Néstor Núñez
Servicio Especial de la AIN
Quienes atizan la condena no son ingenuos, y mucho menos sinceros.
Resultan de los oportunistas que, a cuenta de determinados insanos intereses, gustan hacer
polvo del pretendido árbol caído.
Ni siquiera son originales, porque intentar culpar a la extinta
Unión Soviética del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial a 70 años de
distancia, no es una propuesta novedosa ni mucho menos. Proviene desde el mismo año 1939,
en que los nazis irrumpieron en Polonia y desataron de una vez la peor conflagración en
la historia de la humanidad.
El pretexto esgrimido por Occidente para aquellos y estos dislates
propagandísticos, fue el acuerdo de no agresión entre Moscú y Berlín, al cual el
gobierno de José Stalin accedió antes de la irrupción germana en suelo polaco, para
ganar tiempo frente a un ataque fascista considerado inevitable, y que, por demás, era el
sueño dorado de las grandes potencias capitalistas.
Para estos "novedosos" y "pulcros" historiadores
parecen no existir los intensos y prolongados devaneos de Washington, Inglaterra y Francia
frente al rearme alemán en los años precedentes a la guerra, y al que incluso
contribuyeron con el suministro de bienes y tecnología.
Los antepasados del ex presidente norteamericano George W. Bush bien
pueden dar testimonios de esa "alianza" favorecedora del agresivo expansionismo
ario, de la que fueron privilegiados partícipes.
Para los "ilustres académicos" no parece ser tampoco tema
de análisis la pretendida "neutralidad" occidental cuando los falangistas, con
el apoyo directo de la Alemania nazi y de la Italia fascista, derrocaron por la fuerza a
la República Española, o cuando Roma invadió a la depauperada Etiopía.
Mucho menos toman en cuenta el burdo acuerdo entre París, Londres y
Berlín en que se concedía a Hitler el despojo territorial de Checoslovaquia. Al fin y al
cabo, complacer al nazismo, pensaban los líderes capitalistas de entonces, era empujarlo
al Este, contra la siempre odiada Unión Soviética.
Solo que el "muñeco" germano tenía otros planes de
conquista universal que sobrepasaban los cálculos de quienes le incentivaron hasta el
último minuto.
Y aun en medio de la debacle, iniciada ya la invasión nazi contra
la Unión Soviética y conformada la coalición internacional antifascista, sus
integrantes occidentales, Gran Bretaña y los Estados Unidos, demoraron hasta el infinito
la apertura de un segundo frente europeo con la esperanza de que germanos y soviéticos se
exterminaran mutuamente.
No fue hasta las contundentes victorias del Ejército Rojo en
Stalingrado, el Arco de Kursk, y otros frentes que, temerosos de la irrupción en el Oeste
de las tropas soviéticas, se decidió el ataque aliado en Europa, el cual se intentó
incluso programar por los Balcanes antes que por las costas francesas, con el único
interés de interceptar a los "rusos" a las puertas de sus fronteras.
Y si hubo entrega, valentía, y sacrificios enormes entre todos
aquellos que honestamente lucharon contra la peste nazi, nunca ninguna onerosa versión
podrá opacar el tremendo heroísmo masivo de los soviéticos, que al costo de 29 millones
de vidas y colosales pérdidas materiales, rompieron el espinazo a la maquinaria bélica
hitleriana, aupada por las fuerzas imperialistas como su punta de lanza contra el fantasma
del comunismo.
La verdad sea dicha y sea conocida, sobre todo por las nuevas
generaciones, entre las cuales, es evidente, los "revisores del pasado",
verdaderos manipuladores de ultraderecha, intentan implantar la confusión y la mentira en
el hipócrita entendido de que los presuntos vencedores son finalmente los que escriben la
historia.