Cuba
mi palabra sea XIV

Por: Mercedes
Santos Moray (*)
Cuando tenía 30 años,
en una de sus crónicas al diario argentino La Nación, que
fechara el 29 de marzo de 1883 y donde trataba de plurales
noticias, a la manera de un moderno corresponsal de una
agencia de noticias, José Martí dedicó espacio a reseñar
el homenaje que se le rendíaen Nueva York a Carlos Marx:
"Ved esta gran
sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles,
merece honor."
Y en ese mismo apunte comenta la vorágine de la época,
el latiente conflicto entre capitalistas y obreros que unos
años después estallaría, en los propios Estados Unidos,
con los sucesos de Chicago.
"Ved esta
sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de
aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos
pueblos, y organizador incansable y pujante. La
Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de
todas las naciones."
Identificado
con los pobres de la tierra, como escribirá en sus Versos
Sencillos, Martí subraya la trascendencia de Marx para los
hombres del pueblo y de sus clases más humildes, aunque no
haga suya la teoría de la lucha de clases.
"El trabajo
embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un
marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene
ser hermosos como ellas."
Situado ante la
realidad del mundo que luego se llamaría colonial o los países
periféricos, con la patria sometida a España, con la
urgencia de la independencia, y en medio del turbulento
universo de las contradicciones que ya anunciaba la
Modernidad, Martí no desconoce la valía de Marx, sino que
la honra, aunque no sean sus métodos ni teorías las mismas
que el autor del Manifiesto Comunista.
"Aquí están
buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico
de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor
profundo en la razón de las miserias humanas, y en los
destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer
bien..."
Ambos, Marx y
Martí, en situaciones históricas diversas y desde
diferentes aproximaciones a la sociedad de la época,
confluyeron en la comunidad de amor en bien de la justicia y
de esa humanidad adolorida, mayoreada por los trabajadores.
Serán
precisamente los trabajadores quienes, ya en la década
del 90 y en la emigración patriota, tipificarán para la
concientización y madurez del propio Delegado del Partido
Revolucionario Cubano, desde los tabaqueros de Tampa y Cayo
Hueso, la célula de una república con todos y para el bien
de todos, democrática y popular.