Moncada 50

Combates inseparables

Por Néstor Núñez
Servicio Especial de la AIN

Transcurridos cincuenta años del asalto al cuartel Moncada, nada hace pensar que la lucha del pueblo cubano haya concluido, ni mucho menos.

Entonces, agotados y corroídos los caminos electorales, se intentó, por un valeroso grupo de jóvenes, dar continuidad a la experiencia del combate armado contra el opresor, tal y como habían hecho los mambises del siglo XIX contra el colonialismo español y la amenazante presencia del naciente imperio norteamericano.


Se trataba de conquistar la libertad y la independencia reales de un país que, luego de decenios de enormes sacrificios, se vio en las ávidas garras de Washington y de los politiqueros criollos de turno, en una noria de corrupción, violencia e injusticia, indigna de tanta heroicidad y tan gloriosa historia.


Pasarían apenas siete años, y al fin, el primero de enero de l959, el país lograba hacer valer su autodeterminación e iniciaba su camino hacia el futuro, no
exento de nuevos enfrentamientos con la gran potencia hemisférica, nunca resignada a la presencia de un pueblo rebelde y vertical en sus posiciones.

Más de cuarenta años de resistencia acumula ya la nación cubana frente a las agresiones imperialistas; sin embargo, tal vez como nunca los peligros sean hoy mayores y asechantes.


En consecuencia, a cincuenta años de la gesta moncadista, todo un pueblo vive en pie de lucha para defender la libertad que nuevamente se empezó a conquistar
ante los muros de la fortaleza militar de Santiago de Cuba.


No se trata hoy de acceder a la independencia y a la autodeterminación, sino de defenderlas y perpetuarlas como los más trascendentes tesoros de la patria.

Si los asaltantes del Moncada y del cuartel Carlos Manuel de Céspedes, enfrentaron a una tiranía y a sus amos del exterior, ahora se trata de poner coto a las crecientes amenazas y peligros que se derivan de una superpotencia cuyos círculos gobernantes han adoptado la doctrina de la guerra y la muerte como política internacional, por encima de todas las leyes, disposiciones y organismos globales rectores de los vínculos entre Estados.


En pocas palabras, Cuba debe enfrentar el resurgir del nazifascismo a escasas noventa millas de sus costas. Hacerlo con decoro, heroísmo y firmeza se convierte en el más digno homenaje a quienes con su sacrificio garantizaron la continuidad histórica de nuestras glorias. (AIN)

Un contexto bien diferente

Por Néstor Núñez
Especial para la AIN

Se dice que la Revolución Cubana ha marcado toda una época en la historia actual, sobre todo en el contexto del hemisferio americano. Por primera vez una nación del área, luego de la lucha anticolonialista, logró romper los asideros tendidos desde Washington, y que convirtieron a América Latina en una suerte de protectorado del poderoso vecino del Norte.


Hace medio siglo, cuando los jóvenes conducidos por Fidel Castro asaltaron el cuartel Moncada, ni Cuba ni el resto del área se apartaban sustancialmente del esquema de dominación diseñado en la Casa Blanca.
No puede olvidarse que al influjo de la Guerra Fría y el feroz anticomunismo por ella desatado, para los estrategas norteamericanos resultaba inadmisible todo acto de autodeterminación regional.


Eran los tiempos de la agresión a la República Popular Democrática de Corea, las constantes tensiones con la URSS y las provocaciones abiertas contra el campo socialista europeo.


En esta región, estimada traspatio estratégico de los Estados Unidos, debía asegurarse el dominio férreo del imperio, y en consecuencia se acudió a todos los métodos posibles para evitar la extensión del titulado "peligro rojo" en la zona.


Es el momento en que se estrechan los pactos militares del Pentágono con los ejércitos locales en busca de aliados decisivos a la hora de reprimir a los movimientos progresistas, y es el instante también de la imposición, colaboración y complicidad con regímenes tiránicos.

Solo en la Cuenca del Caribe y Centroamérica, aledañas geográficamente a territorio norteamericano, campeaban por su respeto Fulgencio Batista, en Cuba; Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana, y Anastasio Somoza, en
Nicaragua.


Medio siglo después, a la resistencia de Cuba en defensa de la independencia ganada en l959, se suma un cuadro diferente en la zona. Como si se hiciera honor al proverbio que anuncia que a grandes problemas corresponden grandes soluciones, resurge en América Latina el intento por promover cambios favorables a sus vilipendiados pueblos.


