acusado con los restantes prisioneros, negó todos los cargos y tuvo su propio abogado defensor, separado del resto de los combatientes; sancionado a tres años, ya en la prisión de Isla de Pinos, pidió que no lo mantuvieran en el mismo pabellón donde estaban recluidos los moncadistas porque nada tenía que ver con ellos y finalmente, al triunfo de la Revolución, se fue del país). En el camino a Boyeros tuvieron un incidente con una perseguidora que nos puso una multa por un "stop". Durante la conversación con los policías, Fidel les dijo que iba a esperar a una familia que venía al aeropuerto y que por eso íbamos apurados. Cuando nos fuimos de allí, Fidel dijo: Quién le habrá dicho a estos... que a esta hora llegan aviones. Ya en Boyeros y siempre dirigido por Fidel, llegaron a calle I número 4 entre avenida Independencia (Boyeros) y calle X, donde recogieron a Lorenzo. De ahí partieron a Marianao. En la calle 51 y 134, frente al café Raúl, se bajó, caminó por 134 y regresó como 20 minutos después. El próximo sitio a donde lo condujo fue a su casa (antiguamente Nicanor del Campo 303 -actual avenida 39 número 4 804, entre 48 y 50, Marianao-), donde recogió una guayabera y un libro y se despidió de su familia. "Deja ir a besar a mi hijo, no sé cuándo lo vuelva a ver otra vez", le dijo. Pasadas las dos de la madrugada, ya del 25, suministraron gasolina en una estación que había al costado de la terminal de ómnibus; de ahí le fue indicando y tras unas cuantas vueltas, estaba en la Carretera Central.
¿Qué pensó Teodulio de aquel viaje repentino? Imaginó que era un cambio de posición, ni sospechaba lo que se avecinaba. Iba mudo al volante. En ese momento viajaban cuatro en el carro, y en Catalina se sumó Oscar Alberto Ortega que iba en otra máquina, detenida en la carretera, y que ocupaban otros compañeros. En la continuación del trayecto no pararon hasta Colón, probablemente entre las seis y tantas o las siete , ya con claridad. Allí abastecieron el carro en una bomba que estaba en la esquina de Máximo Gómez y Calixto García, en la calle del hotel Santiago-Habana, donde aguardaba "un señor de espejuelos". Fidel lo presentó, era el doctor Mario Muñoz, y ambos salieron caminando, doblaron a la derecha del Santiago Habana -Mitchell y los demás aprovecharon para desayunar algo en el propio hotel- y luego esperaron hasta que un rato después regresó Fidel y emprendieron de nuevo la marcha. En la reconstrucción del viaje Teodulio supuso que habría ido hasta la casa de Muñoz, ya que después del triunfo de la Revolución conoció que vivía cerca de ese lugar. De Colón no hubo más paradas hasta Santa Clara, a donde llegaron entre nueve y media y 10 de la mañana y se detuvieron frente a la terminal de ómnibus no la actual, sino una que había en el centro del pueblo. El auto quedó estacionado en Tristá y Cuba, y Fidel y Lorenzo caminaron y doblaron a mano derecha por la calle Cuba. Justo a medianía de la cuadra, en el número 18 entre Tristá y San Cristóbal, está la antigua Optica López, única que había en esa calle en 1953 y donde indiscutiblemente fueron hechos los espejuelos que Fidel llevaría un día después al Moncada. Por el camino había dicho que se le habían quedado los espejuelos en La Habana. Indagando supimos que fue en casa de Melba pues cuando revisaba algunas cosas, se le salieron del bolsillo de la guayabera y cayeron en un saco de gorras militares que había quedado por allí. El domingo 26 de