Cuba
mi palabra sea XXI

Por Mercedes Santos
Moray
En
noviembre de 1887 José Martí preside la Comisión
Ejecutiva, electa en reunión de los emigrados, que tendrá
como superobjetivo reiniciar la lucha por la independencia
de Cuba.
Luego, en
diciembre de ese mismo año, estará entre los firmantes de
la carta circular que se dirige a los Mayores Generales Máximo
Gómez y Antonio Maceo. La guerra ha comenzado.
Por eso,
ya el 10 de octubre de 1868, cuando es uno de los oradores
del acto conmemorativo del alzamiento en el Masonic Temple
de Nueva York, su discurso no sólo lleva "la agonía
del destierro" sino, y sobre todo, el mensaje
articulado "de un pueblo hambriento de justicia
real", el mismo que vivió en dos guerras -la de Yara y
la Chiquita- la grandeza de ser libres, la virtud que nació
de la ley del amor, desde el filo de los machetes.
En esta
oratoria abordaría el Apóstol problemas que estaban aún
latientes en la comunidad cubana, dentro y fuera de la Isla:
la actitud ante los españoles en general cuando estallase
la nueva contienda y el racismo, a pesar de haber sido
abolida ya la esclavitud en la colonia, como una de las
consecuencias de la guerra patriota.
Así,
tempranamente, en 1888 afirmará que "no nos animan
odios ciegos contra el español, ni hemos de continuar
esclavizando con nuestras preocupaciones al hombre negro que
redimimos ayer con nuestra bravura, y murió a nuestro
lado..."
Porque
ambos temas fueron continua y sistemáticamente utilizados
por las autoridades coloniales y, especialmente, por las
corrientes autonomistas para contrarrestar la ola
revolucionaria y el estallido de la guerra.
Otra
preocupación, no menor, será la del caudillismo, la de
cualquier sombra de despotismo, expresa y confesa en tantas
repúblicas latinoamericanas, muchas de las cuales conoció
el propio Martí durante sus estadios en México, Guatemala
y Venezuela.
La
conjugación de estos elementos, la reflexión a viva voz,
entre los emigrados, fue pivote de un accionar ideológico
para construir la unidad como se evidencia en este, su
segundo discurso del 10 de octubre, que junto a los otros
cuatro que pronunciará en esa fecha patria, servirán de
doctrina política a su apostolado.
"Nosotros somos espuela, látigo, realidad, vigía,
consuelo. Nosotros unimos lo que otros dividen. Nosotros no
morimos. ¡Nosotros somos las reservas de la patria!".