Varios gobernantes, preocupados por la suerte de sus pueblos, han asumido el poder con la intención de reivindicar a la región y alejarse de los dañinos patrones
impuestos desde el exterior.


Una razón más que alentadora para una nación profundamente latinoamericanista como Cuba. (AIN)

 Asaltante al Moncada y combatiente en Girón

Por Lucilo Tejera Díaz
Servicio Especial de la AIN

Cuando la Revolución triunfó en enero de 1959, José Luis López Díaz se hizo constructor.

Si en 1955 no consiguió un "padrino" que avalara su conducta para obtener la licencia de conducción, "porque decían que yo era un desafecto del régimen de Batista", finalmente la logró y se convirtió en chofer de camiones en programas constructivos que el Gobierno Revolucionario emprendió por toda Cuba.


-Me pasé 15 años edificando comunidades, muchas en lugares del país que nunca había oído mencionar, afirma orgulloso, a los 78 de edad, cuando disfruta la jubilación de la industria eléctrónica.


Uno de los primeros planes de desarrollo se acometió, por idea del Comandante en Jefe Fidel Castro, en la entonces inhóspita e inaccesible Ciénaga de Zapata, donde fue preciso empezar por la creación de vías.


-Tendimos una carretera del central Australia a Playa Larga. ¡No me imagino la cantidad de piedra y rocoso que tiramos en los pantanos!


Meses después José Luis volvió a transitar por aquella senda, en abril de 1961, pero no guiando un camión, sino con el uniforme de miliciano y armado de una "metralleta checa".


-Con el batallón 114 me fui a combatir la invasión mercenaria que derrotamos en Playa Girón.

POR LA FUERZA, TENDREMOS QUE DERROCARLO


La historia revolucionaria de José Luis había comenzado varios años antes, cuando conoció a Fidel en el Liceo Ortodoxo de Calabazar de La Habana, un poblado cercano a la capital.


Entonces el joven abogado empezaba su vida en la política y tenía amistad con los hermanos Trigo (Pedro y Julio), también amigos de él.


-A la verdad que yo veía a Fidel como un político más de aquella época.
Pronto cambió de parecer. Los acontecimientos lo obligaron a ello.

El 10 de marzo de 1952 Fulgencio Batista, con la anuencia de la embajada de Estados Unidos, dio un golpe militar y se adueñó del gobierno derrocando al presidente de entonces, Carlos Prío.


-Las cosas tomaron otro carácter y Fidel se expresaba diferente. Recuerdo que dijo: "Si Batista entró por la fuerza, por la fuerza tendremos que derrocarlo."
A partir de ese momento orientó la creación de células clandestinas en las provincias de Pinar del Río y La Habana, y José Luis integró la de Calabazar.

-En una ocasión estábamos reunidos en el Liceo Ortodoxo del Paseo del Prado, en la capital, y Fidel manifestó algo que me sorprendió: "A la hora cero tomaremos La Habana", ¡y delante de él tenía a un grupo de muchachos!


José Luis se percató de que "algo" estaba en ciernes, sobre todo desde la Marcha de las Antorchas, en la noche del 27 al 28 de enero de 1953, una de las principales acciones de la juventud cubana para recordar el centenario
del natalicio de José Martí.


-Empezamos a tener contacto con armas, realizar prácticas militares en la Universidad de La Habana y en el Club de Cazadores del Cerro y hacer ejercicios.
Se organizaba una conspiración. Lo dedujo por la rapidez que se trabajaba en la preparación de una operación de tipo militar y el absoluto secreto que pedían a cada célula.


-Pero nada más. La compartimentación era estricta.

CARRETERA CENTRAL VIA ORIENTE


José Luis recibió una orden: se le facilitaría un automóvil y junto a cuatro personas más debía trasladarse el 24 de julio de 1953 a la ciudad de Santiago de Cuba, en el oriente del país.


Sin embargo, se presentó un inconveniente: ninguno de los cinco poseía conocimientos ni permiso para conducir. Se contactó entonces a un amigo con licencia para manejar, quien guiaría la máquina.


-Parece que por la conversación de nosotros, el individuo se percató de que el asunto del viaje a Santiago sería para un asunto de pelear y de tiros, y en la ciudad de Matanzas nos abandonó. Oscar Quintela (fallecido) y él decidieron tomar el control del auto. Había que llegar a Santiago.


