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Cuba mi palabra sea  

Por Mercedes S. Moray 

La autora es colaboradora de la AIN

 

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 Cuba mi palabra sea XLVII 

Uno de los mayores afectos de José Martí fue el amor de su madre. Mujer sensible, con algunas letras, trabajadora y fuerte de espíritu, doña Leonor amó intensamente a su único varón, en el que había depositado muchos de sus sueños, esperanza lógica en una sociedad eminentemente patriarcal, donde se insertaba una familia que, como la de los Martí-Pérez, tuvieron muchas hembras.

De notable espíritu, ella fue quien sacó a su hijo del presidio, acudió repetidamente ante las autoridades de la Colonia, la que junto a las gestiones de don Mariano, su esposo, obtuvo la deportación para que su Pepe continuase estudios en la península.

Era la matrona que, escéptica ante las miserias cotidianas de la vida, no creía justo el sacrificio de su José Julián, temerosa como siempre lo fue, de la ingratitud del género humano.

 "Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida...", escribió el Apóstol en su carta de despedida, fechada el 25 de marzo de 1895, en Montecristi.

Aquella había sido una polémica viva entre los dos, sólo aplacada por el dolor, la enfermedad, la depresión del hijo amantísimo cuando se vio separado de su José Francisco y comenzó a experimentar, en carne propia, la separación y la quiebra, por la ausencia, del amor filial y la crisis de su matrimonio.

A ella, Martí envió su Ismaelillo, como otros poemas suyos, y de la madre recibió la nota que hablaba del desgarramiento que habían despertado aquellos versos, porque doña Leonor afirmaba que no sabía de críticas ni de letras, aunque sí había vivido.

Rodeado de recias personalidades como las de su progenitora y su esposa, Carmen Zayas Bazán, la propia Carmen Miyares, de sus hermanas, y del afecto de María y Carmen Mantilla, él se movió en el complejo tejido del alma femenina, muchas veces idealizada por su voz lírica, aunque conociera de la fortaleza de aquellas mujeres a las que tanto amó y quienes también le amaron mucho aunque no siempre compartiesen sus ideales.

"Palabras no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre." Durante muchos años estuvieron lejos, se reencontraron en México, y sólo se volvieron a ver, dos meses, en Nueva York, tras el fallecimiento de don Mariano. Más siempre estuvo latiente, en Martí, la presencia de su progenitora, su austera moral, "¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio?".

Cuando se rastree, a fondo, la ética del Apóstol, se podrá encontrar, en la semilla profunda, la huella de sus padres, como la de sus maestros y la presencia de la amistad, realidades formativas de su actitud ante la vida, del cuerpo de sus valores y de su eticidad.

"No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca." Esas palabras finales, de la carta a la madre, resumen también el difícil y tenso diálogo que sostuvieron durante más de 42 años. Aunque la historiografía maltrate tanto al padre, podríamos apuntar que el Apóstol, en su madurez, encontró en don Mariano una capacidad de comprensión tácita que nunca halló en su madre, siempre presta al juicio rotundo y lapidario, mas no ausente de amor.

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Y ahora nos juntaremos, jmarti2.gif (11383 bytes)
y sus amiguitos, y todos a coro, cogidos de la mano, les daremos gracias con el corazón, gracias como de hermano, a las hermosas señoras y nobles caballeros que han tenido el cariño de decir que La Edad de Oro es buena
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A pensamiento es la guerra mayor que se nos hace ganémosla a pensamiento

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