Cuba
mi palabra sea XX

Por Mercedes Santos
Moray
En
las páginas de un periódico de la emigración en Nueva
York, El Avisador Cubano, apareció el 10 de octubre de 1888
el artículo martiano sobre Céspedes y Agramonte.
Con 35 años
de edad y en la plenitud de su madurez, la historia de Cuba
es objeto de análisis en José Martí y desde ella valida
su discurso en pro de unificar voluntades, dentro y fuera de
la Isla.
Las dos
etopeyas sobre las figuras claves de la Guerra Grande, el
Padre de la Patria y el Mayor, en las cuales estudia sus
caracteres, personalidades y el accionar en la
insurrección, sirven a Martí para introducirse en el
debate ideológico y fecundar el pensamiento de la revolución.
Esos héroes,
en apretada síntesis, conducen a la valoración de las
complejidades de una República en Armas que nació del
coloniaje, y sufrió también sus manquedades.
En las
divergencias entre ambos estuvo, de una parte, aquel Céspedes
que "por sus vías bruscas y originales" quizás
nos hubiera llevado "a la libertad antes que por las de
sus émulos" y que jamás perdió la dignidad de la
patria, ni cuando se le oscurece el semblante, y vuelve a la
soledad en los montes, "cuando se lo manda el país, y
muere disparando sus últimas balas contra el enemigo, con
la mano que acaba de escribir sobre una mesa rústica versos
de tema sublime."
Y, por
otra, se halla el Bayardo, "aquel diamante con alma de
beso", el mismo que defendía el espíritu de la ley
con el acero sobre las llanuras de su Camagüey y que, altísimo
en su decoro, jamás permitió que se criticase, en su
presencia, al presidente de la república.
Tanto uno
como el otro permitieron a Martí adentrarse en las heridas
enconadas de la guerra, y ascender al amor.
Si alguna
duda hubiera de la capacidad martiana para calar en los
hombres, para articular desde la historia -interpretada
hasta en sus más pequeñas interioridades- la obra de la
unidad, bastaría este texto para reconocer su pensamiento
revolucionario, que le permitió aprehender la sustancia de
nuestro patriotismo para construir el partido donde fusionó
a todos.
Muchas
horas de insomnio y pensamiento, de fatigosareflexión, de
acallar las pasiones y ahondar en las raíces le tomó Cuba
a Martí.
En estos
brevísimos apuntes sobre la "juventud apostólica",
la que forjó la Carta Magna en Guáimaro y deseó crear una
república en medio de las contradicciones heredadas del
coloniaje, se ve la agudeza de Martí.
Aquí se hallan
sus meditaciones para no errar en el futuro, en el diseño
de una estructura política que no cercenara el movimiento
del ejército, pero que hablara siempre con el lenguaje de
la moral y del espíritu de la justicia, sólo en beneficio
del pueblo que alimenta las raíces de la patria.