Cuba
mi palabra sea XVIII

Por Mercedes Santos
Moray
De sus 42
años, José Martí pasó tres lustros, los de su madurez,
en Nueva York.
En el
-ayer como hoy- centro neurálgico de la sociedad
norteamericana el cubano vivió desde 1880 a 1895
(descontando los seis meses que residió en Venezuela, de
enero a julio de 1881) Por la cercanía a su
Isla, por las potencialidades intelectuales y como red de
nervios que le permitía fluir su pensamiento y su accionar
por Nuestra América, la llamada Babel de Hierro fue su
laboratorio natural, el que le permitió conocer
directamente el proceso histórico de la nación que
entonces era el paradigma de la modernidad.
De tales
conocimientos salió enriquecido, y no mimético, amplio y
no deslumbrado en su apreciación de luces y sombras de los
Estados Unidos. Y en esa compleja madeja,
apreció los valores de aquella cultura, sus aciertos en el
desarrollo científico, técnico y político, dentro del
horizonte de las tres últimas décadas del siglo XIX. Por
eso, Martí fue distinto a los otros patricios
latinoamericanos, muchos encandilados por una historia que
no conocían como él.
El
aplaudió cuanto hubo de merecer elogios y criticó
negativamente cuanto le pareció justo hacerlo. También
pudo adentrarse en la obra de escritores, artistas, filósofos,
políticos, y así reflejar en sus crónicas a figuras
como la del poeta Longfellow, el pensador Wendell Phillips,
el filósofo Emerson y la voz lírica más notable de
aquella nación en aquellos tiempos fundacionales: Walt
Whitman.
En su crónica
sobre Whitman dejó una de sus más lúcidas aseveraciones,
de valor conceptual para abordar cualquier manifestación o
registro dentro del amplio horizonte de la cultura:
"Cada estado social trae su expresión a la literatura,
de tal modo, que por las diversas fases de ella pudiera
contarse la historia de los pueblos con más verdad que por
sus cronicones y sus décadas."
Cuando
otros rechazaban la explosión de sensualidad de Whitman, ni
podían entender su expresión de libertad, la eclosión en
su poética del "hombre moderno", Martí tuvo el
privilegio de entregarnos, a los lectores de ayer, de hoy,
de mañana, la expresión de su agudeza crítica : "El
lenguaje de Walt Whitman, enteramente diverso del usado
hasta hoy por los poetas, corresponde, por la extrañeza y
pujanza, a su cíclica poesía y a la humanidad
nueva...".
Eso lo
escribió el Apóstol en 1887, en una de las más hermosas etopeyas
que dedicó a los grandes norteamericanos de su época.