| El wiphala, un
mundo de mensajes Esos cuadrantes de tela, inundados de colores que sostienen en sus manos los
bolivianos actuales y vienen del antiguo Imperio Inca, no son banderas, sino emblemas,
porque así lo denomina la palabra aimara "wiphala".
Pronunciado su nombre en español "guipala", estos
emblemas que llevan colocados de un modo u otro los siete colores del arcoiris, son el
símbolo de las diferentes etnias andinas y entre ellas, destaca el del Collasuyo, que es
la representación del pueblo aimara en su conjunto.
Según varias fuentes consultadas, incluido el sitio digital
Derecho de los Pueblos Indígenas y cronistas de la época de la conquista española, como
Bernabé Cobo, en su Historia del Nuevo Mundo, de 1609, coinciden en que ya en 1533 había
un estandarte que en lengua aimara se denomina unancha y era la representación del Impero
Inca en la zona que hoy ocupa Perú.
En el citado libro se cuenta que "el guión o estandarte real era una
banderilla cuadrada y pequeña, de diez o doce palmos de ruedo, hecha de lienzo de
algodón o de lana, iba puesta en el remate de una asta larga, tendida y tiesa, sin que
ondease al aire, y en ella pintaba cada rey sus armas y divisas, porque cada uno las
escogía diferentes
"
Existen opiniones de que los estandartes incas pudieron ser
copiados de los europeos, pero al recordar que todos los imperios han usado emblemas, esta
teoría resulta cuando menos, frágil. Los incas eran un pueblo textil, dueños de una
cultura fuerte, y por si fuera poco, para refutarla, están las narraciones de los
cronistas, evidencias muy concretas de que con más o menos variantes, los antiguos
habitantes de la hoy América del Sur también los tenían.
Si fueron capaces los incas de levantar un imperio, cómo no
pensar que tenían sus propios emblemas. Ahí están para demostrarlo, un objeto parecido
a un estandarte en una tumba, de hace 800 años en la región de Chanqay, en la costa
peruana; otro banderín, denominado Walqanka, anterior a los Incas, plasmado en un
gráfico de 1612, un wiphala pintado en una roca, en la provincia Manko Kapajk del
Departamento de La Paz, y otros dos aparecidos en un vaso o Hiru, actualmente en el Museo
paceño de Tiwanaku.
El caso es que el wiphala llegó a nuestros días con el
color rojo que representa al planeta tierra, el desarrollo intelectual y la filosofía
cósmica; el naranja, símbolo de la sociedad, la cultura y la procreación, y el
amarillo, que es la fuerza y los principios morales, liderados por la solidaridad.
Mientras el blanco es la representación del tiempo, el verde
de la economía, las riquezas naturales que guarda en su seno la tierra y también la
flora y la fauna, el azul es el universo, el violeta simboliza la política, el poder
comunitario y armónico de los andes, así como el instrumento del estado, las
organizaciones sociales, económicas y culturales y la administración del pueblo y del
país.
Se levanta el wiphala en los acontecimientos sociales y
culturales, los encuentros de comunitarios, los matrimonios, el nacimiento de un niño, su
primer corte de pelo, que es en bautismo Andino y también en los entierros.
Los siete colores del arcorisis también está en las fiestas
solemnes, bailes, actos ceremoniales y cívicos de la comunidad, en los juegos de
wallunka (columbio), fechas históricas, en las killpa o día ceremonial del
ganado, al finalizar la construcción de una casa, en la transmisión de mando de las
autoridades y por supuesto, acompaña a la comunidad a la hora de defender sus derechos.
No existe un aspecto esencial para la vida de una nación que
esté ausente en el wihpala, por ello, la tradición milenaria ordena respeto y en el
momento de ser izado, todos guardan silencio para al terminar, alguien autorizado debe dar
la voz de triunfo y de victoria del jallalla qullana marka, jallalla pusintsuyu ó
tahuantinsuyu, o dicho de otro modo, los viva a la vida del hombre
andino. |