Néstor
Núñez
Servicio especial AIN
El ser humano, y con más razón si tiene un pensamiento progresista
y revolucionario, no concede espacio al desaliento. No importan las circunstancias que le
rodeen o caractericen en determinado instante histórico.
Hoy el mundo vive días de serio peligro a manos precisamente de
aquellos intereses que se dicen eternos, justos, sólidos, únicos, pero los cuales, en
realidad, han constituido --y constituyen-- en la historia, factores de notable
inseguridad para el género humano y el planeta.
Hablamos del capitalismo, cuyo principio básico de exaltar, no al
individuo, sino al individualismo más acendrado, brutal, extremo y recalcitrante, ha
marcado el devenir global con no pocas penas y desgracias.
Viene desde el nacimiento oficial del sistema a cuenta de despojar a
los campesinos ingleses para establecer rebaños masivos de corderos destinados a proveer
de lana a la naciente manufactura textil en los albores de la llamada Revolución
Industrial.
Abarca, además, en su vasto decursar, hasta las masacres en
Afganistán e Iraq en medio de la titulada campaña antiterrorista de George W. Bush.
Todo esto, desde luego, sin olvidar la primera y la segunda guerras
mundiales; las agresiones armadas a Corea y Viet Nam, la expansión del neocolonialismo
más genocida en América Latina; las reiteradas crisis económicas globales, y la
destrucción y depauperación del medio ambiente y el entorno, entre otros múltiples
crímenes.
A ello se añade el poder engendrado para volatilizar el planeta en
cuestión de minutos bajo el hongo nuclear, y que Washington y sus secuaces han
desarrollado -y desarrollan-con la loca idea de que podrían destruir a sus oponentes y
salir indemnes de semejante torbellino de fuego y calamidades.
Es el poder nuclear que ahora podría entrar en juego en medio de
las intenciones de conculcar el derecho de Irán al desarrollo pacífico de la energía
atómica, o de desatar un conflicto militar expansionista en la Península de Corea.
Se trata, sin dudas, de onerosa y cruel carga que, no obstante,
podría ser conjurada precisamente por la acción unida de quienes verdaderamente
defienden los derechos de la humanidad.
Es ese uno de los grandes esfuerzos que hay que asumir en estos
días de riesgo global, con la intención no únicamente de frenar tan destructivos
proyectos, sino de desterrarlos definitivamente de nuestra existencia como especie
inteligente y creadora.
A partir de ahí, entonces podría ponerse en marcha la sana obra
que también en estas fechas ha enunciado el Comandante en Jefe Fidel Castro como
antítesis a la muerte y el vacío.
"La población del planeta, ha dicho el líder cubano, puede
ser regulada; los recursos no renovables, preservados; el cambio climático, evitado; el
trabajo útil de todos los seres humanos, garantizado; los enfermos, asistidos; los
conocimientos esenciales, la cultura y la ciencia al servicio del hombre,
asegurados."
De manera que si alguien necesitaba una bandera de futuro, ahí
está perfectamente desplegada.