Cuba
mi palabra sea LIV


Por Mercedes Santos
Moray
Durante 20 años,
Manuel Mercado fue un hermano, mucho más que un amigo, para
José Martí.
En febrero de
1875 se conocieron, cuando el mexicano acompañó a don
Mariano a la estación de Buenavista para recibir al hijo
que venía, en tren, desde Veracruz.
Fue también en
la casa de la familia Mercado donde el joven Martí realizó
su matrimonio civil con Carmen Zayas Bazán, en diciembre de
1877, y en aquel hogar volvió a encontrar afecto y alegría
cuando realizó, en 1894, su visita al hermano país, para
contactar con las autoridades mexicanas, en pos de la guerra
de independencia de Cuba.
Nunca importó la
distancia ni tampoco la ausencia entre ambos. La amistad se
fue fortaleciendo por el medio epistolar, y en Mercado
encontró el Maestro oído receptivo, palabra cómplice,
acogida y estímulo a sus proyectos intelectuales, a sus
empresas profesionales, a sus dolores de hombre.
Por eso, el 18 de mayo
de 1895, y en el campamento de Dos Ríos, pudo escribir a su
amigo la carta inconclusa que muchos consideran un virtual
testamento político: "Ya puedo escribir, ya
puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo
quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación;
ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país
y por mi deber
--puesto que lo
entiendo y tengo ánimos con que realizarlo
--de impedir a tiempo
con la independencia de Cuba que se extiendan por las
Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más,
sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y
haré, es par eso."
La identificación de
principios, la extrema confianza, permitieron al Apóstol
expresar, en un documento como esa carta, de tono tan
personal e íntimo, su ideario político, el mismo que había
expuesto en el Manifiesto de Montecristi y sustentado en la
polémica conocida hoy como Vindicación de Cuba y en el prólogo
a sus Versos Sencillos.
El antimperialismo
martiano se explicita en esa reflexión, obra de cuajada
madurez ideológica, y proclama lapidaria de sus tesis
revolucionarias, las que alimentaron en un proceso de
enriquecimiento intelectual y político, sus propias
experiencias en la nación norteamericana: "Viví en el
monstruo, y le conozco las entrañas:--y mi honda es la de
David." Desde la manigua, en diálogo con el
corresponsal del Herald, Eugenio Brysson, Martí fue
despiezando, al tiempo que sometía a crítica, las
maniobras diversionistas de los españoles y de sus
virtuales aliados, los Estados Unidos ante la decisión del
pueblo de Cuba, contrario a toda maniobra injerencista de
corte anexionista.
El proceso mismo de la
dirección de la guerra, el concierto entre civiles y
militares, la necesaria superación de las antiguas
discrepancias que tanto habían conspirado contra la
victoria en pasadas contiendas, la proyección política de
Martí se enuncian igualmente en la carta a Mercado, que
deviene alterego:
"...en
cuanto a formas, caben muchas ideas, las cosas de hombres,
hombres son quienes las hacen. Me conoce. En mí, sólo
defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la
revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi
pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad."