Cuba
mi palabra sea XXXIX

Por Mercedes Santos
Moray
El seis de octubre de
1893, y en las páginas de Patria, José Martí reflejó su
visita a Costa Rica y, además, alabó la obra que los
cubanos emigrados, encabezados por Antonio Maceo, habían
hecho en la colonia de Nicoya.
Muchas veces se vieron
el poeta que luego sería el Delegado y el soldado mambí,
quien sería el Lugarteniente General del Ejército
Libertador, desde 1884, cuando el llamado plan Gómez-Maceo
y el desafortunado diálogo que se produjo entre ambos,
mientras el Generalísimo se aseaba, en el Hotel de Madame
Griffou, en Nueva York.
Entonces se produjo la
ruptura del joven Martí con el proyecto insurreccional de
los heroicos generales. Vino el silencio hasta que se
volvieron a encontrar, al clamor de la patria, y unificaron
sus voluntades y, sobre todo, supieron vencer sus propias
pasiones de hombres.
Porque Martí y Maceo
tuvieron divergencias de criterios sobre los métodos del
combate y sobre la política en la conducción del proyecto
insurgente; pero entre ellos primó el amor a Cuba y eso los
enaltece, como la vida que entregaron en los campos de
batalla por la independencia.
De la pluma martiana,
en 1893, surgió una etopeya, el perfil del hombre que
protestó en Baraguá y que captó la prosa del Maestro:
"En Nicoya vive ahora, sitio real antes de que la
conquista helase la vida ingenua de América, el cubano que
no tuvo rival en defender, con el brazo y el respeto, la ley
de su república."
Desde su sensibilidad
humana y también por su capacidad lírica, Martí captaría
la esencia del héroe: "porque Maceo tiene en la mente
tanta fuerza como en el brazo."
Y aquel hijo "de
león y de leona" apareció en el retrato con la
bravura y la emoción, de los campos de Cuba libre: "De
vez en cuando sonríe, y es que ve venir la guerra."
Bien supo el Apóstol
de la hombradía de Maceo, y aquilató sus virtudes en la
obra de construir la patria libre: "Con el pensamiento
la servirá, más aún que con el valor".
Si alguna lección nos
dieron José Martí y Antonio Maceo fue la entrega de sus
vidas a una causa que, a muchos, parecía una utopía. La
intransigencia de principios, el valor y la ética que
alimentaron sus voluntades. De los dos sólo podemos hablar
con gratitud, admirados por la luz del sol, no por las
manchas.