Cuba mi palabra sea
II

Por: Mercedes Santos
Moray
Hay experiencias que transforman
una vida. Y esa fue, para José Martí, su estancia en la cárcel y el
presidio.
El joven que ingresó en abril de
1870, con el número 113 de la primera brigada de blancos, era un
rebelde, un pino altivo dispuesto a batirse contra los huracanes, con la
insolencia de la fe en sus propios ideales.
Un hombre, vehemente pero maduro,
fue quien recibió el indulto a sus seis años de trabajos forzados, el
cinco de septiembre de 1870, tras largas y dolorosas gestiones de don
Mariano y de doña Leonor, los verdaderos autores espirituales y
morales de su liberación.
Aquel que pasó primero a Isla de
Pinos, y luego, el 15 de enero de 1871 salió a padecer el primer
destierro en España, había conocido, no sólo en su carne y en su
osamenta el dolor y la barbarie, sino que había descubierto el rostro más
cruel de la injusticia en los padecimientos de un anciano como don Nicolás
del Castillo, o en un muchacho como Lino Figueredo.
Quizás porque a esas canteras de
San Lázaro estuvo vinculado el catalán José María Sardá, es que no
encontramos mención de tal nombre en sus escritos, aunque sí la
gratitud hacia la esposa del español, doña Trinidad, y a sus jornadas
en El Abra.
El dolor transforma. Puede
abrirnos hacia el rencor y la verganza, o conducirnos, y elevarnos,
hasta la solidaridad, la justicia y el amor.
Por eso, y al llegar a la península,
tanto en La Soberanía Nacional, de la ciudad de Cádiz, como en La
Cuestión Cubana, de Sevilla, aparece el artículo Castillo, explícito
antecedente de su primer ensayo: El presidio político en Cuba, impreso
en Madrid, con el auxilio del cubano emigrado Carlos Sauvalle, en el
verano de 1871.
Como en los libros de los profetas
en el Antiguo Testamento, el Martí de sólo 18 años se expresa
con la cólera sagrada para denunciar los crímenes que comete la corona
española en la Isla, y narra, con desgarramiento, en uno de los textos
suyos más lapidarios, vivencias propias y de sus compañeros desde la
tesis del amor y no del odio, de la justicia y no de la venganza, en la
expresión de una filosofía de la vida de profunda naturaleza estoica.
Todo el Martí que veremos
desarrollarse y enriquecerse en las próximas décadas de su existencia
ya está perfectamente esbozado en la prosa, de aliento bíblico, de
este ensayo testimonial, donde explicita los códigos morales de su estética
y la sustancia ética de su patriotismo, cuajado siempre de valores
universales.
Aquí está ya la pasión lírica
de sus versos, no exenta de fuertes dosis de romanticismo, y la garra de
un narrador que no siempre se aquilata con justicia, así como la fortísima
evidencia de un pensamiento lógico, que se apropia, orgánica y dialécticamente,
de muchas fuentes.
Pero el hombre que escribió El
presidio político en Cuba, más intensamente adolorido, era un
ciudadano, un ser humano pleno ya en su madurez, formado en el hogar, en
las lecciones de civismo de sus padres, y en la escuela cubana, la de
Rafael María de Mendive que es también la de Varela y de Luz.