| Emmeline: votar contra todas
las banderas Mucha
gente, cuando habla de Emmeline Pankhurt, reconoce de inmediato su coraje para luchar por
el voto femenino en la Inglaterra del 1800, pero inmediatamente después, como si no
pudieran evitarlo, sacan a la luz, "un pecadillo" del cual, pienso, no fue ni
remotamente culpable.
Por el placer de llevar la contra, me tomo la libertad de
obviar ahora el tema y mencionarlo al final de este recuento, hecho solamente para repetir
es verdad cosas ya sabidas de esta dama que tanto hizo por cambiarle la vida a
millones de mujeres y, de paso, a la sociedad.
No fue la única, pero sí la más nombrada de
aquella etapa en la que el poder políticamente masculino impedía a las damas votar. No
olvidemos que incluso mucho antes de la Primera Guerra Mundial, las pocas mujeres que
trabajaban por ejemplo estaban obligadas por ley a entregarles el dinero a sus
maridos.
Emmeline nació en Manchester en 1858, pero 68 años antes,
el admirable filósofo francés Jean Antoine Condorcet, uno de los redactores de la
Constitución de la Revolución Francesa escribió: "O bien ningún miembro de la
raza humana posee verdaderos derechos, o bien todos tenemos los mismos, aquel que vota en
contra de los derechos de otros, cualquiera que sea su religión, su color o su sexo,
está abjurando de ese modo de los suyos".
Es verdad que formaba parte de una familia donde su padre,
Robert Goulden, era un hombre con buena fortuna para los negocios y defendía ideas
políticas radicales. No fue la suya por tanto una parentela opresiva, y para su mayor
fortuna, se casó en 1879 con el abogado Richard Parsden Pankhurst, que apoyaba al
movimiento femenino.
En 1892, Emmeline fundó la Liga en Favor del Derecho al Voto
de la Mujer y también en ese tiempo, junto a su marido, se afilió al recién creado
Partido Laborista, en el que se respiraban aires más abiertos.
Seis años después quedó viuda, pero sus labores no cesaron
y en 1903 creó la Unión Política y Social de la Mujer (WSPU), un movimiento
reivindicativo, entre cuyos miembros estaban la famosa Annie Kenney, conocida como la
mártir del sufragismo; Emely Davison, la compositora Dama Ethel Smyth y las hijas de
nuestra heroína, Christabel y Sylvia.
Enfundadas aún entre las varillas de los afinadores de
cinturas que tantas costillas partieron, tantos desmayos provocaron y tantas anoréxicas
crearon, estas mujeres llamaban la atención de la sociedad del modo que mejor pudieron:
salían a las calles con pancartas, rompían vidrieras, hacía huelgas de hambre e
incendiaban edificios deshabitados.
Emmeline murió en 1928, a los 70 años de edad, pero había
logrado el mayor de sus sueños: el derecho al voto femenino en el Reino Unido.
Incomoda entonces que cuando se hable de esta dama, como si
se tratara de opacar su vida, se diga que por ser miembro de una familia aristócrata, el
tiempo de encarcelamiento para ella fue siempre más breve que el de sus colegas de
batalla, lo cual es verdad.
Pero este dato no aporta sino una dosis de mala voluntad en
su contra, porque también es cierto que cuando tuvieron que alimentarla a la fuerza para
frustrar una huelga de hambre que protagonizó, a sus carceleros no les tembló la mano.
El caso es que con más o menos facilidades, Emmeline y sus
colegas lograron romper cánones milenarios, cambiaron el curso de desigualdades
ancestrales y eso es lo que debe contar, otros detalles, sobran. |