| La larga historia contra el
dolor Si tomamos como referencia a la Biblia y a
Eva como la primera mujer en parir, fue ella entonces quien inició la historia del dolor
humano.
Tras el primer golpe; la primera herida provocada por un
animal; una caída y los huesos rotos, provocaban dolores que seguramente tenían para el
hombre primitivo una explicación, pero cuando tomaron conciencia de que había males sin
origen aparente, salidos del propio cuerpo, comenzó la confusión.
Estudiosos de la naturaleza humana aseguran que en aquella
época, los primeros hombres consideraban animadas todas las cosas que les rodeaban; no es
extraño entonces suponer que los causantes de sus males fueran para ellos criaturas
vivas, dotadas del poder de la invisibilidad.
El dolor fue satanizado, llevado a dibujos en forma de aves de pico largo,
gusanos que roían, animales con garras, humanos con rostros demoníacos que tenían la
facultad de atormentar el cuerpo, debilitarlo, y luego de provocar su muerte, lo
abandonaban para seguir su paso destructor en otros hombres.
Imágenes grabadas en papiros, cuevas, rocas, nos muestran
los rituales para expulsar del cuerpo a los invasores malignos y también para proteger a
los sanos, dedicaban ofrendas a los dioses, colgaban amuletos en sus orejas, manecillas en
los brazos o prendían fuego con yerbas para aliviar dolores.
Fue el largo tiempo de los conjuros, de los magos y
alquimistas, esos que de algún modo se las ingeniaron para mitigar las torturas del
cuerpo y que a fuerza de probar, consiguieron éxito con pócimas sacadas de flores,
tallos o raíces. Comenzaba sin que ellos lo supieran, la era de los narcóticos.
Se destacaron en esos tiempos las mujeres, quienes
seguramente por estar más pegadas a la tierra y atender las cosechas que daban el pan,
detectaron el beneficio de las plantas curativas y se convirtieron en las sanadoras del
clan, pero un cambio de posición social las hundió a la categoría de brujas y muchas en
la Edad Media fueron a parar a las hogueras.
Pero el dolor seguía reinando y los tormentos del cuerpo
los justificables y los inexplicables seguían allí y contra la cuchilla del
cirujano no valía otra cosa que soportar estoicamente. Hasta que llegó muy lentamente un
poco de luz.
Sin renunciar a los dogmas religiosos, un hombre nacido en
1493 en Suiza y que resultó sabio, consideraba al universo como una gran farmacia, y a
Dios como el "boticario supremo". De esta combinación saldría la idea de
utilizar elementos de origen químico y natural para mitigar el dolor.
Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim,
más conocido como Paracelso, fue quien abrió definitivamente el camino para que la larga
lucha humana contra el dolor navegara por rumbos más científicos.
Este médico errante que viajó desde Escandinavia al Oriente
Medio, aprendió de ancianas, marineros y agricultores; exploró "los tres reinos de
la naturaleza", el animal, el vegetal y el mineral hasta dar con una buena
dosis de inteligencia y suerte con una solución de ácido sulfúrico y alcohol de
cuyos vapores salió el "fluido blanco".
Ya este elixir al que llamó "vitriolo" había sido
descubierto 200 años antes por otro investigador, Raimundo Lulio, pero Paracelso lo
aplicó en pollos, comprobó que los animales caían en un sueño profundo y despertaban
sin daño alguno: era un anestésico que hoy se conoce como éter sulfúrico.
Si el mundo sabe de Paracelso fue gracias a otro grande, el
entonces joven investigador Valerio Cordus, porque anotaba los resultados propios y los de
su maestro, quien al morir en Salzburgo en 1541, no lo hizo en el total anonimato ni
miseria, pero sin saborear el orgullo de saber que fue de algún modo el padre de la
anestesia.
La copiosa obra escrita de Paracelso sorprendió a médicos y
hombres de ciencia en 1542, cuando Cordus presentó sus méritos y pidió que para gloria
de la ciudad de Nüremberg y en aras del bien de la humanidad, la obra fuera comprada.
Una comisión de ilustres lo visitó en la hostería donde se
hospedaba y como prueba de gratitud, le pagaron la habitación y cien ducados de oro por
unos apuntes que ya entonces valían una fortuna.
Pero este vitriolo dulce debió dormir en el olvido total
otros 100 años más, hasta que Sir Isaac Newton y los químicos Gosfrey y Boyle
intentaron revivirlo, sin éxito.
El boticario alemán Frobenius exhumó en 1792 nuevamente al
vitriolo ahora llamado éter y si bien navegó con mejor suerte al aplicarse
contra el asma y otras enfermedades respiratorias, tuvo que esperar otro medio siglo para
que los médicos vieran en él al anestésico que es. Habían pasado tres siglos.
La historia del "vitriolo dulce" o
"éter" es como su esencia misma: duerme, revive, vuelve a perderse. Pero en su
momento funcionó y permitió a los seres vivos olvidarse por un tiempo de sus dolores,
esos que comenzaron con la historia misma del hombre, con el primer parto, la primera
caída o el doloroso acto de nacer.
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