-Cuando veíamos que por la carretera se nos acercaba de frente un ómnibus o una rastra, salíamos para la cuneta. José Luis sonríe.

-En una ocasión teníamos detrás una guagua que nos sonaba el claxon pidiendo que le permitiéramos sobrepasarnos porque transitábamos por el centro de la vía.
Quintela iba manejando. ¿Y qué hizo? Pasó el carro para la senda contraria y el ómnibus nos pasó por la derecha.

EN SANTIAGO, AL MONCADA
Uno de ellos llevaba una carta de Fidel que debía abrir en Santiago, a donde llegaron al final de la tarde del día 25.

-Estaba escrita una dirección de la ciudad. Allí debíamos dirigirnos.


En la calle Celda número ocho Abel Santamaría los recibió y les dijo que se acomodaran como pudieran en la vivienda y nada de salir. Había carnavales.


Alrededor de las once de la noche Abel ordenó a todos ocupar los autos y tomar rumbo este hacia una granja a 13 kilómetros, en el trayecto a la playa Siboney.

-Después de arribar se nos informó de la acción que acometeríamos al amanecer: atacar el cuartel Guillermón Moncada, segunda fortaleza militar en importancia de Cuba.

José Luis vuelve a esbozar una sonrisa.

-¡Y lo haríamos con escopetas de caza y fusiles calibre 22!

Vestidos con el uniforme del ejército, y con aquel tipo de armamento, los reunidos abordaron nuevamente los autos y se dirigieron a Santiago, a las 5:15 de la mañana. Todo ocurrió muy rápido en el cuartel.


-Yo iba en la tercera máquina, detrás del auto de Fidel. La acción no nos salió como estaba previsto, pues nuestra llegada a la posta por la que entraríamos coincidió casualmente con la salida de un soldado y el cruce de una patrulla de por las afueras de los muros del Moncada, cuyos integrantes se dieron cuenta de lo que sucedía.

Enseguida el combate cobró intensidad. Ante la difícil situación creada para los asaltantes al no lograrse la sorpresa y en vista de que no podría alcanzarse el
objetivo, Fidel ordenó la retirada para no sacrificar vidas valiosas y continuar después la lucha.


-Pero en la balacera apenas escuché nada. Cuando vi que la gente montaba en los carros, hice lo mismo, y buscamos salir de la ciudad.


Se deshicieron de los uniformes y de las armas, vistieron otra vez con sus ropas de civil y tomaron por la Carretera Central, ahora hacia el oeste.


-No sé todavía cómo pudimos pasar los controles del ejército que rápidamente empezaron a funcionar. Acercarnos a Bayamo, transitar por la población y seguir fue muy peligroso, porque como también allí había ocurrido un asalto los soldados estaban recelosos con todo.


-Si volvería a verme en igual situación, me interno en las montañas, como hicieron Fidel y un grupo de los combatientes.


Pero lograron llegar a La Habana sin contratiempos. A los dos días de encontrarse otra vez en su poblado de Calabazar, José Luis fue detenido por sospechoso, y enseguida puesto en libertad. No se le pudo probar nada.


-Nunca se supo públicamente que yo fui uno de los atacantes del Moncada hasta 1959. ¡Fue tan bien organizada la acción!, recuerda pasados 50 años.


Su vida revolucionaria tras el 26 de julio ganó en intensidad y se mantuvo activo en acciones clandestinas contra el régimen desarrolladas por el Movimiento 26, la
organización que él mismo ayudó a crear y darle nombre.
(AIN)

El sueño de un General

Por Teresa Díaz Paulino
Servicio Especial de la AIN

Callado y observador lo encontré en el hogar que formó hace 43 años. Vestía con orgullo su traje verde olivo, y una mirada profunda se adelantaba a la voz.

La palabra niñez indujo al diálogo, advertí que un nudo en la garganta entrecortaba las frases, el recuerdo estaba fresco. Él no tuvo infancia y yo buscaba elementos que la formasen. Narra que sus juguetes fueron la tierra o el
grandísimo azadón. Solo el verde de los campos le acercaba a la esperanza, por eso de cuando en cuando soñaba.


Había nacido en 27 de diciembre de 1931, en Trío municipio de Los Arabos, en Matanzas.


