Raymundo
Gómez Navia
Enviado Especial
Puerto Príncipe, 27 ene (AIN) Una reacción internacional a la
tragedia de Haití ha devenido en un problema no solo humano, sino ético y político.
Personas sin escrúpulos descubrieron en la actual situación de ese
país, una oportunidad para imitar lo ocurrido en otras regiones del mundo sin un
terremoto: el tráfico humano.
La captura ilegal, transacción monetaria, donación por los
progenitores y otras causales de miles infantes en países asiáticos, africanos, árabes
y hasta latinoamericanos, se manifiesta ahora en Haití bajo el manto de adopción de los
niños huérfanos del sismo.
Pero la infancia, adolescencia y juventud haitianas han vivido
huérfanas desde que prácticamente los padres de la Patria tuvieron la audacia de
derrocar al mejor ejército francés de Napoleón Bonaparte, declarar la abolición de la
esclavitud y su independencia.
Han vivido huérfanas desde que las naciones coloniales aplicaron a
la naciente República de Haití un férreo bloqueo militar, diplomático y financiero,
para ahogar todo intento de ese país de salir a flote.
Muchos niños haitianos son huérfanos, también, por la carencia de
oportunidades de desarrollo económico, social y humano, sin puestos de trabajo para sus
padres en una industria casi inexistente, o en una agricultura deteriorada, ante tierras
deforestadas y semidesérticas.
Orfandad latente y que por siglos revistió, incluso, una nueva
forma de esclavitud.
Familias campesinas, ante el hambre y la miseria padecidas en un
medio rural deforestado, se vieron obligadas a aplicar la entrega de sus vástagos a
personas pudientes en las ciudades para que, aún niños y adolescentes, trabajaran como
empleados domésticos y en otras funciones, mientras eran alimentados y alojados en las
residencias de sus nuevos tutores, y no recibían pago monetario alguno.
Miles de los actuales haitianos vivieron y viven estas experiencias
de semiesclavitud.
Huérfanos los niños, los adolescentes, los jóvenes y hasta los
adultos haitianos, porque contra su país, a lo largo de su existencia como nación, las
principales potencias internacionales se han encargado de que no salgan del ostracismo en
el cual están inmersos.
Ora los han invadido militarmente con el pretexto de que son
violentos, ora los han mantenido en un saco sin fondo con una deuda impagable por los
siglos de los siglos.
También les ofrecieron dádivas financieras para obligarlos a hacer
lo que se les ordena, los amenazan con quitárselas si no obedecen y estimulan en el seno
de su sociedad el latrocinio, el robo y la corrupción, mientras ahogan los intentos de
funcionarios públicos que se atreven a actuar limpiamente.
Las metrópolis de ayer y de hoy tampoco estimulan la creación de
puestos de trabajo, ni en la ciudad ni en el campo, para que la insuficiente y desordenada
formación de sus fuerzas calificadas se mantenga en el país y no emigre hacia las
naciones industrializadas.
Los niños huérfanos de Haití requieren que a su país se le ayude
con un programa integral de desarrollo económico y social, incluida la creación de
instituciones para acogerlos, educarlos y formarlos como futuros ciudadanos, y no tengan
que contemplar en la lejanía cómo sus coterráneos continúan siendo como hasta ahora.