Cuba
mi palabra sea XXV

Por: Mercedes
Santos Moray
Desde 1889 hasta
1890, se celebró en Washington la Conferencia Internacional
Americana que, sus propios auspiciadores, calificaron
tempranamente como "panamericana", concepto este
que se perfilaría después para consolidar lo que se llamaría,
a partir de los años 40 de la pasada centuria, como
neocolonialismo.
Bajo la égida del
secretario de Estado James G.Blaine, a esa reunión no
asistieron todas las naciones de nuestra América, pues Haití
y la República Dominicana estuvieron ausentes, porque como
señalara José Martí en sus crónicas a La Nación
de Buenos Aires, ambos países negaron su concurso a un cónclave
realizado por los Estados Unidos, que pretendía
obtener territorio de ambas naciones antillanas para sus
bases navales.
Divergencias entre
los delegados latinoamericanos, tendencias claramente
anexionistas hacia Cuba, trazado de una política imperial
fueron algunos de los elementos caracterizadores de aquella
reunión donde "el peligro para Cuba arrecia...",
al decir de Martí en carta a su amigo Gonzalo de Quesada.
Nunca sintió el
Apóstol, como entonces, la gravedad del problema
anexionista y la urgencia de fomentar en la conciencia de
los cubanos de la emigración y de la Isla, así como también
en la de los latinoamericanos, un "partido
anti-anexionista".
El Maestro sufría
los embates del vendaval que tenía su epicentro en
Washington: "Vigilar es lo que nos toca...",
confesará también en carta a su discípulo Gonzalo de
Quesada y Aróstegui, como denunciará en las crónicas el
entramado de una política imperial que ya intentaba adueñarse
de nuestras riquezas naturales, de nuestros incipientes
mercados nacionales y llevar a nuestra América a la virtual
dependencia de la economía norteamericana.
En esta
conferencia se crearían las semillas de la otra, la de la
Comisión Monetaria que se celebraría, igualmente en la
capital estadounidense, en 1891 y a la que Martí asistiría
no sólo como el cronista lúcido, sino como uno de los
delegados.
Para el exiliado
cubano, echado allí por la tormenta, había llegado, como
para nuestra historia "la determinación de escribir,
en una tierra que no es libre todavía, la última estrofa
del poema de 1810..." y ganar para el equilibrio de América
y del mundo tal vez, con la independencia de Cuba y de
Puerto Rico, un espacio de soberanía y decoro, con la
urgencia de superar el pasado colonial.
Ante las
divisiones emergía, también aquí, la divisa martiana de
la unidad para que el pueblo y la nación norteamericanos
respeten "...no, como siervos futuros ni como aldeanos
deslumbrados, sino con la determinación y la capacidad de
contribuir a que se la estime por sus méritos, y se la
respete por sus sacrificios..." a nuestra patria
grande, a la América que late desde el Río Bravo a la
Patagonia.