Cuba
mi palabra sea XIII

Por: Mercedes
Santos Moray (*)
Durante
su estancia en Venezuela, José Martí publicó en el diario
caraqueño La Opinión Nacional.
Después
de su salida del país ante la reacción de Guzmán Blanco y
tras el rechazo a las proposiciones que le hicieron los
edecanes del gobernante, el cubano volvería a colaborar,
primero con el seudónimo de M de Z y después con su
nombre, y enviaría a ese órgano de prensa, desde Nueva
York, las primeras crónicas que hoy conocemos como
"Escenas norteamericanas".
Discrepancias
de principio con los directores del periódico le llevaron a
cesar el envío de colaboraciones.
Entonces,
la más importante tribuna continental en nuestra América,
el diario argentino La Nación, de Buenos Aires,
comenzaría a recibir sus textos periódicamente, desde el
15 de julio de 1882, hace ahora 120 años, hasta mayo de
1891.
Nuevamente se toparía Martí con la censura. Y en diálogo
epistolar con el director del órgano de prensa, Bartolomé
Mitre (hijo), tomaría la estrategia de mantener ese espacio
agudizando su ingenio y su talento periodísticos
Por ese
medio, daría a conocer lo que él llamó la verdad sobre
los Estados Unidos, a pesar de la actitud pronorteamericana
de los directivos de La Nación.
En su
primera crónica, concluyó el proceso que se siguió a
Guiteau por atentar contra el presidente Garfield, historia
que había iniciado en las páginas del diario venezolano.
También
analizaría la realidad de la emigración europea en Norteamérica
desde la angustia de la comunidad italoamericana, hablaría
del proceso histórico que llevaba implícita la confrontación
entre capital y trabajo, y evaluaría las maniobras de la
política interior, en el juego de los partidos Republicano
y Demócrata, entre otros temas.
Gracias a
las crónicas publicadas en La Nación conocemos de las más
brillantes páginas del periodismo martiano y de muchas de
las mejores de su prosa, en un proceso de madurez siempre in
crescendo.
Otra vez
situado en su atalaya, en la ciudad de Nueva York, pulso y
latido de la construcción de los Estados Unidos modernos
tras la guerra civil, pudo el Maestro penetrar en la
compleja madeja del capitalismo, ver cómo se forjaba también
el imperialismo, sin dejar de subrayar los valores científicos,
técnicos, culturales e históricos de la nación
estadounidense, porque nada más lejano a sus crónicas que
la mutilación, que la simplificación de la realidad.
Comienza
entonces, con 29 años de edad, el proceso de su plenitud
como periodista, como escritor y como intelectual. Este
queda plasmado en las crónicas norteamericanas, por el
grado de profundidad e información de sus reflexiones, por
la capacidad de síntesis y la belleza.