Cuba
mi palabra sea XXX

Por:
Mercedes Santos Moray
Durante
más de una década la prosa periodística
martiana,
en la gran prensa hispanohablante de continente
e, incluso, en los diarios de la emigración
cubana fueron denunciando la compleja madeja
de la política norteamericana, las contradicciones
de una república que emergía, como él
la llamó, como una potencia imperial, como la
nueva
Roma americana.
Esta
realidad no fue desconocida por las
autoridades
de los Estados Unidos, y mucho menos por
el secretario
de Estado James G. Blaine que aspiraba
a la nominación
presidencial. Por eso,cuando el
gobierno de la República Oriental del Uruguay
nombra a Martí
como delegado de aquella nación
sudamericana ante
la Comisión Monetaria Internacional
Americana comienzan los rejuegos políticos
para impedir la presencia del cubano en las
sesiones del cónclave.
No
importaba que ostentase la representación
consular
de Uruguay, Paraguay y la Argentina en Nueva York. Su
intrínseca vocación latinoamericanista,
su ideario independentista,
y su
pupila crítica lo hacían persona non grata para
el gobierno norteamericano.
De
ahí que no pueda asistir a las primeras
deliberaciones
y sólo incorporarse a partir de la segunda
sesión, en Washington, desde el 4 de febrero
de 1891. Y ser designado, junto a los delegados
de Brasil y
Colombia como miembro de la Comisión
de Credenciales,
desde la tercera sesión y
de integrarse,
activamente al debate del que dejaría
constancia, en su crónica publicada en La Revista
Ilustrada, de Nueva York, en mayo de 1891, mes en el
que aparecería su última crónica a
La Nación.
Su
valoración, sustentada en sólidos análisis
económicos
y políticos, presenta la desigualdad entre
las naciones latinoamericanas y el coloso norteño,
enfrentamiento que en el lenguaje contemporáneo
conoceríamos con el diálogo sur-norte.
“Dos
cóndores, o dos corderos, se unen sin tanto
peligro
como un cóndor y un cordero.” Dirá en su lenguaje
metafórico, aquel periodista de sólo 38 años
de edad, pero de una mirada aguda, de luz larga,
que superaba el
concierto de otros delegados
latinoamericanos.
Haber
sabido maniobrar, con inteligencia, por su
conocimiento
de las desavenencias existentes entre
los intereses argentinos y uruguayos, ceñidos a
la
órbita de la influencia europea, y en específico
inglesa, con los más profundos intereses
históricos y políticos de los pueblos de
nuestra América, y en defensa de la propia independencia
de Cuba, fue también una de las lecciones
martianas de su altísimo
nivel como político
y como ideólogo de resonancia continental.
No
estaba equivocado Blaine al considerarlo un
peligro
para sus propósitos. “A todo convite entre pueblos
hay que buscarle las razones ocultas.
Ningún
pueblo hace nada contra su interés; de lo
que
se deduce que
lo que un pueblo hace es lo que está
en su interés.
Si dos naciones no tienen intereses
comunes, no
pueden juntarse. Si se juntan
chocan.”