Cuba
mi palabra sea VII

Por: Mercedes
Santos Moray (*)
Para algunos la
inspiración no existe cuando se trata de literatura y de
arte; para otros, el trabajo es puro taller artesanal. Sin
embargo, si estudiamos el proceso creativo en José Martí
veremos cómo ambos elementos se funden y toman presencia
activa en su escritura.
Sobre la base de un
pie forzado, nació el Drama Indio: Patria y Libertad, la última
pieza dramática de que hasta el momento se tiene noticia,
de las escritas por el Apóstol.
Él mismo confesaba a
Gonzalo de Quesada y Aróstegui, en carta del 1º. de abril
de 1895 por la cual le encomendaba el cuidado y edición de
su papelería: "Antonio Batres, de Guatemala, tiene un
drama mío, o borrador dramático, que en unos cinco días
me hizo escribir el gobierno sobre la independencia
guatemalteca."
Obra escrita bajo la
tensión e hija de la premura, sin embargo es, para los
teatrólogos, la pieza más coherente y lograda de todo el
teatro martiano.
Situada en los
momentos críticos de la Junta de Independencia, cuando
todavía las naciones del Istmo formaban un solo cuerpo bajo
el mandato hispano, padece de cierta retórica que recuerda
al teatro español de los siglos de Oro; pero tiene, sin
embargo, un raigal americanismo.
La trágica
confrontación entre criollos e indios, desde los días de
la independencia, la legitimidad de la rebelión popular
ante el despotismo, y la irrenunciable voluntad de libertad
del pueblo, con el protagonismo de la justicia y no de la
venganza son pilares de una proyección política de fuerte
eticidad.
La voluntad de unir
las revoluciones anticolonialistas, sus alusiones a Bolívar
y también al legado aborigen, desde el heroísmo de
Cuathemoc y de Hatuey, permiten a Martí configurar una
pieza que trasciende el hecho de la independencia
guatemalteca, para trasladar el mensaje a todo el
horizonte de Nuestra América.
Y usamos este término
y no el de América Latina, acuñado por el uso, pero nacido
de la época napoleónica en la injerencia del segundo
emperador de los Bonaparte, auspiciador bajo la
"latinidad" del imperio de Maximiliano en México.
Quien llegó en abril
a la capital de Guatemala se vió colmado por el deber y la
amistad, e hizo de "la idea de la independencia",
como él mismo lo explicitó en sus notas a su drama indio,
el nudo de la historia.
En éste se articulan
situaciones y personajes que trasmiten la temperatura épica
de una nación hermana a la que amó como a México y
Venezuela y de la que salió, en esencia, la base conceptual
de su ulterior programa político, el que lo
testimoniaría como ideólogo, de extraordinaria vigencia en
nuestros días, para los pueblos que habitan al sur del RíoBravo.