Me contó del duro batallar por desafiar la pobreza, desde muy pequeño el padre los abandonó y los días se hicieron interminables junto al surco para buscar el
sustento. Recordó las veces que los guardias rurales les arrancaron las cosechas por pura diversión y las dos ocasiones que prendieron fuego a sus bohíos.


Luego vino lo del ciclón que les llevó su última casa, entonces la familia se repartió, pues eran muchos y a él lo recogió su padrino. La añoranza por el pecho materno se sumó a los agravios y puso nostalgia a cada cita con la soledad.
Aquel niño comprendió que estudiar sería su meta primaria. Hizo como pudo hasta el sexto grado. Luego, en un Hogar Infantil de Colón, estudió hasta el octavo y en 1949 se graduó de Maestro Agrícola. Pronto decidió cual sería su destino.


El valor acompañó siempre a Calixto García Martínez. Su estatura media y cuerpo ágil le permitían pasar inadvertido. "Yo era un anguila", me comentó, y citó su
aval revolucionario.


"Participé en la Acción Doctrinal del Partido Ortodoxo, en la Marcha de las Antorchas de 1953, el Juramento de la Constitución en 1952 y en otras protestas estudiantiles.


En 1952 Calixto conoció a Fidel en una reunión en la que se preparaba una acción importante, y lo impresionó tanto que desde ese día el optimismo le invadió para luchar sin descanso hasta el final.

MADRUGADA INOLVIDABLE


En Bayamo un grupo de hombres esperaba la hora señalada para asaltar el cuartel principal de la ciudad como apoyo a la acción del Moncada.


Entre ellos estaba Calixto, presto a cumplir su misión, pero justo a las cinco de la mañana de ese 26 de julio, un guardia de Batista estaba parado ante la salida de la casa donde se escondía, y cuando había decidido atacar al esbirro para continuar el plan, el hombre se marchó del lugar.

Minutos después, pegados a la cerca del cuartel Carlos Manuel de Céspedes, los combatientes esperaban por la orden de asalto y uno de los guardias los descubrió. Con un tiro al aire dio la voz de alarma.

Un combate tenso le siguió, ráfagas indetenibles acosaban a los jóvenes combatientes, y no obstante la resistencia, una voz anunció la retirada.

Mientras los asesinos al servicio del gobierno organizaban cacerías humanas en busca de los asaltantes, los revolucionarios transitaban difíciles caminos para
escapar; en este empeño marchaban juntos Calixto, Ñico López y Darío López.

En la bodega de la finca Santa María, a unos 10 kilómetros de Bayamo, Ñico empeñó su reloj para conseguir algún dinero y regresar a La Habana.


Calixto se trasladó a su natal Los Arabos, donde estuvo escondido hasta que su hermano de crianza, Serafín Moure, lo puso en contacto nuevamente con el Movimiento.


Posteriormente se asiló en la embajada de Uruguay para luego marchar al exilio y continuar la lucha.


"Mis ideales eran hacer una revolución donde el gobierno fuera del pueblo, como la que hemos logrado. Esa es mi mayor satisfacción y para alcanzarla han tenido que caer muchos de nuestros compañeros de causa", afirma emocionado.


En México se prepara junto a los combatientes que regresarían en el yate Granma. En la finca Santa Rosa fue detenido junto a Fidel, Ernesto Guevara y otros compañeros y estuvo 55 días preso. Esa sería la tercera ocasión en que
probara los rigores de una celda.


A la salida, cuando estaba con el Che en casa de María Antonia, supo de la muerte de su madre y en medio del dolor, la inolvidable colaboradora de los cubanos veló su sueño esa noche.

LA FE INAGOTABLE


Con sus 72 años, el General de Brigada Calixto García Martínez, Licenciado en Ciencias Penales, continúa activo en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.


Aún están vivos los recuerdos de cuando integró el III Frente Mario Muñoz Monroy, de los días en la Sierra Maestra, de la entrada triunfal a La Habana en 1959, y sobre todo, de los hermanos caídos.


Hoy Calixto se siente satisfecho de haber escogido este camino. En la juventud naciente ve la fuerza de los que decidieron un día, sin proponérselo, ser semilla de la eterna libertad y está seguro de que los más pequeños nunca tendrán el azadón como juguete ni las mismas pesadillas de su infancia. Ese fue su gran sueño. (AIN)