Cuba
mi palabra sea XLVI

Por Mercedes Santos
Moray
Uno de
los más profundos afectos de José Martí fueron los lazos
filiales que estableció con María Mantilla y Miyares, su
"Maricusa", aquella niña que bautizó en enero de
1881, antes de partir hacia Venezuela.
La sangre podría
hablar de paternidades, aunque en verdad, el amor de padre
que le profesó Martí a María nació del espíritu, donde
germinaron el cariño y la virtud.
"Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento, y
respeto. ¿En qué piensa mi hijita? ¿Piensa en mí?",
así le escribió a la jovencita que todavía no había
cumplido los 15 años, el nueve de abril de 1895, desde Cabo
Haitiano, dos días antes de desembarcar en las costas de
Playita de Cajobabo.
Era la
pequeñuela a la que le había dejado, como tesoro, su
biblioteca, organizado un plan de estudio y de trabajo, para
ella y para su hermana Carmita, y la voluntad de crear una
escuela; a quien, en los momentos previos a la guerra, le
orientaba en el arte de la traducción y de la enseñanza.
"Espérame,
mientras sepa que yo viva. Conocerá el mundo, antes de
darte a él. Elévate, pensando y trabajando." Y le
daba consejos, mientras le hablaba de sus experiencias
quijotescas, de sus quebrantos y reveses, a la que recordaba
con el cariño de un beso en la frente.
En el
proceso de su propia madurez, esa personita, al igual que la
joven Carmen Mantilla le habían ayudado, porque gracias a
ambas, él había ido venciendo la visión edulcorada de la
mujer, y cobrado respeto a la necesidad del trabajo en las féminas,
para que desde su propia independencia, pudieran escoger al
compañero de sus vidas.
Y le insistía a la
adolescente, en fecha tan simbólica como el 25 de marzo de
1895, día en el que firmara el Manifiesto de Montecristi:
"Pongan la escuela. No tengo qué mandarles-más que
los brazos. Y un gran beso...". En ese mismo espacio de
tiempo escribió a doña Leonor la carta de despedida.
A la madre de su María, a la buena Carmen
Miyares recordará: "Y no le dejes solo el pensamiento
a tu mamá. Rodéala y cuídala."
Este apunte es del 19
de febrero. Después, y desde la manigua, a la noble compañera
y a sus hijas escribirá, como un desaguadero, en los
momentos de soledad.
Ya, en el vapor
Athos o desde tierra haitiana, le había escrito: " No
tengas nunca miedo a sufrir. Sufrir bien, por algo que lo
merezca, da juventud y hermosura."
No
es la polémica banal entre biógrafos, más o menos
rigurosos, ni el chisme historiográfico lo que nos interesa
sobre una posible o presunta paternidad, sino el amor y el
diálogo que entre Martí y María se produjo, ese que a
veces, desgraciadamente, no se da entre padres e hijos.
Ese grado del afecto
nos los dio cuando escribió a la muchacha de 14 años,
desde Cabo Haitiano, en 1895, con cierta dosis de
ingenuidad: "voy dentro de esta carta a darte un
abrazo...".