Cuba
mi palabra sea XXXV

Por Mercedes
Santos Moray
Antes de la proclamación
del Partido Revolucionario Cubano, José Martí
pronunció, en el Hardman Hall, de Nueva York, el 17 de
febrero de 1895, el discurso que se conoce como "La
Oración de Tampa y Cayo Hueso", y en el que
valoró el periplo realizado por la Florida y la
trascendencia de la redacción, discusión y aprobación de
las Resoluciones, Bases y Estatutos secretos del Partido
Revolucionario Cubano.
Desde su
enfoque de la guerra y de la insurrección, una vez más
insistió entre sus compañeros que "la política (...)
es el estudio de los intereses públicos", razón
conceptual de toda su estrategia revolucionaria durante más
de un decenio de infatigable proselitismo.
"Yo
amo con pasión la dignidad humana. Yo muero del afán de
ver a mi tierra en pie. Yo sufro, como de un crimen, de cada
día que tardamos en enseñarnos todos juntos a ella. Yo
conozco la pujanza que necesitamos para echar al mar nuestra
esclavitud..."
Como él
mismo afirmó con vehemencia: "surge, una desde Cayo
Hueso a New York, el alma cubana, libre de los vicios que
parecían incurables..."
Y
es que los hombres, desde la virtud del amor a la patria,
supieron crecerse por encima de sus propias miserias y
escuchar el verbo fogoso de Martí, capaz de cosechar, tras
larga y muchas veces desgarrante siembra, "la promesa
que en 12 años de labor veníamos empeñando al país, que
hemos vigilado desde la oscuridad, que hemos deshecho y
rehecho, que hemos purgado y renovado, y cuando la patria, a
despecho de sus agoreros, se palpa el corazón, cualesquiera
que sean las llagas del cuerpo y el corte del vestido, ¡el
corazón está sano!".
Ya en
esta década del 90, cuando la prosa de Martí ha alcanzado
su plenitud expresiva, también se acrecienta la madurez de
su ideario político y revolucionario, tanto en la tribuna,
vía principalísima de comunicación pública, como en su
epistolario, apoyo sustancial de su verbo y de su obra apostólica.
Se
confirmaba así, en esta oración suya, el "programa de
unión de los cubanos", piedra sillar de todo su diseño,
donde logró conciliar los disímiles factores de una nación
sometida al coloniaje y a la política diversionista del
autonomismo en la Isla y también a las corrientes
anexionistas.
Las
jornadas de Tampa, las de Cayo Hueso, "aquel día
patrio que duró cuatro días, aquel triunfo de la idea
nueva, entre pabellones y entre palmas...", el diálogo
con los trabajadores en los talleres y con los jóvenes que
se sumaban a la batalla de sus padres y de sus abuelos, eran
para el Apóstol, "pruebas de la grandeza del corazón
de su país...".