Cuba
mi palabra sea XXXIII

Por Mercedes Santos
Moray
Dos de las más
importantes piezas oratorias de José Martí fueron
pronunciados el 26 y el 27 de noviembre de 1891, en la
ciudad de Tampa ante la emigración cubana.
Allí, invitado por el
Club Ignacio Agramonte comenzaría a tomar forma el Partido,
en aquel rincón levantado por manos trabajadoras que lo
recibieron, emocionadas, bajo la lluvia y que le escucharon,
primero en el Liceo Cubano pronunciar el discurso conocido
como "Con todos y para el bien de todos" y, después,
y en la velada de homenaje a la Convención Cubana, decir
otro no menos memorable, el de "Los pinos nuevos".
En ambos se clamaba a
favor de la unidad de todos los patriotas, y también por la
construcción de una república equitativa y moral, nacida
de una guerra de fines políticos, donde la ley primera sería:
"el culto de los cubanos a la dignidad plena del
hombre."
Desde la eticidad
martiana se elevaba el verbo, y la elocuencia del tribuno
tocaba en los corazones y en las mentes, desde el ejercicio
de la patria que los propios emigrados habían construido,
en el duro exilio, para ganar con el sacrificio de las
vidas, la patria para todos en momentos cruciales:
"tenemos el amor
en el corazón, los ojos en la costa, la mano en la América
y el arma al cinto..."
Entre metáforas e imágenes
se desplegaban los conceptos, "a caballo, peleando por
el país, al pie de una palma", para edificar una
sociedad de justicia, donde reinase "la armonía de la
equidad", y no la colonia "disfrazada con el
guante de la república", asimilada la experiencia de
nuestra América en el discurso político del Apóstol.
Frente al miedo a las
tribulaciones y a los sacrificios que impondría la guerra,
a la cólera y la ira, aparecía la fórmula martiana del
"amor triunfante", esa que se nutría de la fe de
los trabajadores, y empuñaba la espada porque: "De
altar se ha de tomar a Cuba para ofrendarle nuestra vida, y
no de pedestal para levantarnos sobre ella."
Ante los patricios que
mantuvieron vivo el ideal de la independencia en el
destierro, a hombres como Lamadriz y Figueredo, a los
heroicos miembros de la Convención Cubana "el
pensamiento se niega al luto", al decir de Martí,
porque "viene la ola de un pueblo que marcha."
Apelativo al heroísmo,
honra a la tumba abierta en el holocausto de las contiendas
en la manigua, y al cáliz del exilio, era también su
segundo discurso una fuerte arenga, dirigida a las nuevas
generaciones, a esos pinos nuevos que cantarían, en la
manigua, "el himno de la vida", como lo hicieron
sus padres y sus madres.
Negros y blancos,
hermanados por la libertad y la patria, sumados los españoles
generosos, en el camino de una guerra que él llamó
necesaria, y de la que nacería la república digna, como
contribución de Cuba al equilibrio del mundo y a la propia
independencia de las Antillas y de la América nuestra. Obra
de madurez, luego de doce años de venturas y desventuras,
de silencio y oscuridad, donde se abría la luz con la unión
de los combatientes, y la entrega generosa del pan y de la
vida a la causa de la revolución.