Cuba
mi palabra sea XXVIII

Por: Mercedes Santos Moray
En diciembre de 1890, y en una tertulia entreamigos,
donde se rendía tributo al poeta cubano Francisco Chacón,
Martí leyó, en público, sus Versos Sencillos,
todavía inéditos que sólo se publicarían, como
él mismo confesó en su prólogo, se imprimieron, en
1891, “porque el afecto con que los acogieron, en
una noche de poesía y amistad, algunas almas buenas, los ha hecho público.”
Aquellas redondillas suyas, de manifiesta voluntad estilística,
expresaban una estética: “...porque amo la
sencillez, y creo en la necesidad de poner el sentimiento
en formas llanas y sinceras.”
De profunda hondura autobiográfica, esos poemas reflejaban una especie de viaje interior por la vida del
hombre, en el discurso lírico y más íntimo de su escritura.
Habían nacido en momentos de profunda crisis existencial, a raíz de aquella primera Conferencia
Panamericana,
celebrada en la capital estadounidense, de
1889 a 1890, en “aquel invierno de angustia, en
que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos.”
Los mismos que serían convocados, después, al convite no
menos peligroso de la Comisión Monetaria Internacional,
donde el imperio del norte volvía a la carga,
armado con sus productos y finanzas, para apropiarse
de nuestros mercados nacionales y de nuestras
materias primas, e imponernos una moneda
única, que le permitiría controlar el comercio
continental y ceñir, a los pueblos de nuestra América,
a su órbita.
En ese contexto político e histórico surgieron los
poemas de los
Versos Sencillos, ese latido doloroso y
desgarrado donde Cuba es protagonista de la vigilia martiana:
“Y la agonía que viví, hasta que pude confirmar
la cautela y el brío de nuestros pueblos; y el
horror y la vergüenza en que me tuvo el temor
legítimo de que pudiéramos los cubanos, con manos
parricidas, ayuda al plan insensato de apartar a
Cuba, para bien único de un nuevo amo disimulado, de la patria que la recama y en ella se completa, de la
patria hispano-americana.”
Ajeno a la poesía artificial, inserto en las
vivencias y angustias cotidianas de nuestros pueblos y, en
especial, atento al futuro mediato e inmediato de
la Isla, Martí escribió este cuaderno, uno de los
tres libros orgánicos que produjo en su lírica, y el segundo que publicó en vida, después de haber
editado, a casi una década de su Ismaelillo y que no tiene otro registro igual al suyo en la poesía de nuestra América, sólo mensurable en su espíritu y en
su sensibilidad, con aquellos poemas del andaluz-castellano que fue don Antonio Machado, con quien
el cubano se
identifica desde esta estética de una aparente
sencillez que resulta, en esencia, un cuaderno de complejísima elaboración poética.