Cuba
mi palabra sea XLIX

Nada puede llamar más
la atención que ver a un hombre entero dominar sus
pasiones, controlar la ira, vencer el orgullo y la soberbia.
Y así debió suceder
con Máximo Gómez, no una, sino muchas veces, cuando apuró
el cáliz del desamor o la ingratitud, la deslealtad y la
traición y, sobre todo, de la incomunicación con aquellos
que, como él, sentían latir el ánimo pronto ante el clarín
de la manigua y el acero del machete.
Por eso, lo vemos
altivo y enjuto, sobre el caballo, ya sobre más de 50 años,
en su retiro modesto, con su fiel Manana y los retoños,
recibir al Maestro para reentablar el diálogo trunco, por
casi una década, para empezar, de nuevo, a levantar la
patria entre los dos.
"Su casa es lo
que hay que ver, cuando él no está, y baja a la puerta,
cansado del viaje, el mensajero que va tal vez a hablar del
modo de dejar pronto sin su sostén a la mujer y sin padre a
los hijos." Así escribió, entonces en
agosto de 1893 y en Patria, el Delegado del Partido, al
hacer un recuento del viaje a la República Dominicana.
¿Y el Apóstol, tan
carente y ávido de afectos íntimos, cómo se sintió ante
el cariño de aquella esposa amantísima que fue doña
Bernarda y de los adolescentes y pequeñuelos, de los hijos
del Generalísimo?
"Manana"
generosa, la compañera de la guerra, saluda, como a un
hermano, al desconocido. Un fuego como de amor, como de la
patria cautiva y rebelde, brilla en los ojos pudorosos de la
hija Clemencia. Se aprietan al visitante los tres hijos
mayores; uno le sirve de guía, otro de báculo, el otro se
le cose a la mano libre. Cuanto hay en la casa se le ha de
dar al que llega. "¡Ay, Cuba del alma!".
Y entre todos,
sobresale Panchito, que entonces se llama para Martí sólo
Francisco, y que le sostiene la mirada húmeda al Maestro,
mientras el pequeño Máximo escucha en silencio y Urbano
espera órdenes.
Todos podrían ser
Ismaelillo, su José Francisco, pensaría el viajero ante
aquella vivienda modesta y cariñosa que le acoge. "Ya
yo sé donde tengo hijos, donde tengo hermanos."
Mucho fue el diálogo
y el insomnio entre Gómez y Martí, pero más el afecto
creciente que los unió, con Cuba como brújula y la familia
que es la célula de la patria como alimento del espíritu.
Una cinta azul le
regala Clemencia, años más tarde para el último viaje,
cuando salen el padre y Martí en pos de los campos de Cuba
libre. Y un revólver le obsequia Pancho, impaciente por
entrar también en combate.
"Aquellos dos
hombres, depositarios de la fe de sus compatriotas, acababan
de abrir el camino de la libertad de un pueblo; y se le ponían
de abono."
Al final de la crónica,
fechada el 26 de agosto de 1893, Martí es lapidario, con
esa síntesis que sólo puede alcanzar un poeta:
"descansará el sable glorioso junto al libro de la
libertad."