Evolucionamos, pero, ¿hasta
dónde?
Seremos altísimos Por:
Margarita Carmona
La evolución de las especies continúa sin que nos demos cuenta.
En algún momento quizás pudimos pensar que ya habíamos
alcanzado la perfección, pero nada de eso. Los seres vivos estamos sometidos a presiones
que obligan a las transformaciones, a veces para nada, otras para algo.
En nuestros días, el cambio climático golpeando, el
calentamiento del planeta y la llegada a la Tierra de más rayos ultravioleta de los que
podemos tolerar, nos han llevado a humanos y animales a protegernos del sol.
Se acabaron los tiempos en
que nos tumbábamos en la playa a "achicharrarnos", o salíamos a la calle sin
una gorra ni una sombrilla. Ahora hay que hacerlo con protección solar, o corremos
riesgos.
A causa de las transformaciones que sufre el clima, ya
algunos animales también están variando sus hábitos de vida, modifican sus migraciones,
buscan sitios más seguros o empiezan a tratar de comer cosas diferentes. Estamos todos
sobreviviendo y cambiando.
Aunque no estaba el mundo abocado a estos problemas, el tema
de la evolución de las especies sabemos fue el plato fuerte de Charles Darwin, y sus
teorías principales tienen cada día más vigencia.
Un ejemplo de que no somos los mismos, es que los humanos en
sentido general hemos crecido en tamaño, los rasgos faciales se alejan del mono y hay
menos pelos en el cuerpo. Basta con mirar fotos de hace cien años para darnos cuenta de
que, definitivamente, somos distintos a nuestros tatarabuelos.
Hoy por hoy, los hombres del Oriente Medio y el norte
africano miden como promedio 171 centímetros; los de África subsahariana 168
centímetros y los del sureste asiático, 164. Antes eran más bajitos.
En el año 1870 los varones de los países más desarrollados medían 169 centímetros;
hoy alcanzan los 178.
Tomando como patrones la alimentación, estilo y seguridad de
vida, un estudio de la London School of Economics vaticina que en el año 3000 los hombres
podrán medir hasta dos metros, vivir 120 años y el color de la piel será más oscura en
general, a causa de las mezclas de grupos humanos distintos.
Sin embargo, quedan recuerdos de lo que este camino evolutivo
tuvo. Se nota más en los animales que tienen en sus cuerpos "cosas" que no
sabemos para qué sirven, o mejor dicho, ya no les sirven para nada.
Algunos casos para ejemplificar nos llevan a mirar ese
extraño quinto dedo que presenta la mayoría de los cánidos. Algunas personas creen que
"su perro" tiene un dedo extra. Realmente fue un dedo que existió en el pasado
y al no necesitar usarse se atrofió.
Resulta verdaderamente simpático y algo extraño, ver en
algunos animados infantiles gallinas con dientes, y naturalmente le adjudicamos la gracia
a la imaginación de los dibujantes. Los antepasados de esos animalitos emplumados parece
que los tuvieron, pues su ADN conserva en la actualidad los genes que originan la
dentición.
Si de atrofias seguimos hablando llegamos a las ballenas,
esas enormidades que andan por los mares comiendo pequeñeces. Cuando son embriones, las
futuras ballenas tienen dientes, pero al nacer se reabsorben y desaparecen. Es una suerte
y probablemente una buena acción de la naturaleza, porque si encima que son gigantescas,
pudieran morder y masticar, quedaría poca comida para otros peces.
Rarezas, por decirles de algún modo, encontramos también en
el hoatzin, un ave típica del Orinoco que posee unas garras poderosas en los extremos de
sus alas; ellas le sirven para trepar por los árboles, pero cuando es adulto las pierde.
Las boas tienen restos de lo que en algún momento fueron
patas, y para rematar, recordemos la figura de los enormes tiranosaurios con sus
ridículas patitas o alitas delanteras, que ni en broma podrían ayudarlos a levantar el
vuelo, pero sucede que muchos volaron, dejaron de hacerlo y esos apéndices quedaron como
recuerdo.
Con toda intención he evitado demasiadas cifras, fechas o
citas. He tratado solamente de comentar sobre algunas evidencias de la evolución del
mundo vivo, incluso sin mencionar los cambios en el reino vegetal. Todo lo anterior nos
llevará sin dudas a reafirmar esa moraleja que tiene base científica: órgano que no se
usa, se atrofia.
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