julio, desconociendo aún lo que sucedía en Santiago, Elena Rodríguez -la madre de Melba-, mientras recogía y "hacía desaparecer" los vestigios de lo que allí se había confeccionado para la acción -piezas de uniformes militares- encontró los lentes de Fidel. Cuando regresó con los espejuelos, al mediodía según cálculos del chofer, volvieron a la carretera y la próxima parada fue en Camagüey, sobre las tres de la tarde. Fidel iba sentado en la parte delantera derecha. Por la conversación que sostenía con Lorenzo, Mitchell se fue dando cuenta que aquel viaje no era un simple cambio de posición, sino que había algo más, y cuando le preguntamos si recordaba algo de aquellas conversaciones, nos dijo: "Se pasó todo el camino en una discusión abierta con el telegrafista, no paró un minuto, aun cuando esperaba por los espejuelos en Santa Clara. Estaba echándole a todo el mundo, a Grau, a Prío, a Batista. En el transcurso de la conversación yo me di cuenta que aquel hombre no estaba claro, no entendía nada. Yo lo hubiera dejado, pero Fidel trataba de convencerlo. "Si este cae preso, nos echa palante a todos", me decía yo. En Camagüey Fidel lo hizo detenerse en una calle bastante ancha, indicando que allí almorzarían. "El lugar escogido, contó Mitchell, era una especie de fonda, de madera pintada de azul oscuro, tenía una solera hacia la acera y de ésta al salón nos separaba solamente un escalón. Había un mostrador largo al fondo y dos dependientes, blancos, altos los dos, con aspecto de españoles. Unimos dos mesas y cuando trajeron la lista, me parece que Fidel propuso que comiéramos todos igual para salir rápido. Almorzamos, recuerdo, enchilado de langosta, arroz blanco, plátanos de esos que les dicen chatinos, refrescos y creo que frijoles negros. Todo estaba muy limpio, terminamos, Fidel pagó y volvimos a salir a la Carretera Central." En la reedición del viaje esta fonda fue la más difícil de encontrar. Por la descripción nadie la recordaba. Y es que el bar "Los Venaditos", como se llamaba entonces, ya no era bar sino una pizzería y había cambiado mucho su estructura, aunque conservaba el nombre en el reparto Garrido. ¿Cómo iba vestido Fidel? Fidel llevaba una guayabera blanca y un pantalón oscuro, no recuerdo el color, nos diría en algún momento del viaje en 1977. A otra pregunta, contó que aunque no hablaba, oía, y cada vez estaba más seguro de que el intento de modificar toda aquella situación de la que él hablaba de politiquería, de ladrones que se robaban el dinero del pueblo a diario, estaba cerca. "Claro está, en ningún momento a mí se me hubiera ocurrido pensar que nos separaban del momento apenas si unas horas. La nueva escala fue en Holguín, brevemente, en una gasolinera y por una expresión que tuvo al pasar por el regimiento de Holguín, y estar ya en Oriente, Mitchell comenzó a sospechar que la acción o lo que fuera podría ser en el Moncada. A partir de esta localidad le pidió que redujera la velocidad pues no quería "llegar temprano". Durante el trayecto se cruzaron con algunas máquinas donde viajaban otros compañeros conocidos, pero nadie siquiera se saludaba. Casi a la entrada de Bayamo hubo un breve alto al encontrarse con el auto donde viajaba Ernesto Tizol, con el que Fidel conversó unos momentos, y saliendo de esta ciudad se detuvieron a tomar café en un pequeño establecimiento, La Cubana. Ya comenzando la noche atravesaron Palma Soriano y llegaron a Santiago pasadas las nueve.
