Cuba
mi palabra sea XXIV


Por: Mercedes
Santos Moray
El tercer
discurso del 10 de octubre, pronunciado por José Martí en
el Hardman Hall, de Nueva York, constituye uno de sus más
afilados alegatos contra las corrientes del autonomismo que
confundían, entonces, a muchos cubanos en la Isla.
"Honra y respeto merece el cubano que crea sinceramente
que de España no puede venir un remedio durable y
esencial..." diría entonces, como también fustigaría
al "partido autonomista, al que calificó como "a
esos enemigos de la república, a esos aliados convictos del
gobierno opresor, ¡ni honra ni respeto!".
Nuevamente el verbo martiano, desde su obligado exilio,
contribuye a deslindar los campos y a clarificar el debate
ideológico en Cuba, porque su discurso no sólo estaba
dirigido a su auditorio, en aquellos salones neoyorquinos,
sino para cuantos recibieran el mensaje, en medio de una
crisis social que no tenía otra salida que no fuese la
guerra nacional liberadora.
"Es
que el partido autonomista, por su debilidad, su estrechez y
su imprevisión, ha hecho mayores los peligros de la
patria." Y es que para reunir a los cubanos, unificar
las voluntades patrióticas resulta, también
imprescindible, asumir la batalla en el terreno de las
ideas.
Las páginas
de las pasadas contiendas en la manigua, aquellos tiempos
que él calificó de "maravillosos" volvían a
revivir en su palabra, "deudor de la patria",
impelidos para pagar con sangre el tributo a los mártires y
a los héroes.
La
diversidad de la nación cubana, en sus orígenes étnicos y
culturales, y la integración de todos en una nacionalidad,
desde los días de la Demajagua, volvían a potenciar el
verbo de Martí, y lo armaba "a la luz del incendio de
la casa paterna", al rememorar las jornadas de Bayamo.
Así,
"con el poder de la tempestad en la mano y la limpieza
del cielo en la conciencia", avanzaba la unidad de los
patriotas, dentro y fuera de la Isla, en la lucha ideológica
que el Maestro reconocía como un tránsito insoslayable
antes de llegar a tomar nuevamente los aceros, los corceles
y las balas.
La
batalla sin cuartel contra el autonomismo era, para el Apóstol,
un proceso previo, y también necesario, para desenmascarar
a quienes, bajo el rubro de la paz y del miedo a la guerra,
intentaban mediatizar las conciencias y manipular mentes y
corazones.
"No
es que no debió existir el partido de la paz, sino que no
existe como debe, ni para lo que debe. Es que jamás ha
cumplido con su misión, por el error de su nacimiento híbrido,
por falta de grandeza en las miras. Es que no abarca, en la
lucha del país contra sus opresores, todos los elementos
del país."