Cuba
mi palabra sea XXXIV

Por Mercedes Santos
Moray
Afectado por una
broncolaringitis llegó el Maestro, por primera vez a ese
Cayo de almas, donde se escuchó su palabra en el breve
discurso que pronunció en el Duval-House, el 25 de
diciembre de 1891.
De Tampa se
alimentaba, incansable en su labor prosélita, fatigado y
con el cuerpo enjuto, pronto a aliviar "la dolencia física...
donde se "rejuvenecen sus bríos" entre sus
hermanos, y se empina el viajero -como se llamaría a sí
mismo--, presto a buscar la calidez del sol, fuera de
aquellas "tierras frías".
En aquella
"residencia temporal del extranjero", hijos e
hijas del destierro en tierra ajena, los trabajadores del
Cayo abrieron sus hogares al Apóstol y se sumaron a sus
hermanos de Tampa y Nueva York para dar inicio al fruto de
la unidad, y crear el Partido Revolucionario Cubano:
"lo que tiene de enérgico y sublime nuestro pueblo, de
grande y de sublime: ¡las águilas y las palomas!".
Vivía ya en "la
hora de los hornos", como escribió a su compañero,
José Dolores Poyo, desde Nueva York.
Si en Tampa se
aprobaron las "Resoluciones" por la emigración,
el 28 de noviembre, ahora en Key West se aprobarían, luego
de redactarse y discutirse con los emigrados, en la noche
del cinco de enero de 1892, las "Bases del Partido
Revolucionario Cubano", después del fecundo diálogo
sostenido, durante días y noches, tras haber sido
presentado en el Club San Carlos, de Cayo Hueso, el tres de
enero, por el patricio José Francisco Lamadriz, presidente
de la Convención Cubana.
Estos últimos años
de su vida se dedicarán, plenamente, a la obra de organizar
el Partido y la guerra, de articular los planes de la
insurrección, de llevar a la Isla el proyecto de la
revolución martiana, nacido "del equilibrio de las
fuerzas sociales", como se afirma en las
"Bases", para con una guerra "generosa
y breve", "asegurar en a paz y el trabajo la
felicidad de los habitantes de la Isla."
En un movimiento
armado, de sustancia política y revolucionadora, de donde
brotaría la "independencia absoluta de la Isla de
Cuba", al tiempo que se fomentaría y auxiliaría la de
la hermana Puerto Rico.
Los discursos de Tampa
y Cayo Hueso, como antes los cinco pronunciados por Martí
en los aniversarios del 10 de octubre, en Nueva York,
articularían un pensamiento coherente y unitario, que daría
una proyección nueva, por su naturaleza política y social,
y su entramado popular y democrático al proceso
insurreccional.
Martí, como ideólogo
de la Revolución cubana, con sólo 39 años de edad,
continuaba la obra de Carlos Manuel de Céspedes en la
Demajagua y de Ignacio Agramonte en Las Clavellinas y Guáimaro,
en respuesta a la Protesta de Baraguá, sostenida en la
manigua virilmente por Antonio Maceo.
Con el concurso de los
"factores históricos y políticos de dentro y fuera de
la Isla" se creaba el Partido, y desde entonces se diseñaba
"la fundación de la nueva República indispensable al
equilibrio americano."