Cuba
mi palabra sea XXVII

Por Mercedes
Santos Moray
El cuarto
discurso pronunciado por José Martí ante la emigración
cubana en el Hardman Hall, de Nueva York, el 10 de octubre
de 1890 subrayará que "...el verdadero hombre no mira
de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el
deber...".
Desde esa
definición de principios revolucionarios, el Apóstol
sustancia su oratoria, donde "la patria trabajadora de
mañana" comienza a perfilarse en la batalla por la
independencia, donde se suman hijos y padres, las banderas
de Lares y de Yara, el balance crítico de nuestra historia.
"Porque nuestra
espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la
dejamos caer nosotros mismos..."
Obra de
recuento y forja ideológica de la guerra necesaria, la
oratoria martiana analiza los yerros del pasado, valora la
tregua, y dirime principios insoslayables para articular la
nueva revolución que continúe la obra iniciada por los
padres fundadores en el 68.
Preparar
"y unir, que es el deber continuo de la política en
todas partes, lo era esencial, por causas propias, de la política
cubana...", esa que se nutre del recuento de nuestra
historia desde el verbo de Martí, en pos de acumular
"los elementos necesarios para que la guerra sea corta
y justa..., la que cinco años después comenzaría en la
manigua bajo su dirección
política y revolucionaria.
Ideólogo
que hizo suyo el legado de los "padres evangélicos de
nuestra libertad" y fue continuador de los hombres y
mujeres de Guáimaro, la Demajagua, las Clavellinas, en cada
uno de estos cinco discursos hizo obra de unión, para
superar rencores, animadversiones, resentimientos, heridas
entre los patriotas, dentro y fuera de la Isla.
Ya en
este discurso asoma la crítica a la "república
rapaz" tan peligrosa para la independencia patria como
el partido español que intentaba perpetuar la colonia en
Cuba, y sembraba diferencias de clases, de razas, de etnias
y culturas en la sociedad que había emergido de la guerra y
que vivía la tregua.
Ante esos argumentos oponía Martí el
principio sagrado de la unidad, con el fuego que nos llamaba
a levantar la patria grande en los brazos para concluir el
proceso de la independencia de nuestra América, inspirados
en los espíritus de San Lorenzo y de Jimaguayú.
"Si
el clarín suena de allá, con todo lo que tengamos hecho,
iremos a donde nos llame el clarín." Armados con las
lanzas que "recogimos de las manos de nuestros
muertos."
Y con la
misma impaciencia que en el 68, alentado el ejército por
los muertos sublimes, prestos a impedir, con lucidez desde
entonces, en el ideario martiano, que nos gobierne un vecino
poderoso que alimentó su propia libertad sobre la
esclavitud de otra raza y el menosprecio de los pueblos de
nuestra América.