Néstor Núñez
Servicio Especial de la AIN
No pasa un día sin que las agencias de prensa reporten nuevos
combates y atentados en Afganistán, con su noria de muertes y destrucción, las más de
las veces del lado de las fuerzas extranjeras que llegaron al país hace ocho años bajo
la égida de Washington a "vengar" los sucesos del once de septiembre del 2001.
De manera que el combate global contra el terrorismo se iniciaba en
un territorio donde pocos años atrás los propios intereses imperiales habían impulsado
el extremismo y el fanatismo para desgastar a los destacamentos militares soviéticos
llegados en defensa de las autoridades locales, entonces alejadas de los círculos
políticos de Occidente.
Era, al decir de algunos, el intento de la Casa Blanca de cercenar
la cabeza de sus propios hijos, ahora díscolos, incontrolables, envalentonados y alzados
contra su propio progenitor, en quien descubrieron a un "enemigo del islamismo"
y a un "antro del mal."
Pero la invasión, que parecía cosa de días, se ha alargado más
de lo estimado. La resistencia, que evidencia no ser solo de grupos fanáticos, gana
terreno y fuerza, y en medio de otra guerra, la de Iraq, de una crisis económica
galopante y de presiones diversas, parece que los atacantes foráneos ya no creen en la
victoria de las armas.
La reciente conferencia de Londres sobre Afganistán hizo especial
énfasis en impulsar el plan de pacificación interna que contempla el intento de sobornar
a segmentos de la resistencia a partir del ofrecimiento de apoyo económico, laboral y
propiedades.
Se trata, han dicho observadores, de tender un cordón sanitario en
torno a los grupos más radicales con el propósito de combatirlos mejor, a la vez que
reducir drásticamente el abanico de los opositores en armas.
Y todo se acompaña, además, con una suerte de difuso calendario
para poner en manos de las autoridades locales la pretendida "seguridad
nacional."
Ciertamente, la clave real de esta política la apuntó el propio
presidente afgano, afín a los Estados Unidos, Hamid Karzai, quien precisó que los
acuerdos con una parte de los rebeldes no implicarían la salida de las tropas
extranjeras, puesto que, subrayó, la presencia de los ocupantes es indispensable para
combatir a la casi fantasmal organización terrorista Al Qaeda, y a su no menos sinuoso
cabecilla Osama Bin Laden.
De manera que se trata de un tejido confuso, con cierto hedor a
trampa que no parece atraer simpatías entre los rebeldes. Al menos hasta hoy, los grupos
armados ni han disminuido sus acciones, ni han claudicado en su exigencia de que toda
pacificación debe pasar, ante todo, por la evacuación de los ejércitos foráneos.