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Buenas prácticas constructivas vs. terremotos

Lilieth Domínguez Quevedo

Expertos del Centro Nacional de Investigaciones Sismológicas de Cuba, coinciden en que se pueden prevenir y mitigar los efectos de un terremoto en las construcciones mediante la reducción de las vulnerabilidades.

Según Grisel Morejón, ingeniera civil de esa institución, consultada por la AIN, es posible reducir el riesgo sísmico controlando el ambiente construido mediante evaluaciones de obras, y con la actualización y cumplimiento de las normativas de sismorresistencia al emprender cualquier nueva construcción.

“La vulnerabilidad sísmica es el grado de daño inducido a un elemento por determinado nivel de movimiento sísmico, que depende del tamaño del evento, de las características del terreno, el tipo de construcción y del factor humano”, conceptualizó la especialista.

“Cuando ocurre un terremoto fuerte surgen peligros primarios como la ruptura de la falla y el movimiento horizontal del suelo -subrayó-, además pueden ocurrir deslizamientos, licuefacción o tsunamis, originando daños primarios en las edificaciones.

“De ahí la importancia de construir con formas simples, regulares y simétricas, tanto en planta como en elevación; además de presentar equilibrio en la distribución de masas y rigidez de una obra”, acotó.

De acuerdo con Morejón, el empleo de cajas de escaleras o muros de rigidez en los extremos de las plantas, grandes diferencias en la masa de los pisos, columnas cortas o dañadas, aumenta las vulnerabilidades y pueden ocasionar el colapso parcial o total del inmueble.

Otros elementos como las divisiones interiores, fachadas, cielos rasos, parapetos, vidrios, carpintería y ornamentos, y sistemas de agua, electricidad, comunicaciones, entre otros, de forma incorrecta, inciden negativamente en la vida humana y en las estructuras ante sismos de gran intensidad.

El efecto de los terremotos ocurridos recientemente, cerca de áreas urbanas, ha demostrado la importancia de emplear materiales de calidad y en la cantidad requerida, y teniendo en cuenta las características de los suelos respecto al tipo de edificación que se realizará.

Así lo demostró el evento de magnitud 6,75 ocurrido en 1932 en la provincia de Santiago de Cuba, donde se vieron afectadas el 80 por ciento de las edificaciones y fueron registradas 14 muertes, indicó Morejón.

También lo ilustra el terremoto de Haití en enero de 2010, y el de Chile un mes después, el primero de magnitud 7,3, que provocó el derrumbe de casi todas las edificaciones y cuantiosas pérdidas humanas, mientras el segundo -con magnitud de 8,8- solo dañó seriamente 30 inmuebles.

De acuerdo con la especialista, las construcciones haitianas, en su mayoría de bloques con columnas de concreto y bloque no reforzado, adolecían de buenas prácticas constructivas; no así en el caso del país austral.

Ricardo Oliva, ingeniero civil de la propia institución, explicó que entre las acciones que se acometen en Cuba a favor de las buenas prácticas constructivas sobresale la revisión y actualización del código de sismorresistencia nacional.

Destacó que el colectivo multidisciplinario que asume esta tarea utiliza novedosos estudios de la ingeniería sísmica en la Isla y otras naciones, además de las lecciones aprendidas de los terremotos ocurridos recientemente.

Luego de concluido el proceso de actualización -precisó- se procederá a la consulta con especialistas en diferentes sectores, y a la capacitación del personal que lo empleará en el terreno: ingenieros, arquitectos, estudiantes de las carreras afines, entre otros, además de la divulgación y generalización para la consulta de la población.

De 1984 datan las primeras normativas cubanas que acogían los requisitos mínimos para que la construcción soportara magnitudes precisas de un temblor, en condiciones específicas, las cuales fueron actualizadas en 1999 y se mantienen vigentes.

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