Néstor
Núñez
Servicio Especial de la AIN
Ciertamente, de lo que están urgidos los haitianos es de apoyo
solidario y efectivo. Se trata de la nación cuya capital y poblados aledaños han sido
casi totalmente devastados. Donde la cifra de muertos ronda los 150 mil y los heridos
pueden sumar el doble. País en el cual 55 mil familias han quedado sin protección
alguna, y más de millón y medio de seres humanos vive ahora en campos de refugiados bajo
el peligro de epidemias, hambre y todo tipo de inconvenientes.
Frente a esta desgracia, que dicho sea de paso, no es --como aducen
algunos-- pretendida "condena de Dios", sino golpe natural ligado a la penosa
historia de explotación e injerencismo foráneo, las respuestas no pueden ser
monopolizadas ni desvirtuadas. Ningún pretexto puede servir para que ciertos poderes,
grandes responsables precisamente del ancestral drama de Haití, ensayen ocupaciones
militares innecesarias y hagan o dispongan por sobre las urgentes necesidades y la
voluntad de los propios haitianos.
La que fuera primera nación libre del colonialismo en América
Latina, es asunto plenamente multilateral y quienes se dispongan a apoyar a ese derruido
país y a los cientos de miles de seres humanos depauperados que sufren hoy los efectos
del devastador terremoto, tienen el deber de hacerlo con verdadero altruismo y entrega y
con el máximo respeto a la soberanía, la integridad y la dignidad de los socorridos.
No se trata de aplastar, anular, discriminar o sacar sucias lascas
del drama estremecedor, sino de poner en juego las fibras más nobles del ser humano ante
las urgencias de sus hermanos.
No pocos actúan así: desde los médicos cubanos entregados a
salvar vidas humanas hasta los galenos y socorristas de otras muchas naciones y entidades
internacionales apegadas a verdaderos principios de solidaridad.
Pero tampoco faltan quienes gustan de pescar en aguas revueltas y
bajo las banderas de pretendida ayuda, intentan establecer controles por encima de los
necesarios, extender poderes más allá de los que les corresponden en suelo ajeno y hasta
dificultar la labor de quienes acuden al llamado de ayuda con total desprendimiento.
Ahí están las noticias de artificiales dificultades para
desembarcar avituallamientos en Haití, y hasta de la acción inescrupulosa de ciertos
grupos dedicados a la trata de personas que, bajo el manto de "adopciones
caritativas", pretenden hacerse de huérfanos del sismo para sus sucios negocios.
Como no están ausentes también quienes utilizan los poderes
mediáticos, esencialmente en Occidente, para solicitar donaciones monetarias para el
pueblo haitiano que finalmente van a parar a sus propios bolsillos.
De manera que, junto al urgente apoyo a los haitianos, quienes
sienten como suya esa tragedia, no pueden soslayar ni asentir ante las trampas y
vericuetos que algunos tejen alrededor del drama para satisfacer sus mezquinas
prerrogativas.