En Santiago. Las acciones. Cuando llegó a Santiago al diestro chofer no le quedaban casi dudas del enclave escogido para la acción. La preocupación se centraba entonces en qué iban a hacer porque él había estado destacado en el Moncada, sabía lo que era aquella fortaleza: cuatro compañías de infantería, un pelotón de artillería, el escuadrón 18 de la Guardia Rural, armamento y parque en abundancia y, sobre todo, la posición, ¿cómo tomarían aquella posición? Por la avenida Martí no pudieron entrar, estaba cerrado el tránsito por los carnavales. Fidel lo guió hasta la Plaza de Marte; allí parquearon y tomaron algo en un café que se llamaba El Paraíso, situado en avenida Garzón y Marte, donde actualmente está una tienda. Mientras se encontraban en ese establecimiento, Mitchell explicó que en un aparte, le hizo su primera y única pregunta a Fidel. "Perdone, doctor, pero qué tipo de armas tenemos. Y ?saben lo que me responde?: No te preocupes, tenemos de todo. Y con eso me tranquilizó, y además me confirmaba que la acción era inminente y en grande. El Moncada era el objetivo." De Plaza de Marte salieron por una bocacalle a la carretera de Siboney y cuando llegaron frente a una talanquera que quedaba a la derecha -serían pasadas las 10 de la noche-, le indicó que entrara. Aquello estaba oscuro y al parquear, una voz les dio el alto. Era Jesús Montané que estaba de posta y que al momento reconoció a Fidel. Al entrar en la casa, en medio de la oscuridad reinante, alguien anunció que Fidel había llegado, y todos los que estaban en la sala tumbados sobre colchonetas, se levantaron a saludarlo. Mitchell fue descubriendo caras conocidas en la semipenumbra y otras desconocidas, como aquel joven delgadito que cuando indagó era Raúl Castro, y dos mujeres, Melba y Haydée. "Me imagino que sería después de la media noche cuando empezaron a sacar unos paquetes de armas y balas, nos contó Teodulio en 1977, y volví a ver allí los fusilitos 22 y las escopetas de cartucho. Se empezaron a planchar unos uniformes militares y en un cuarto nos pusimos a ensamblar los fusiles, creo que éramos Miret, Tizol, yo y posiblemente algún otro que no recuerdo o no conocía. Al cabo empezaron a repartir aquellas escopetas y fusiles y un poco de parque para cada uno, creo que unos 50 tiros". Cuando le pregunté si recordaba alguna conversación en especial, relató: "Sí, con Melba y Haydée, cuando empezó la distribución. Me acerqué a ellas y les dije que me imaginaba que cuando partiéramos, ellas se quedarían allí. Y ?saben lo que me respondieron?: Donde caigan ustedes, caeremos nosotras". Hecho el reparto Fidel los reunió a todos a su alrededor y explicó el plan y cómo se distribuirían los grupos. Pregunté entonces a Mitchell si recordaba cómo se había empezado a cantar el Himno, y me dijo: "Ya después que se había explicado todo y que se había leído una especie de proclama donde se planteaba por lo que íbamos a luchar, una serie de leyes que tomaríamos si se triunfaba, no podría decirte cómo fue, pero alguien empezó y los demás lo seguimos. Después ya vino el momento de salir, de montar en los carros. A mí me tocó en el segundo o tercer carro después del que iba manejando Fidel. Estaba oscuro aún cuando salió la caravana de carros, íbamos a corta distancia unos de otros. Con una semipenumbra entramos en la ciudad. En un abrir y cerrar de ojos empezaron los tiros, nos tiramos del carro, se hizo un despliegue, ya se escuchaba la ametralladora 30. El Moncada estaba delante de nosotros..." (Nota de la autora.- Una vez comprobado el fracaso de la acción militar, que se dio la voz de retirada, Mitchell retornó a Siboney donde se encontró con un grupo de compañeros entre ellos a Fidel. Nunca perdió el optimismo. "Fracasamos en esta", nos dijo, "pero la lucha continuará, en las lomas". Un tiro escapado hirió a Nito Ortega y Fidel me encargó que lo sacara de allí para curarlo. Por el camino nos cruzó una máquina de compañeros que notándolo herido quisieron llevárselo con ellos, y esa fue su perdición porque una máquina a esa hora era una jaula. Los cogieron a todos y los asesinaron. Mitchell logró evadirse hasta Palma y aparentar que había estado ese día allí. Le creyeron su versión en el cuartel donde era conocido por muchos guardias. No esperó a nuevas indagaciones y el 4 de agosto regresó a La Habana donde permaneció en actividades clandestinas hasta el triunfo de la Revolución , cuando fue llamado a formar filas con el Ejército Rebelde). |