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La serpiente de piedra Miriam Prieto Carreras Beijing es hoy una ciudad multiplicada. A sus 17 millones de habitantes se suma la familia deportiva protagonista de los XXIX Juegos Olímpicos, un número también en ascenso de turistas y cientos de periodistas, entre otros muchos. Cada cual, con independencia del propósito que lo mantiene en el país más poblado del mundo, busca el tiempo, y lo encuentra, para vivir la cultura milenaria del pueblo chino. En su itinerario hay un punto de obligada parada: la Muralla China. Y llega el día. De antemano saben que será una difícil jornada, pero nadie pone reparos para tocar de cerca los muros de arcilla, arena y ladrillos que por más de siete mil kilómetros, entre montañas, valles y ríos, desde la costa del Mar Amarillo hasta el Desierto de Gobi, protegieron el gran imperio chino de las tribus que merodeaban por el norte. Avanzar más o menos por esta Serpiente de Piedra dependerá de la preparación física de cada cual, pero todos se proponen al menos rebasar las primeras torres de vigilancia que se divisan, de entre las 135 levantadas a intervalos regulares y que permitían a los guardianes hacer señales en caso de avistar al enemigo. Confundidos entre los que emprenden la aventura, un grupo de periodistas de varios países admiran la presencia de los visitantes locales, la gran mayoría entre las 40 ó 50 mil personas que cada día llegan al lugar, y para quienes ni modernismos ni tecnologías hacen mella en el respeto y reverencia hacia su historia y tradiciones. Para ellos este es un momento especial. Acá llegan cargados de frutas frescas para mitigar el calor y la sed, con sus ancianos y niños, incluso bebés en brazos. Confundida entre ellos, una europea sobresale por su tremenda voluntad para ascender el difícil camino de piedra. Con muletas y un artefacto ortopédico en una de sus rodillas, no desiste. Entre unos y otros se cuenta la historia. Alguien recuerda que bajo la enorme estructura de la Muralla, construida hace más de dos mil años, quedaron sepultadas 400 mil personas. Sucumbían ante los fuertes vientos que azotaban las zonas, el hambre y el sobrehumano esfuerzo que representaba trasladar los ladrillos mediante un sistema de rodillos y luego colocarlos en los lugares excavados. Algunos de los caminantes, transportados a tiempo de guerras y de sangre, quedan atrapados entre los mitos y leyendas que rodean la imponente estructura. Y aunque no hay sustento científico alguno, repiten algo tan difundido tiempo atrás que llegó a formar parte de los libros de texto: la Muralla China puede verse desde el espacio. Pero la realidad es otra y esta habla de una milenaria joya de la arquitectura que se mantiene majestuosa con el paso de los siglos y que para bien de la Humanidad es parte ya de su Patrimonio. |
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