| Medidor
de huracanes Hasta la década de los años 60 del pasado siglo, los huracanes se
catalogaban de una forma muy simple, eran fuertes o débiles, menores o mayores. Diez
años más tarde, ya tenían una medida que hoy conocemos como la escala Zaffir-Simpson.
Atendiendo a la velocidad del viento, su impacto sobre las
construcciones hechas por el hombre, los efectos contra las mareas y la intensidad de las
lluvias, fue creada la valoración del uno al cinco con la que hoy se clasifican estos
eventos meteorológicos.
Herbert Zaffir fue un ingeniero estadounidense fallecido hace
dos años que, junto a su compatriota y meteorólogo Robert Simpson, dieron forma a un
proyecto solicitado por Naciones Unidas para catalogar los huracanes y ofrecer así una
herramienta más exacta para que las fuerzas de seguridad de cada país pudieran tomar
medidas.
A partir de la escala, también pudo establecerse un sistema
gradual de alertas a la población.
Simpson, quien en esa época era director del Centro Estadounidense de
Huracanes puso en el trabajo sus conocimientos sobre los efectos de lo huracanes en las
mareas, mientras que Saffir desarrolló la mayoría de los estudios sobre el impacto de
los vientos en las estructuras construidas por el hombre.
Detalles interesantes en estos temidos fenómenos naturales
es que la escala Zaffir Simpson no incluye los tiempos anteriores a la formación de
un ciclón, tales como la Depresión Tropical, un sistema organizado de nubes y tormentas
eléctricas que giran de forma circular y cerrada o la Tormenta Tropical, que se parece
mucho a su antecesora, pero es más violenta, más organizada y ya se parece a lo que
podría ser un huracán.
Cuando la intensidad de la tormenta tropical presenta vientos
que superan los 119-153 kilómetros por hora, ya estamos en presencia de un huracán
categoría 1 que afecta fundamentalmente a las casas frágiles, los arbustos, árboles
medianos y muy pocos daños en los puertos.
En los países donde estos eventos de la naturaleza son
cotidianos, ya se sabe que en la medida en que se incrementan los vientos que giran
contrarios a las manecillas del reloj, la devastación es mayor; la escala de 5
comienza a contarse a partir de los 250 kilómetros por hora como ocurrió con los
célebres huracanes Gilberto, Katrina, Match, Wilma e Iván.
Resulta difícil hablar bien de las depresiones, las
tormentas tropicales o los ciclones. Pudiera decirse a su favor que cuando son leves, sus
lluvias ayudan en tiempos de sequía; también que al menos tienen la delicadeza
gracias a los estudios de pronósticos de avisar cuándo, cómo y por dónde
vienen, y este detalle los diferencia de los temblores y terremotos, que aparecen sin
aviso y son inútiles por donde quiera que se les mire, aunque sus estudiosos digan que
son los movimientos que necesita la tierra para acomodarse.
En Cuba contamos, además de un Sistema de Defensa Civil de
probada eficacia, con lo que muchos califican popularmente como "cultura
ciclonera", esa que a fuerza de escuchar a los expertos, nos enseñó que a menor
presión central, será mayor la fuerza de los vientos, o que el lado derecho de ese
círculo infernal de aire es el más peligroso.
No falta, por supuesto, quien mapa en mano y en olímpica
competencia con la escala Zaffir-Simpson, especule sobre las posibles trayectorias del
ciclón, anote rumbos y compare, mientras prepara su casa para enfrentar la ventolera y
asegure con rotunda firmeza: "chico, los meteorólogos dirán lo que quieran, pero yo
te digo que va para allá
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