Cuba
mi palabra sea XXIII

Por: Mercedes Santos Moray
De julio a octubre de
1889 se publicó la revista para niños y niñas La edad de
oro, financiada en la ciudad de Nueva York por el brasileño
Aaron D'Acosta Gomes y cuyo redactor sería José Martí.
El cubano estaría
encargado de todo el material, nacido de su escritura, de su
formato, diseño, selección de viñetas e ilustraciones, de
su espíritu mismo.
Quienes le conocían,
manifestaron al Apóstol su desconcierto al verlo inmerso en
una "nimiedad" como esa de escribir para la
infancia. Ante tales prejuicios, su palabra vehemente
defendió la que él mismo llamara "empresa de corazón,
y no de mero negocio".
Y es que
en la sustancia de aquellos cuatro ejemplares, interrumpida
la edición cuando el dueño del negocio editorial quiso
imponer sus dogmas, en aquellos volúmenes está también lo
mejor de la prosa, de la fantasía martianas.
En las
adaptaciones de los cuentos de autores de diversas culturas,
como en su Meñique, o en la escritura de sus narraciones
originales, como las de Bebé y el señor don Pomposo, Nené
traviesa y la Muñeca negra, hay un despliegue de eticidad y
una sensibilidad para cultivar la inteligencia, sentimientos
y emociones de sus jóvenes lectores.
Para las niñas
y los niños trabajaría el "padrazo", para que
los caballeritos del mañana y las damitas tuvieran de qué
hablar cuando forjasen sus hogares, para que el diálogo
fluyera desde los corazones.
Martí
amplió los horizontes con la ciencia, la cultura, el arte,
la historia, e introdujo espacio para la reflexión sobre
temas tan plurales como hábitos, tradiciones, costumbres de
países, entonces tan desconocidos, por encontrarse en la
llamada periferia, como el Anam, es decir, los pueblos de
Indochina.
Llevó su
revista a penetrar en la sustancia de la patria grande,
nuestra América, desde sus padres fundadores -véase Bolívar,
San Martín e Hidalgo- y también, en una virtual
clase de antropología social, a enseñar la igualdad de la
especie humana, más allá de las anticientíficas y, sobre
todo, antihumanas teorías de las diferencias raciales.
El mostró
la historia de la Conquista desde las anécdotas del Padre
Las Casas, introdujo el espíritu en los relatos sobre músicos,
poetas y pintores, despertó el amor por la naturaleza desde
el canto del ruiseñor y educó, al tiempo que ilustraba,
sobre la belleza y la bondad en un implicito diálogo entre
la ética y la estética.
A más de una
centuria de su publicación, La edad de oro muestra la
urdimbre precursora de su obra, los valores morales y
conductuales de su lectura, y la valía literaria de su
prosa, de una poética totalmente cuajada, la misma que
respirará en los Versos Sencillos, escritos por Martí en
1890.