Néstor Núñez
Servicio Especial de la AIN
En su diversidad, América Latina muestra todavía enormes fisuras y
contraposiciones en materia de ejercicio de la autoridad nacional.
No es secreto que el área, a pesar de haber logrado pasos tan
positivos como la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños
(CELAC), debe lidiar con las tentaciones y trampas que les llegan desde el Norte opulento,
y las cuales en estas tierras aún encuentran oídos y actitudes fértiles para su
ejecución.
Es el caso de la reciente puesta en vigor del llamado Tratado de
Libre Comercio entre los Estados Unidos y Colombia, proyecto integrado a los convenios
neoliberales los cuales Washington está utilizando de forma particularizada luego del
mayoritario rechazo continental a su titulada Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA), lo que puso en jaque su intención de convertir al bloque de los vecinos del Sur
en sus siervos económicos.
De manera que este nuevo TLC bilateral insiste en abrir brechas
entre las naciones y colocar las variantes imperiales de forma tangible en nuestros
patios, con la esperanza nunca desvanecida de establecer su control íntegro desde el Río
Bravo hasta la Tierra del Fuego.
Por demás, se trata de una avanzadilla frente a los nuevos y
potentes programas integradores latinoamericanos surgidos al calor de la instauración en
la zona de gobiernos progresistas y empeñados en la independencia más absoluta.
Desde luego, no se trata de acciones e imposiciones acatadas sin
chistar. De hecho, Colombia refleja el movimiento de protesta ante la decisión oficial,
pues el TLC abre las puertas del país a los numerosos excedentes norteamericanos, muchos
de ellos subsidiados oficialmente, los cuales echarán por tierra a los productos locales
que no gozan de esa protección y por tanto se vuelven incapaces de competir en igualdad
de condiciones con los embarques Made in USA.
No obstante, se trata de incongruencia peligrosa y explosiva
sembrada en pleno corazón sudamericano, frente a alternativas, como por ejemplo, la
Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que impulsa la
convergencia en términos totalmente diferentes.
El ALBA surgió en La Habana en 2004 por acuerdo de Fidel Castro y
Hugo Chávez, y hoy agrupa a un importante número de naciones latinoamericanas y
caribeñas sobre bases que difieren diametralmente del carácter comercial asimétrico en
que se asientan los TLC impulsados por Washington en la zona.
Mientras el TLC se sostiene sobre la ley de la selva, el ALBA
reconoce las diferencias de desarrollo entre las naciones que lo integran, y sobrepasa la
esfera económica para expandir sus beneficios hacia áreas esenciales como la salud, la
educación, el suministro y uso de energía, y la utilización equitativa de recursos
comunes en programas de gran porte hemisférico.
Por demás, trabaja en la concreción de su propia esfera
financiera, y de la moneda única compensatoria para las transacciones entre sus
asociados.
La filosofía de ambos, TLC y ALBA, es también totalmente
equidistante. El primero se sustenta en la explotación y el saqueo que caracterizan a la
economía imperialista, mientras el segundo hace de la solidaridad y el humanismo las
bases permanentes de todos sus actos.