Cuba
mi palabra sea XXXI

Por: Mercedes
Santos Moray
En el último discurso
pronunciado ante la emigración cubana, reunida en los
salones del Hardman Hall, de Nueva York, el 10 de octubre de
1891, donde concluye todo un cuerpo ideológico en la
batalla de ideas para unir las fuerzas patrióticas, desde
1887, ya Martí califica el peligro que, para la
independencia de Cuba, significaba la avidez de los
políticos norteamericanos: por lo que no se podía entregar
“la suerte del país de nuestras entrañas al buitre que
acecha ya gangrena que corroe...”
Allí puntualizaba en
el estudio que venía realizando, desde los años 80 y en la
oscuridad, de “las causas reales y complejas de la derrota
de la Revolución”, y levantaba el “alma de la isla”
con los brazos abiertos para todos los cubanos, porque “no
queremos revolución de exclusiones ni de banderías”, una
república trabajadora, como entonces la califica
tempranamente, con negros y blancos, que acoja también a
los españoles honrados, y con el conocimiento y análisis
de las experiencias de otras repúblicas hispanoamericanas,
de “los errores de ambas Américas...”
Después de este
discurso, en Nueva York, comenzaría su periplo por la
emigración cubana, en Tampa y Cayo Hueso, en la tarea
urgidora de reunir voluntades y de crear el Partido
Revolucionario Cubano.
La Patria renace en
nuevos métodos políticos para encauzar la guerra y
promover la insurrección armada en un consenso donde se
subrayaban las virtudes y no los defeectos, porque para
Martí: “...todo el que sirvió, es sagrado...”
De la Isla brotaba el
canto de la Revolución, el reclamo de la impaciencia, y de
la memoria histórica el alimento de nuestra libertad: “¡nosotros
no somos aquí más que el corazón de Cuba, en donde caben
todos los cubanos!”.
La palabra martiana,
crecida desde su oratoria, como expresión materializada de
su proselitismo y de su propio apostolado, suple la
escritura que sólo encontrará, a partir de 1892, la vía
de Patria y de un profuso epistolario donde siembra a favor
de la unidad.
Todavía, en aquel
octubre de 1891, no era la hora “de soltarle el freno a la
cabalgadura, pero que la cincha se la hemos puesto ya, y la
venda se la hemos quitado ya, y la silla se la vamos a
poner, y los jinetes...¡los corazones están llenos de
jinetes! La miseria cría magníficos jinetes. Lavisión del
padre glorioso hace jinete al hijo.”
Ya en aquella
generación de emigrados, donde confluían diversas
tendencias y criterios, edades y experiencias, hombres y
mujeres, él sentía el paso de la caballería y el temor de
los enemigos.