Moncada 50

Contribución de la Capital a la gesta del 26 (1)

Por Fidel Rendón Matienzo

El 26 de julio de 1890, aprovechando los carnavales de la época, el general Antonio Maceo pensó llevar a cabo una insurrección armada en Santiago de Cuba, la cual incluía asaltos a cuarteles como el Reina Mercedes, conocido posteriormente bajo el nombre de Moncada.

Sesenta y tres años después, un grupo de jóvenes revolucionarios ataca esa fortaleza, la segunda en importancia en el país, y la Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo.

Meses antes se lleva a cabo el entrenamiento militar y la labor de proselitismo, a la que se vinculan decenas de hombres y de mujeres en los distintos barrios de la entonces única provincia de La Habana.

Ello ocurre de julio de 1952 a enero 1953, cuando surgen las células de combatientes en las barriadas de La Ceiba, Coco Solo, Puentes Grandes, Cayo Hueso, Habana Vieja, Los Pocitos, Parque de la Fraternidad, Cerro, Plaza del Vapor, Lawton, Calabazar, Santiago de las Vegas y otros poblados.

En Artemisa se constituye otro combativo y numeroso destacamento de jóvenes revolucionarios.

Desde el apartamento de Elena Rodríguez y Manuel Hernández, padres de Melba, situado en Jovellar número 107, entre Espada y Hospital, se conspira y confeccionan uniformes de los futuros asaltantes.

Por esa época otro centro de trajín conspirativo contra el régimen de Fulgencio Batista es el apartamento de los hermanos Abel y Haydée Santamaría, en 25 número 603, casi esquina a O, en el Vedado.

De manera tal que si las acciones del 26 de julio de 1953 tienen como escenario a las ciudades de Santiago de Cuba y Bayamo, a La Habana le corresponde el mérito de su forja, al apartamento de 25 y O, su alma, y al de Jovellar, su corazón.

El Movimiento Revolucionario se forma sobre la base del sacrificio personal de sus integrantes, quienes para recaudar alrededor de 22 mil pesos, con los cuales adquirir los medios combativos, llegan a extremos tales como la venta de empleos, autos, muebles, laboratorios, utensilios domésticos y el empeño de otras propiedades.

Así, Ernesto Tizol vende la granjita que tiene en el barrio San Pedro, Cotorro; Oscar Alcalde, su laboratorio farmacéutico; Fernando Chenard, sus equipos fotográficos;Elpidio Sosa, su plaza laboral y Pedro Marrero casi todos los muebles de su casa.

Se necesitan uniformes del ejército pues en el momento de la acción, camuflados bajo el kaki de la tiranía, el factor sorpresa y la confusión que ello provocaría entre los soldados, contribuirían al éxito del ataque. Fidel, Abel y Renato Guitart son los únicos que saben que el asalto será contra los cuarteles Moncada y Carlos M. de Céspedes.

Esas ropas se adquieren por un primo del combatiente Pedro Trigo, llamado Florentino Fernández, enfermero del hospital de Columbia, un hombre de profundos sentimientos patrióticos y que repudia el golpe batistiano.

En el Salón de los Mártires de la FEU y otros lugares de la Universidad de La Habana desde septiembre de 1952 se realiza el entrenamiento militar, que comprende clases teóricas de tiro, arme y desarme, defensa personal y ejercicios tácticos.

El 22 de diciembre de ese año, Fidel decide pasar a una nueva fase con ejercicios prácticos de tiro y preparación física, empleándose para ello el Club de Cazadores en el Cerro y lugares de Calabazar, Los Palos y Catalina de Güines.

De abril a julio de 1953, en distintos comercios de la capital se compran 164 armas, entre escopetas calibres 12 y 16, fusiles 22, pistolas, una carabina, una subametralladora y 10 mil proyectiles.

Desde la ciudad y por ferrocarril se ejecuta poco a poco su traslado. Haydée Santamaría y Melba Hernández fueron las principales responsables de esta misión, en coordinación con Renato Guitart, quien las recibe en Santiago de Cuba.

Del 20 al 23 de julio del propio año, por indicaciones del Jefe del Movimiento y de su dirección, se procede a la selección y movilización de los combatientes que participarían en las acciones.

El 24 parten de la capital 153 combatientes: 107 son protagonistas del asalto al Moncada y 15 del Carlos Manuel de Céspedes.

De los 61 revolucionarios caídos en la entonces provincia de Oriente, 42 nacieron o residían en La Habana.

Ellos contribuyeron a que la principal urbe cubana fuera cuna, forja, corazón y alma de esa gesta, que reinició la guerra por la independencia definitiva de Cuba. (AIN)