Cuba mi palabra sea
V

Por: Mercedes Santos
Moray
Tenía José Martí sólo 22 años
cuando desembarcó el ocho de febrero de 1875 en el puerto mexicano de
Veracruz. Venía del destierro en la península, tras 12 breves días en
Nueva York, para reunirse con su familia, que se había trasladado a
tierra azteca.
Si en la Cuba colonial había
probado sus primeras armas en la prensa, ahora en México encontrará el
espacio para desarrollar la que será una de sus más profusas vías de
expresión, comunicación e incluso medio de
vida: el periodismo.
En las páginas de la Revista
Universal, dirigida por José Vicente Villada, contexto en el que fue
introducido por Manuel Mercado, publicaría poemas y crónicas y también
su traducción de Mes fils, de Víctor Hugo
Pero sobre todo aparecerían sus
Boletines parlamentarios, con la firma de Orestes y sus tempranas y
asiduas críticas sobre las artes escénicas en su Correos de los
teatros, donde manifestó toda la articulación sobre una teoría dramática
que intentaría materializar, aunque sin mucho éxito pues ese costado
de su escritura no será el más feliz de su literatura.
El debate ideológico con el
Positivismo, asiento de un pragmatismo capitalista, y su defensa de la
eticidad en la conducta de los individuos y de los pueblos se desarrolla
en México, escenario de su pronta madurez intelectual.
También textos suyos
aparecerían con el seudónimo de Anahuac, en una época signada por el
gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, sucesor en la presidencia de don
Benito Juárez.
Nuevamente privilegiado su talento
por la historia, Martí conocería del debate entre el liberalismo
mexicano y las corrientes conservadoras, y se definiría a favor de las
reformas que sustanciaron las transformaciones en México, desde la caída
del imperio de Maximiliano, encabezadas por el Benemérito de las Américas.
En ese clima de amplio debate de
ideas, de múltiples tendencias estilísticas, Martí promovería desde
su labor de crítico y de autor toda una poética dramática que
respondiese a la realidad, y allí, en tierra mexicana, aparecería el
concepto de "nuestra América" que posteriormente desarrollaría
en Guatemala, Venezuela y durante sus 15 años de exilio en los Estados
Unidos.
México será su forja, y en el
intercambio con la intelectualidad -Justo Sierra, Ignacio Altamirano,
Ignacio Ramírez, José Peón Contreras, Juan de Dios Peza, Manuel Gutiérrez
Nájera, entre otros- ampliará sus horizontes políticos.
Espacio para la confrontación y
análisis, aparecerían entonces en los Boletines sus primeras
reflexiones sobre el destino histórico del pueblo y la nación
mexicanos, en la insoslayable situación geográfica de su frontera con
los Estados Unidos.
Igualmente pudo potenciar las
culturas mesoamericanas, el legado indígena de nuestra América, los
conflictos sociales no superados con la independencia, la presencia
ideológica y material del período colonial.
Sería a la vez testigo de
los nuevos niveles de contradicciones sociales que emergerían en
la sociedad azteca con la clase obrera, a la que se vincularía desde
publicaciones como El socialista, órgano del Gran Círculo Obrero de México,
que apoyaba al presidente Lerdo de Tejada..
También en El Federalista
aparecerían textos del joven periodista cubano, al cerrarse la Revista
Universal, a raíz del golpe de estado del general Porfirio Díaz, hecho
que Martí repudió y lo condujo a buscar otros horizontes en la tierra
guatemalteca.