Cuba
mi palabra sea XXXVIII

Por Mercedes Santos
Moray
En carta
fechada el 13 de septiembre de 1892, en Santiago de los
Caballeros, República Dominicana, José Martí, en su
calidad de Delegado del Partido Revolucionario Cubano ofrecía
al Generalísimo Máximo Gómez: "...no tengo más
remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y
la ingratitud probable de los hombres."
Pocas páginas hablan,
con tanta elocuencia, de la calidad humana y del sentido del
decoro de ambos como esa carta, tan distinta a aquella que
envió, el 20 de octubre de 1884, al propio caudillo
dominicano cuando Martí, entonces con 31 años, fijaba sus
principios.
Y si el
gesto y la valentía del Apóstol fue enorme al dirigirse a
Gómez, no fue menor la hidalguía y el honor del General en
Jefe cuando recibió al hombre en su hogar, y al patriota en
su corazón de cubano.
Porque si en verdad
había nacido en tierra de Quisqueya, su sangre derramada en
la nuestra, sus hijos muertos en la manigua, su propia
hombradía lo hicieron más cubano que nosotros.
Ambos se habían
reencontrado en otras circunstancias, fundado ya el Partido
y encargado Martí, por el consenso de los militares
patriotas consultados, de convencer al General para que
encabezara, ya con más de 60 años, al Ejército mambí,
como lo hizo cuando nos enseñó a convertir el machete,
instrumento de trabajo, en filoso y mortal acero en los
combates.
"Vd.
vio nublarse la libertad, sin perder por eso la fe en la luz
del sol." Así diría el poeta al guerrero, tocándole
las fibras más íntimas de su patriotismo. Y también,
desde el costado ético que los vincularía definitivamente
en nuestra historia, le recordaría "la amargura de la
vida consagrada al servicio de los hombres..."
Los dos encabezarían la guerra, y sembrarían la patria
desde la voluntad del heroísmo que, entonces para muchos,
parecía sólo una utopía.
Soñadores, vehementes
e igualmente apasionados, Martí y Gómez se fundirían en
una profunda amistad que salvaría los escollos de dos
recias y fortísimas personalidades.
Quizás, en el Generalísimo
haya encontrado el Apóstol algo de aquella fibra bravía de
don Mariano, y en Martí reconocería el soldado, la calidez
de sus hijos, la fiebre de sus sueños juveniles.
En el intercambio y en
el diálogo, brotarían las ideas más complejas: "la
guerra republicana que el Partido está en la obligación de
preparar, de acuerdo con la Isla, para la libertad y el
bienestar de sus habitantes, y la independencia definitiva
de las Antillas."
El ideario de Gómez,
su vivencia como líder del movimiento armado, su condición
de antillano universal permitieron al Delegado exponer las
tesis de sus valoraciones, donde Cuba era la célula
primaria de un proyecto político bien complejo, de grandes
trascendencias históricas: "Vd., que vive
y cría a los suyos en la pasión de la libertad cubana, ni
puede, por un amor insensato de la destrucción y de la
muerte, abandonarel retiro respetado y el amor de su
ejemplar familia, ni puede negar la luz de su consejo, y su
enérgico trabajo, a los cubanos que, con su misma alma de
raíz, quieren asegurar la independencia amenazada de las
Antillas y el equilibrio y porvenir de la familia de
nuestros pueblos en América."
Estas tesis la
volveremos a encontrar en el Manifiesto de Montecristi, el
programa político con el que se presenta al mundo la
Revolución cubana y que ambos firman sobre la base del
borrador escrito por Martí y discutido con Gómez, el 25 de
marzo de 1895, algo más de dos años después de haberse
escrito esta carta.
La "redención
del hombre" y la "libertad de la patria" serían
los pivotes del encuentro entre los dos mayores jefes de la
revolución, la base del intercambio de principios que
posibilitó saltar sobre los desencuentros de tiempos
pasados, y reunirlos en tierra dominicana, con el sol de
Cuba en el pecho bravo.