Cuba
mi palabra sea XIX

Por Mercedes Santos
Moray
Desde su
ruptura con el llamado plan Gómez-Maceo, en 1884, José
Martí se había mantenido en su ostracismo. Pero el 10 de
octubre de 1887, en la velada conmemorativa que celebró la
emigración cubana en Nueva York, en la sala del Masonic
Temple, su voz fue una de las más vibrantes entre la
oratoria patriótica.
Se había
producido su regreso a la tribuna porque "el fuego no
sabe morir..." Y desde el amor a la libertad y a la
independencia de Cuba volvió a la palabra y a la labor
proselitista para gestar la unidad, célula de la revolución
que ha de nacer, no de la precipitada acción de los
caudillos, sino de un proceso político, orgánico y
coherente que encontrará, precisamente en Martí, a su
mentor.
Comenzaría
una secuencia de cinco discursos, desde 1887 a 1891, donde
la oratoria del Apóstol contribuirá a limar rencores, al
análisis sobre yerros pasados, para asumir las necesidades
presentes y futuras de la patria en un proceso de gran
complejidad, donde desplegaría no sólo su elocuencia como
tribuno, sino las dotes de organizador de las más disímiles
fuerzas, hasta articular el frente único del partido de la
revolución, y gestar la guerra necesaria.
A él
correspondió preparar las condiciones, en la emigración y
en las Islas -porque estaba en su discurso implícito el
compromiso libertario con la hermana Puerto Rico-, para
desarrollar un proceso de concientización, donde no fue
menor la necesidad de la astucia para no desbordar las
condiciones reales y caer en las provocaciones tejidas por
las autoridades coloniales.
Enfrenar
la impaciencia, encontrar los recursos, enriquecer el
ideario, "velar por la patria sin violentar sus
destinos con nuestras pasiones..." sería la empresa
que comenzaría a nacer desde este discurso fundacional que
es un punto de giro en la obra martiana.
De ahí
en lo adelante, la guerra comienza a crecer desde el
pensamiento; pero con la proyección de un político que
conoce las contradicciones internas de la sociedad colonial
y que tampoco desconoce los avatares y diferencias de la
propia emigración.
Martí
supo contextualizar una etapa histórica que ya anuncia
mayores complejidades en el concierto del mundo y, en
particular, del continente, por la cercanía geográfica y
el poderío económico de los Estados Unidos, presentes en
el mercado y en las riquezas de la Isla, sin olvidar las
escuálidas aunque ciertas todavía fuerzas de la Corona
española, aferrada a su "perla" en el Mar de las
Antillas.
Congrega
voluntades, sin excluir diferencias ideológicas, en pos de
un proceso raigalmente unitario que a todos los cubanos y
cubanas acoge, porque "todos nos juntaremos, del lado
de la honra, en la hora de la vindicación y de la
muerte."
Son
preceptos que sustancian el discurso martiano para
equilibrar los elementos dispersos y fundar, como ocurrió
en la Demajagua, "cuando los ricos, desembarázandose
de su fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el
decoro, que vale más que ella; cuando los dueños de
hombres, al ir naciendo el día, dijeron a su esclavos:
"¡Ya sois libres!".