Raimundo Gómez Navia
Puerto Príncipe, 3 feb (AIN) Las endebles paredes de las miles de
edificaciones derribadas por el sismo del día 12 de enero en esta capital son, poco a
poco, desbaratadas por brigadas de haitianos que, aun muy lentamente, van cambiando el
panorama de la ciudad.
Este movimiento lo origina, además de la acción humanitaria y de
afectados, el interés de dueños de mansiones y establecimientos derruidos en el centro
de la ciudad, en Petionville y otros lugares de la periferia, quienes contratan a
cuadrillas que, a mandarria batiente, pulverizan las partes cementadas de techos, paredes
y otras porciones.
En los lugares donde existieron tiendas, grandes y pequeños
mercados, se rescatan los productos y se trasladan hacia otros sitios para
comercializarlos.
Porque, a 20 días de la catástrofe, la vida manifiesta, en el
centro y demás territorios de esta capital, una actividad comercial extendida de los
vendedores informales, como antes de ocurrir el terremoto.
Andamios constructivos sostienen a albañiles y ayudantes en la
reposición de los muros de mansiones en Petionville, como primera acción, para continuar
después al interior en la reparación de las casas de mediano o gran lujo.
Otros, con menos suerte, escarban en los montones de piedra y tierra
de sus modestas residencias convertidas literalmente en polvo, para encontrar los cuerpos
de sus seres queridos.
Y están los que nunca faltan, los aprovechados, compuestos, de una
parte, por quienes siempre han tenido carencias y ven en este panorama cómo hacerse de
algunos artículos enterrados bajo los desechos y, de otra, por los maleantes que,
organizados o individualmente, se apoderan de todo lo que esté abandonado para luego
lucrar.
También hay cientos -y quizás hasta más- de individuos, que con
herramientas rústicas, a veces con seguetas o con las propias manos, horadan, desnudan el
entramado de cabillas, tuberías, cables eléctricos entre las lomas de escombros y hacen
un alijo con ellos para ofertarlos y hacerse, con cierta honradez, de algún dinero para
subsistir.
Igualmente se ven, con mas asiduidad por estos días, a hombres y
mujeres que, con uniformes y nasobucos, escarban con palas y otras piezas en los sitios
derruidos, extraen cadáveres, los depositan en camiones y otros vehículos para su
traslado fuera del lugar.
La basura extendida en la ciudad es eliminada lentamente
por grupos de personas con pulóveres u otra pieza identificativa,
que barren en algunas calles y apilan esos desperdicios para ser recogidos por unos pocos
camiones destinados a ello.
Así, con una cotidianeidad sorprendente, la vida va retornando a
este Puerto Príncipe herido.