Por: Alejandro
Martínez²
Hacia
finales del siglo XV (n. e.) la Corona Española se aventuró en la búsqueda de nuevas
rutas marítimas para el trasiego de mercancías, entre otros propósitos, que conllevaron
al descubrimiento, o mejor aún, al conocimiento de la existencia de tierras al otro lado
del mundo.
El afán de conquista del hombre europeo no se hizo esperar y todo
cuanto pisaba se convertía automáticamente en propiedad de su majestad. Claro, esto
siempre bajo la tutela de quienes por fortuna, o desgracia, contaban a su haber solamente
con el título nobiliario, e iban al Nuevo Mundo a construir su propio reinado.
Los Reyes Católicos de España también estaban necesitados de
noticias alentadoras, pues el despilfarro desmedido de la aristocracia española le pasaba
factura a las arcas de la nación, por lo que era necesario encontrar una solución a las
deudas contraídas con otros países del Viejo Continente.
Una vez confirmada la existencia de minerales preciosos en la
región ocupada, los nuevos inquilinos se aprestaron rápidamente a su búsqueda
exhaustiva y posterior explotación. Así, bajo el lema de la ambición, se escribía una
de las historias más tristes de la humanidad.
Pero la competencia se iba acrecentando a medida que pasaban los
años, así como también los intereses personales. De esta forma, la avaricia, la
traición, el saqueo o el asesinato fueron aliados inseparables de quienes venían a
prodigarse una riqueza inimaginable, aunque la historia les deparaba algún que otro
tropiezo camino a su objetivo.
Relata Wikipedia, una enciclopedia digital, que por la década de
1530 Gonzalo Jiménez de Quesada arribó a territorio muisca Colombia,
en el que le fue presentado uno de los rituales más extravagantes que ojos hispanos
jamás hayan visto. A partir de entonces el voraz apetito de los visitantes le daría
riendas sueltas a la imaginación.

Cuenta además la enciclopedia digital que Juan Rodríguez Freyle,
en su crónica El Carnero de 1636, escribió que la leyenda de El Dorado nació a
raíz de la ceremonia chibcha, en la cual un indio cubierto con polvo de oro dejaba caer
desde una balsa, hacia las profundidades de la laguna Guatavita, cuantiosas piezas de oro
y piedras preciosas en honor a su divinidad.
Aunque para algunos escritores, como Eduardo Galeano en Las venas
abiertas de América Latina, este culto aborigen no fue más que un ardid creado por
los nativos "para alejar a los intrusos: desde Gonzalo Pizarro hasta Walter
Raleigh".
Cierto o no, aquella tradición fue mutando a medida que recorría
cada asentamiento español en el sur del continente. De esta manera comenzaba a tejerse la
historia, un tanto pueril y romántica, que daba fe de la existencia de una ciudad cuyos
muros y calles, cubiertos con oro, guardaban una riqueza incalculable.
Los españoles, con el objetivo de saciar su voraz apetito de
riqueza, organizaron las primeras expediciones en pos de encontrar el famoso imperio
dorado. Estas fueron dirigidas por Sebastián de Belalcázar, en 1535; por el
explorador y cronista alemán Nicolás de Federmann, en el mismo año; y por Gonzalo
Jiménez de Quesada, en 1536.
También partió en busca de El Dorado, por orden de la reina Isabel
La Católica, una expedición encabezada por Pedro de Candia que se adentró
infructuosamente en el Amabaya. En 1541 le siguieron los pasos los conquistadores
Francisco de Orellana y Gonzalo Pizarro, quienes protagonizaron una de las más fatídicas
exploraciones del Amazonas, y en la cual perdieron la vida 140 de los 220 españoles y 3
mil de los 4 mil indios, que formaban parte de la excursión.
Otros, que igualmente se sumaron a esta empresa sin lograr su
propósito, fueron los exploradores Felipe de Utre, español de origen alemán, y el
inglés Walter Raleigh, primero de su país enrolado a esta causa.
A pesar de que los emisarios de los reyes de España no encontraron
el lugar mítico que tanto deseaban, sí fueron hallados otros sitios de los cuales la
riqueza brotaba igualmente con gran fuerza. Saqueadas ya las civilizaciones Inca y Azteca,
los conquistadores descubrieron, entre 1545 y 1558, varios Dorados que desangrar,
como las "fértiles minas de plata de Potosí, en la actual Bolivia, y las de
Zacateca y Guanajuato en México", según refiere Eduardo Galeano en su libro.
El mito de la laguna Guatavita
La laguna Guatavita, de origen
volcánico y con un diámetro de 125 metros, se encuentra situada a más de 3 mil metros
sobre el nivel del mar, en un conjunto de montañas al sur de Bogotá, la capital
colombiana.
A este embalse se le atribuye el origen de la leyenda El Dorado, en
la cual, según el cronista español Juan Rodríguez Freyle, los aborígenes chibchas
rendían tributo a su divinidad, vertiendo una cantidad considerable de piezas de oro y
piedras preciosas.
En 1580 la laguna de Guatavita fue sometida a su primer intento de
drenaje para extraer de ella todas las riquezas ofrendadas, empleándose como método la
construcción de una gran zanja en uno de sus costados, la cual permanece como evidencia
desde hace más de 400 años.
Según el sitio digital de Internet Misterios y Leyendas, a mediados
del sigo XX el gobierno de Colombia declaró la laguna lugar histórico y prohibió
terminantemente su drenaje, a pesar de que continuaron los saqueos.
Este mismo espacio comenta que en
1969 unos agricultores encontraron cerca del embalse una figura de oro conocida como La
Balsa Muisca, que representa la Ceremonia del Indio Dorado. Esta figura, que data de más
de 700 años, se encuentra actualmente en el Museo del Oro de Bogotá.
A pesar de las evidencias y los relatos cronicados por los
españoles, existe una teoría que intenta desmontar el antiguo mito de la laguna
Guatavita. Recoge Wikipedia en su texto que en 1990 el documentalista y periodista
colombiano Roberto Tovar Gaitán ingresó con un equipo de buzos y cámaras de televisión
a la laguna.
Tovar descubre, además de los 26 metros de profundidad que tiene en
el centro, que en el fondo existe "una gran cantidad de arbustos muertos y pasto casi
petrificado por el frío, los cuales evidencian que entre 1900 y 1906 la laguna fue secada
totalmente".
Sus hallazgos, contenidos en la serie documental Colombia oculta,
demuestran que la laguna que da el origen a la leyenda de El Dorado no es la de Guatavita,
en la cual se hacían las ceremonias de iniciación de los jóvenes coronados zipas o
reyes de Bacatá, sino en la lagunita de Siecha, situada a 35 kilómetros de Guatavita y
cerca de la pirámide del Sol Muisca.