Cuba
mi palabra sea XLV


Por Mercedes Santos
Moray
En múltiples
ocasiones aparece Bolívar en la papelería martiana, y es
que el Libertador fue estímulo y paradigma para el Maestro,
"porque para quien conoció la dicha de pelear por el
honor de su país, no hay muerte mayor que estar en pie
mientras dura la vergüenza patria...".
Cuba era, como también
Puerto Rico, esa estrofa que faltó al poema de 1810. Y Martí,
el continuador de la obra bolivariana, responsabilizado en
otra nueva etapa histórica, incluso más compleja, de
concluir el programa de la revolución en nuestra América.
Cuando presidía la
Sociedad Literaria Hispanoamericana pronunció, el 28 de
octubre de 1893, un discurso en honor a Simón Bolívar:
"Con la frente contrita de los americanos que no han
podido entrar aún en América...", para hacer el
elogio del hombre que tuvo "plumón del cóndor",
del héroe del que no se podía hablar sino "con un
manojo de pueblos libres en el puño, y la tiranía
descabezada a los pies..."
El conocimiento
profundo de la colonia, y el surgimiento del complejo
proceso que nos condujo a la independencia, la suma de
contradicciones se conjugan en el recuento martiano, de los
hombres y de las mujeres que en todo el continente fueron
los precursores hasta llegar al Libertador, a un sol cuyas
manchas nos deslumbran con su luz.
Ya a fines del XIX,
con la perspectiva histórica, Martí puede trazar el análisis
de la obra bolivariana, ir al despiece de los accidentes y
de las circunstancias, de la revolución americana, para
rendir tributo a un hombre que tuvo en la suya "el alma
de un continente", y de cuya espada emergieron a la
libertad nuestras naciones.
Las angustias del
proyecto bolivariano, las diferencias políticas, económicas
e ideológicas heredadas de la colonia, las ambiciones y
pasiones de los héroes y caudillos de la independencia, el
flujo justiciero de aquella rebelión abrieron el espacio a
las "ideas madres de América", las que nacieron
de Bolívar y Martí hizo suyas.
Porque el Apóstol no
desconoció ni los yerros ni los aciertos del heroico
caraqueño; los valoró como expresión de una realidad histórica
que, todavía, no había culminado, porque entre los pueblos
de la América nuestra todavía Bolívar tenía mucho que
hacer.
Abocado él mismo a la
dirección de una guerra, analizó con el aval de sus
estudios y de su propia experiencia vital, en las repúblicas
latinoamericanas, toda la madeja de contradicciones,
subrayadas puntualmente por la presencia, más definida y
peligrosa, del expansionismo norteamericano que ya había
denunciado, antes, el propio Simón Bolívar.
La historia
presentaba, ante el Apóstol, no sólo la responsabilidad de
culminar el proyecto independentista del venezolano, sino
también de alcanzar, desde el ámbito de las Antillas, el
equilibrio del mundo, como lo confirmaría, meses más
tarde, cuando proclama el Manifiesto de Montecristi.